Pedro Luis de Gálvez
(Málaga 1882- Cárcel de Porlier 1940)
Carta (apocrifa) de Pedro Luis de Gálvez. Por Juan Manuel de Prada
BIOGRAFÍA DE PEDRO LUIS DE GÁLVEZ.
Tomado de http://www.turismo.uma.es/~tit/guia2001/personajes/pedroluisdegalvez.htm (Pero esta página ha desaparecido por lo que incluimos completo el texto que en ella había.)
* AUTORRETRATO.
* ACTOR, ESCRITOR, PRESIDIARIO.
Descendiente de los Gálvez de Macharaviaya, excelente versificador, de espíritu anárquico, sablista impulsivo y protagonista del Madrid de los agónicos bohemios, quizá fuera el último de ellos, el más conocido de cuantos frecuentaban los populares templos del café y el vino barato de los años treinta. Sus ocurrencias y extravagancias pasaron a la literatura a través, entre otros, de un libro de Pío Baroja, que comentó muchos de sus disparates haciendo leyenda de tal personaje.
Vivió como quiso, hizo lo que le apeteció, amó cuanto pudo, fue fiel a la malagueña Teresa Espíldora, con quien tuvo dos hijos, y como todo poeta, pasó hambre y sufrió desdenes. De su rastro malagueño quedan, si acaso algunas alusiones que él mismo citó en sus escasos libros publicados. El hecho de que su existencia transcurriera fuera de Málaga y que no tuviera -según se deduce de su propia biografía - un frecuente contacto con sus familiares hace que se pierdan pistas interesantes acerca de su aventurera biografía.
Con fama de anarquista, víctima de anónima delación y olvidado por muchos de los que ayudó en momentos difíciles en el complicado Madrid de los años 1936-39, murió ante un pelotón de ejecución en la cárcel de Porlier el día 20 de abril de1940, hace ahora sesenta años. Desde entonces, hasta que apareció el libro "Málaga, su historia y sus gentes" (Ed. Bobastro, 1987), los malagueños de la presente generación no tuvieron conocimiento de tal personaje, de su peripecia personal ni tampoco de su obra poética, que si no fue extensa, tenía al menos fuerza, vitalidad, drama...
El malagueño Pedro Luis de Gálvez vino al mundo en 1882 en un piso de la casa número 7 del pasaje de Campos, a espaldas del que en la plaza de la Merced nació Pablo Ruiz Picasso un año antes. El padre de nuestro personaje fue un general carlista afamado en la ciudad de entonces por su bravura, temeridad, método de vida y singularidades de viejo católico practicante. Para definir al personaje desde la más absoluta neutralidad, nada mejor que servirnos de su propio autorretrato literario:
"Una espada pendía del testero.
Sobre la mesa de mi padre había
muchos libros, un Cristo en agonía,
la pistola, la pluma y el tintero.
No conocí a mi tío, aventurero,
poeta y segundón. Se refería
que había matado a no se quién,
[ y había
trocado el mundo por sayal frailero.
Corrió triste mi infancia. Meditaba
la abuela hacerme cura.
[Yo escapaba
con otros chicos a jugar al río.
Tenía novia. Fumaba. Era valiente.
Me aburría el latín. Decía la gente:
"¡No harán carrera de él! ¡Sale
[a su tío!"
