PERFILES FLAMENCOS

Pepe Pinto. Cantaor.
  José Torres Garzón  Sevilla, 1903-1996

No sólo los flamencólogos, sino la mayoría de esos buenos aficionados a los que sus conocimientos sobre el cante les permite opinar acertadamente, están de acuerdo en que Pepe Pinto es uno de los casos mas notables de frustración en el flamenco. Conocedor profundo e intérprete de calidad de todos los estilos, con facultades sobradamente demostradas, con una voz agradable y bien dotada para la interpretación de cualquier palo, Pepe Pinto eligió un camino que lo llevó, ciertamente, a cosechar grandes éxitos discográficos y de público, pero que lo alejó para siempre del sitio que le pertenecía por derecho en tanto que cantaor de jondura. que lo era fuera de toda duda. Cuesta aceptar esa elección más que lamentable, si tenemos en cuenta la admiración que sentía por el cante de su esposa, la Niña de los Peines que ha sido, quizás, la mejor intérprete que en mujer, haya dado jamás el cante flamenco. Otro cantaor por el que Pepe sentía una admiración sin límites fue Tomás Pavón, su cuñado y hermano de Pastora. Sin embargo, y pese a esa admiración por el cante puro que se hacía dentro de su propia familia, decantándose hacia la línea facilona y comercial que entonces imperaba, la tan maltratada ópera flamenca, abusando hasta la saciedad de pretendidas innovaciones estilísticas y recitados entre fandangos y soleá que apartaban su cante de todas las reglas establecidas, Pepe Pinto privó al cante jondo de una figura ciertamente notable. Hoy podremos lamentar que un cantaor extraordinario como él se perdiera para el flamenco puro, para un flamenco sin fáciles concesiones pero, ¿hasta que punto se puede criticar? Pepe eligió ese camino por voluntad propia, pero no hay que olvidar que eso también lo llevó a ser una primerísima figura durante mucho tiempo en infinidad de espectáculos de ópera flamenca y variedades teatrales, ni que tenía un numerosísimo público, incondicionales admiradores suyos y de su cante. Ni que cuando había que ceñirse a los cánones del flamenco, él lo hacía y cantaba por derecho. Como los mejores.

Pena en Triana

Sevilla enmudeció. Fue la mañana
de un
seis de Noviembre crudo y frío:
su pena navegaba por el río
ahogándose en el puente de Triana.

La Alameda, abriendo con desgana
sus flores invernales al rocío,
sintió en la piel el vivo escalofrío
que la muerte ponía en La Campana.

La guitarra flamenca y el piano
se fundieron en un abrazo humano
para entonar el último concierto.

Y las cuerdas, por la tristeza, rotas,
compusieron con sus más graves notas
plegarias de dolor al cante muerto.

PACO ACOSTA