PERFILES FLAMENCOS

Fernanda de Utrera. Cantaora
Fernanda Jiménez Peña
Utrera (Sevilla), 1923

A muchos flamencólogos no les duelen prendas al decir que a Fernanda de Utrera hay que considerarla la mejor solearera de todos los tiempos. O por los menos desde que, inventada la fonografía, tenemos testimonios grabados que nos permiten conocer y opinar. Lo que sí es verdad es que, sea o no la mejor; la Fernanda es cuando menos, lo más parecido, cantando, a los ángeles, si es que estos cantan alguna vez por soleá.

Nieta de Fernando Peña Soto, "Pinini", fundador de una gran dinastía de gitanos en los que el flamenco, fundido a sus genes desde siglos atrás, les aflora por sus venas hasta la garganta como un venero de jondura, Fernanda lleva la sangre envenenada de esa jondura gitana. Y cuando canta, cuando con esa voz rota y apenas suficiente pero tan llena de "soníos negros" le arranca al corazón esos tercios tan difíciles de conseguir, nos transmite sin remedio ese veneno de jondura a través de unos jipios roncos, gastados, pero a la vez tan llenos de matices flamencos, que su cante adquiere de pronto una luminosidad plástica inigualable. Y esa explosión final la consigue Fernanda después de vencer en esa pelea interna que libra con ella misma por imponerse, a fuerza de fuerzas, a unas facultades mermadas lógicamente por el desgaste erosivo e implacable de los años.

Fernanda destaca en otros estilos como bulerías, cantiñas, (herencia de su abuelo El Pinini) y sobre todo en fandangos que interpreta magistralmente. Pero es en el cante por soleá donde ella es inimitable y por el que muchos la consideran "la mejor solarera de todos los tiempos". O una de las mejores.



Hoguera gitana


Con gitano esplendor brilla en Utrera
la sangre generosa de Fernanda,
sangre que en el compás ordena y manda,
sangre de tradición solearera.

Como fuego inmortal arde en su hoguera
un cante que a las piedras las ablanda,
que encoge el corazón o que lo agranda,
hasta que, envuelto en llamas, se incinera.

Su cante es un puñal de escalofrío,
un grito que provoca en desafío
cada palo del cante por derecho.

Y, colmado el crisol de sus pesares,
un río con rumor de soleares
le brota del venero de su pecho.


                                           PACO ACOSTA