Por si los anteriores versos resultasen escasamente reveladores del carácter del personaje, me permito tomar otra referencia, dejada escrita por Emilio Carrera, coetáneo de Pedro Luis y compañero en distintas tertulias literarias de la época:
"El poeta Pedro Luis de Gálvez es el hombre que jamás ha estado de acuerdo con la vida ni con su propia alma. Mujeriego, bebedor, místico, anarquista, presidiario, pícaro y poeta. Su vida es un torbellino que le hunde o le exalta a las estrellas. Él hace lo que le mandan las fuerzas ocultas que juegan al "football" con su vida. Tiene un gran talento literario que desparrama a diario, lejos de la literatura. Todo en este hombre sin carácter - y sin embargo, de tan enorme carácter- nos parece razonable. Diríamos de él, sencillamente, que se dedica al deporte de descuartizar señoras, o que aspira a la silla episcopal de Cuenca. Este poeta es la complejidad, la multiformidad. Por esos ofrece tan extraordinario interés novelesco. Esto es: vital"
La primera noticia llega del carácter independiente, individualista y ácrata de Pedro Luis se refiere a su temprano ingreso en el Seminario de Málaga, dirigido entonces por miembros de la Compañía de Jesús. Ingresado a la trágala, el chaval trepa a sus muros, escapa y se pierde durante varios días y al cabo, custodiado por la Guardia Civil, retorna a su casa con la orden de su expulsión.
Tras una corta estancia familiar en Albacete -su padre había sido llamado a administrar la finca de un terrateniente, viejo amigo -, la familia recala en Madrid en 1898, año del Desastre Colonial. Tiene Pedro Luis 16 años largos, oposita como alumno de la Real Escuela de Bellas artes de San Fernando, sacando el número 2 en las correspondientes pruebas. A todos consta que el joven tiene facultades para la creatividad pictórica..., pero también manos de octópodo que afanosamente hurgan en los pechos, las caderas y aun más bajo de las modelos que posan para la clase. El escándalo alcanza tales proporciones en la Real de San Fernando, que, habiendo entrado el tema en el correspondiente juzgado de los de Madrid, la dirección docente decide anular la matrícula.
El muchacho, que todavía vive bajo la autoridad del ex general carlista, es depositado por su padre en el Correccional de Santa Rita, y es allí mismo donde Pedro Luis alcanza lucidez crítica para escribir sus primeros renglones patéticos: "Todo lo que en mi corazón había de mansedumbre se convirtió en ferocidad, y la barbarie de los castigos hizo de mí un tigre...".
Terminado su periodo correccional, sale a la calle dispuesto a buscarse la vida. A través de un amigo que tiene conexiones con el viejo Teatro de la Comedia - entonces bajo la égida de la actriz malagueña Rosario Pino Bolaños - recibe el encargo de interpretar un insignificante rol en la obra titulada "Servicio obligatorio". Su padre, enterado del proyecto, adquiere localidad de patio de butacas, y en plena representación, entre la sorpresa del público y el asombro de los actores y actrices en escena, su padre, el ex general carlista, sube al escenario, y como empuña un elegante y recio bastón, con él achichona en público la testa del oficiante de histrión. Los responsables de la compañía y del teatro, ante la perspectiva de que dicho caballero repita en el futuro, piden al joven Pedro Luis que abandone cuanto antes el Teatro de la Comedia.
Pulula un tiempo por Madrid, y, sintiéndose perdido en una urbe que le resulta esquiva, viaja a la capital de Francia, de la que retorna a poco porque no se acomoda a ella trabajando por un plato de comida, durmiendo sobre los bancos de los parques cubriéndose de periódicos y mendigando inútilmente entre los pocos españoles que encuentra.
Acaba 1905 y Pedro Luis, con sus veintitrés años de desengaños, trampeos y rigores, inicia por Andalucía una serie de conferencias que en realidad son soflamas políticas engendradas en el devocionario ácrata que ya tiene asumido. Cae en Pueblonuevo del Terrible, localización minera al norte de la provincia de Córdoba, y ante los sufridos mineros explica inspiradas páginas anarcoides. La gente que le escucha está muy divertida, menos la autoridad; por esos, cuando el orador acusa al rey de ser "el mayor cretino del reino", y tras asegurar en público que "le supuran los oídos", toman al elocuente ciudadano de Acracia dos guardias civiles que lo conducen, "por peligroso revolucionario", a la celda.
