PERFILES FLAMENCOS

 FOSFORITO
Antonio Fernández Díaz
Puente
Genil (Córdoba), 1932 Cantaor

El flamenco es uno de esos temas de conversación en que difícilmente se ponen de acuerdo cuantos tertulianos toman parte en él. Junto a sus conocimientos más o menos profundos sobre el tema, están sus gustos personales que los empujan, casi siempre, a la parcialidad. Pero este fenómeno no se da exclusivamente entre los aficionados: no es raro encontrar en la crítica de flamencólogos reconocidos, juicios totalmente opuestos sobre las cualidades artísticas de un mismo cantaor. Son poquísimos, pues, los cantaores en los que coinciden estos críticos y flamencólogos, de forma unánime, en reconocerles habitados por los arcanos duendes del flamenco.

En este reconocimiento, en este lugar de privilegio está, sin duda alguna, Antonio Fernández Díaz, Fosforito.

Desde que el año1956, en que contando solo 24 años alzárase con todos los primeros premios del Primer Concurso de Cante Jondo celebrado en Córdoba y hasta el día de hoy, en plena madurez física y artística, todos reconocen en él, no solo su depurado estilo y profundo conocimiento de todos los cantes sino, y sobre todo, una entrega total que lo lleva, aun en ocasiones en que no se encuentra en su mejor momento físico, a romperse el corazón en pedazos movido por su responsabilidad y su respeto al público.

Si yo me atreviera a comparar a Fosforito con los grandes genios de la pintura, diría que en su sabia paleta se amalgaman esos matices cromáticos que sólo los grandes maestros han consiguido componer; matices que,  trasplantados a los lienzos de sus cantes, los emplea en dar esa aureola brillante y luminosa a sus Alegrías, en los fondos negros, insondables, de su tremenda Seguiriya y en los claroscuros, inimitables para tantos cantaores, de su Soleá.

El cante de Fosforito es, como el arte del toreo, trágico y festivo a la vez. Su cante es sobrio, profundo, sin concesiones a lo fácil, sin pases espectaculares que enardezcan a un público que solo aprecia lo aparatoso, sin bajonazos oportunos que, como recursos aliviadores, decepcionan al verdadero entendido. Su garganta, capote prodigioso hecho filigrana, manda como nadie en los cantes de compás, que tantas veces han hecho delirar a un público entregado. Luego se convierte en mágica muleta en cuyos pliegues se prendieron hace tiempo y para siempre, todos los duendes del flamenco, y entonces, en un silencio casi religioso, palo a palo, tercio a tercio, desgrana toda la grandeza de su Arte en esa entrega total que todos conocemos. Y en cada una de esas entregas, en cada uno de esos cantes, llegada la hora del quejío supremo, se echa, abierto el pecho y rota la garganta, entre las astas mortales de la jondura del cante de las que sale, milagrosamente, siempre ileso.

            Jondura del Cante

Puente Genil, oro dulce y maduro,
fue de dioses y duendes elegido
para fundir el broche más pulido
en un crisol de barro noble y puro.

Para templarlo a su extraño conjuro,
al pecho de una musa fue prendido
de notas musicales revestido 
y patinado de brillo claroscuro.

De tan valioso, tan fino y recamado
fue, por deber, al Arte emparentado
con un lazo que abarca el infinito.

                           Y el cante jondo obtuvo la ventura
                       de bautizar su más regia figura
                           con el nombre inmortal de Fosforito.

                                        PACO ACOSTA

EL ADIÓS DEL MAESTRO

Homenaje a Fosforito:

Cante: Paco del Pozo, Chano Lobato, José Menese, Vicente Soto, Perlita de Huelva y Carmen Linares Toque: Jerónimo, Juan Habichuela, Antonio Carrión, Paco y Miguel Ángel Cortés.
Madrid, Conde Duque, 3 de septiembre.

Ya al final, cuando el homenajeado Antonio Fernández Díaz, Fosforito, salió a hacer los dos cantes que previamente había prometido -"al margen de como yo pueda cantar, les dejo a cachitos mi corazón"-, se sentó junto a Habichuela, compuso esa postura tan digna y clásica de cantaor a que nos tiene acostumbrados y empezó por soleá apolá. En tanto Carmen Linares regresaba de Albacete, adonde había ido a cantar.

Fue noche de soleares para un maestro que siempre sobresalió por ese palo. Es uno de los estilos fundamentales de lo jondo, y todos lo hicieron, menos Vicente Soto, que hizo el romance por soleá. En general, salvo pequeñas incidencias en las que, obviamente, no voy a entrar dado el carácter de homenaje a favor de un compañero, fue noche de cante excelente en ápoyo de un maestro de cantaores que ha sido figura de primer rango desde mediados de los años cincuenta.

Noche de cante excelente, re- pito. Actuaciones muy serias y   tremendamente responsables de todos los participantes. Correcto Paco del Pozo, ganador de la Lámpara Minera de La Unión en 1997, aunque demasiado hablador. En su salsa Chano Lobato, siempre volcado. Formidable Menese, en los géneros de gran dificultad que a él más le gusta: Estupendo Soto, con las siguiriyas de su antepasado Paco la Luz como bandera. Apresurada Carmen Linares, que llegó pasadas las doce de la noche corriendo desde Albacete.

Apagafuegos

Se habla mucho de la solidaridad de los flamencos cuando se producen festivales como éste, pero me parece que no todo lo que en tornó a ellos acontece es digno de aplauso. José Mercé, por ejemplo, se había compro- metido para esta actuación meses antes, confirmándola, pero á dos o tres días de la fecha la canceló por imperativo de un contrato de trabajo. Y Carmen Linares tuvo esperando al personal más de la cuenta, teniendo Fosforito que salir de nuevo a cantar en una función de "apagafuegos"  -fue su expresión-  que a él no le correspondía.

Durante varias décadas de cante, Fosforito ejerció magisterio que siguieron las generaciones más jóvenes, y se mantuvo como ejemplo de profesionalidad en un arte que hoy ejercen con cierto confort, pero que en aquellos tiempos era mucho más complicado y menos gratificante en todos los sentidos. Hoy, Fosforito ha llegado a asu mir que las condiciones fisicas son fundamentales para cantar, y que le ha llegado la hora de dar un paso atrás y dejar esa primera línea de la profesión a la que entregó todo su ser. Pienso que le ha costado mucho tomar esa decisión, pero las cir cunstanciás son las que son.

Cuando salió a cantar, Fosfo rito ya advirtió que no sabía cómo le respondería la voz, pero que sí sabía que pondría todo el corazón. Y lo puso. Cantó con todas las fatiguitas del mundo, pero rompiéndose y con grandeza, y transmitió a la audiencia emoción a raudales. Una audiencia entregada, desde luego, que llenó el -Conde Duque y prodigó al maestro exclamaciones de cariño y de aliento.

Después de la soleá, Fosforito dijo adiós por tarantos, una letra suya muy conocida y tremendamente desgarrada que pareciera hecha como anillo al dedo para la ocasión: 'Y es que ya no puedo más, / las fuerzas me están faltando, / y es que no puedo más, / ni siquiera este taranto / voy a poder terminar, / por eso canto llorando".

Creo que las lágrimas no llegaron, pero el público vivió ciertamente unas horas de pasión y gratitud hacia el maestro que hoy se despide del cante, Antonio Fernández Díaz, Fosforito. A quien no olvidaremos aunque dejemos de verle en los escenarios.

ÁNGEL ÁLVAREZ CABALLERO