Posteriormente, es condenado en Cádiz por un consejo de guerra que le declaró "reo de lesa majestad y culpable de injurias al Ejército". Encerrado en Ocaña, allí escribe un librito de narraciones que titula "En la cárcel". Lo envía al periódico "El Liberal", que ha publicado las bases de la cuarta edición de un concurso nacional de cuentos, y lo gana. Cuando el jurado descubre la condición de presidiario del autor, sus miembros - Pedro de Répide, Alberto Insúa, Palacio Valdés y Gómez de la Serna - airean el asunto y consiguen el perdón del Gobierno.
La popularidad que alcanza Pedro a partir de estos instantes es inmensa y le abre muchas puertas, cenáculos creativos y tertulias literarias. El periódico "El Liberal" le ofrece su corresponsalía en Melilla, pero vistos los líos económicos y políticos en los que involucra al rotativo, le retira la confianza y tiene que volver a Madrid.
Allí se dedica a asaetear económicamente a todo el que se deja. Y comienza la leyenda de sablista que se ganó en vida. Un día inventó morirse en un tabuco inhóspito. Se llamó de urgencia al cura más próximo para que administrara la extremaunción al "moribundo". Un minuto de silencio, dos, tres... Se escuchó como la caída de una silla, el tropiezo de una persona con un mueble, el zafarrancho de la cacharrería doméstica utilizada como arma arrojadiza. Al fin, un mosén tan sorprendido como agitado y nervioso sale al pasillo y grita a los vecinos que le llamaron: «¡Pero bueno, qué clase de muerto es este señor que me pide diez duros!».
Se escribió de él que fue el primer ciudadano europeo que empeño a su propio gato en el Monte de Piedad. En efecto, lo llevó con dicha intención. El oficial que le atiende le dice que no. Se arma la de San Quintín, el gato, en la disputa, salta y se refugia en un rincón del mostrador, acobardado. Es entonces cuando el empleado saca unas monedas, se las entrega a Pedro y le pide que se marche. El malagueño ganaba siempre.
El primer «amor formal» de Pedro fue Carmen, una agraciada madrileña con la que tuvo un hijo. De esta relación, y más concretamente del niño que les nace muerto, escribió Pío Baroja en su libro «La caverna del humorismo» una de sus más inquietantes páginas. En ella se refiere que Pedro Luis coge a su hijito muerto, lo introduce en una caja y, bajo su capa invernal, lo pasea por todo Madrid pidiendo dinero para su entierro...
Se cuenta del malagueño que, por extrañas artes como raros contactos, logró entablar relaciones con el príncipe Guillermo Wied, soberano del Principado de Albania, quien en 1914 le nombró teniente del ejército rumano-albanés incorporándolo a su séquito, fue después ascendido a capitán, y lo último que se conoce de dicha aventura es que acaba siendo generalísimo de un ejército de 400 borrachos belicosos e indisciplinados.
Para el decenio de los años veinte, el nombre de Pedro Luis de Gálvez se relacionaba en el Madrid de entonces con los escritores anarcosindicalistas, lo que posteriormente, cuando tras la II República y el disparate cainita de 1936-39, se vuelve contra él. El caso fue que Pedro, en los días más duros del Madrid frentepopulista, albergó en su propia casa al escritor Ricardo León, siendo histórico igualmente que salvó la vida a Ricardo Zamora, el guardameta internacional español. Pero se le atribuyeron muertes tan sonadas como las de Pedro Muñoz Seca y el propio Emilio Carrere - este último murió de muerte natural avanzado el decenio de los años cuarenta -, de manera que cuando tanto León como Zamora intentan intervenir en su favor ya es demasiado tarde. En la cárcel de Porlier, el 24 de abril de 1940, era ejecutado Pedro Luis de Gálvez. Casado con la malagueña Teresa Espíldora Codes - el verdadero amor de su vida -, dejó dos hijos, Pedro y Pepe, a quienes adoraba como a su esposa.
http://www.fundacioncruzcampo.com/blancoyoro/numeros/n14/14cultura022.htm
Pero quizás el poeta que ha inmortalizado la cerveza como símbolo de paz y felicidad haya sido el malagueño Pedro Luis de Gálvez, un escritor ahora rescatado, encumbrado sesenta años después de su muerte, si bien el pase a la gloria se lo proporcionó Valle-Inclán al incluirlo como personaje en Luces de Bohemia y lo ratificó Jorge Luis Borges al recitar sus sonetos de memoria. Gálvez, bohemio furibundo, protagoniza la novela Las máscaras del héroe de Juan Manuel de Prada, y la editorial granadina Comares ha rescatado su poesía completa. El soneto Horas de Paz, que ahora sigue, fue admirado por Ramón Gómez de la Serna, que lo incluye en su Retrato de Gálvez. Suena así:
Tengo una compañera
bondadosa,
dos hijos que me alegran la pobreza,
una camisa limpia, una cerveza,
y en la mesa, en un búcaro, una rosa.
Mi casa es pequeñita; en el corral,
bajo la parra, patos y gallinas,
y un nido de viajeras golondrinas
en la viga más recia del portal.
Ya no sangran mi pecho
ni mi frente...
A mi lado Teresa humildemente
cose, y los niños juegan con el gato.
La pluma, en la espetera. Con la lanza
los libros al desván... Mi Sancho Panza
vive contento, de la cama al plato.
Carta (apocrifa) de Pedro Luis de Gálvez. Por Juan Manuel de Prada
Carta (apocrifa) de Pedro Luis de Gálvez a D. Francisco Garrote Peral, inspector de prisiones, fechada el 14 de octubre de 1908 en el Presidio de Ocaña
Para leerla pinche en http://ttt.upv.es/~jvoltra/galvez.html
Inicio de la "La máscara del heroe" - Juan Manuel de Prada en que el autor imita el estilo de Pedro Luis de Gálvez. Dicho libro es una novela basada en Pedro Luis de Gállvez
Tomado de http://www.nodo50.org/despage/Bibliografamaquis_archivos/comentarios_historicos_al_libro_.htm. Acusaciones que en un libro-libelo de un tal Trapiello se hacen de Pedro Luis de Gálvez y el comentario que les hace D. Gonzalo Romero Yáñez-Barnuevo
Pedro Luis de Gálvez
El autor se hace eco de algo que, al parecer, no es más que una leyenda, inventada y fomentada por la derecha.
Gálvez fue condenado a muerte por un Consejo de Guerra el 5 de diciembre de 1939 y no se le comunicó la sentencia. En abril de 1940 fue ejecutado. La condena se dictó por "conspiración marxista y otros cargos más" entre los que se contaba "la muerte de varias decenas de monjas", sin especificar.
¿De dónde ha sacado Trapiello lo del "gabinete de torturas" en el portal de la casa?. Esta era – y es- el nº 22 de la calle Francos Rodríguez. ¿No había otros lugares para instalar una cámara de torturas, más que el zaguán de una casa de pisos?.
Si se sabe que Gálvez tuvo escondido en su casa a Ricardo León, el escritor, sin embargo no testificó a favor de su protector.
Salvó, entre otros muchos, al futbolista Ricardo Zamora, y a Fernando Navales, quién durante el franquismo tuvo un alto cargo en la Dirección de Prensa y Propaganda, a las órdenes de Millán Astray. Asimismo está probado que alertó a varios escritores, entre ellos Pedro Mata y Cristóbal de Castro, con lo que evitaron su detención.
Al finalizar la guerra, Enrique Larreta quiso llevarse a Gálvez a la Argentina y Rufino Blanco Fombona insistió en que se exilase a Venezuela. Gálvez se negó a salir de España, pues no tenía nada que temer puesto que no había cometido ningún delito.
El matemático Antonio Salas, exilado en la República Dominicana y en Venezuela, dónde fue profesor de la Universidad Central de Caracas, opina que la condena de Gálvez se debió a sus escritos durante la contienda a favor de la República.
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