Ibn HAZM
¡ En
el nombre de Dios, el Compasivo, el Misericordioso!
Dice
Abu Muhammad (Dios le
perdone):
El mejor comienzo es
tributar a Dios Honrado y Poderoso la alabanza que se le debe e impetrar la bendición
divina para Mahoma su siervo y apóstol, en particular, y para todos sus
profetas, en general.
Después
digo:
¡Que Dios nos resguarde a ti
y a mi de la incertidumbre sobre el buen camino; que no nos imponga un peso
mayor que nuestras fuerzas; que nos destine con su excelente ayuda una guía
segura que nos encamine a obedecerle; que, con su apoyo nos otorgue un freno
que nos aparte de rebelarnos contra Él; que no nos abandone a la flaqueza de
nuestros intentos, al desfallecimiento de nuestras fuerzas, a la fragilidad de
nuestra naturaleza, a la disputa de nuestros pareceres, a la mala elección de
nuestro albedrío, a la exigüidad de nuestro discernimiento y la depravación de
nuestras pasiones!
Te consagro un amor puro y sin
mácula:
en mis entrañas está visiblemente
grabado y escrito tu cariño.
Si en mi espíritu hubiese otra cosa
que tú,
la arrancaría y desgarraría con mis
propias manos.
No quiero de ti otra cosa que amor;
fuera de él no pido nada.
Si lo consigo, la Tierra entera y la Humanidad
Serán para mi como motas de polvo y los habitantes del país, insectos
Inicio
de “El Collar de la Paloma”
Su nombre completo fue Abu Muhammad Ali Ibn Hazm. Nace en
Córdoba, en el año 994, en el seno de una familia aristocrática, de claro
origen andaluz, lo que normalmente se suele llamar “muladí”, por su práctica de
la religión musulmana sin pertenecer a la raza árabe. Su infancia, hasta los
quince años, transcurre en la corte cordobesa, por ser su padre un alto
funcionario al servicio del gran Almanzor, visir topododeroso durante el califato de al Hakem
II y sobre todo de su sucesor Hixam II, del que fue
valido durante la infancia y gran parte del mandato de éste. Muerto este en el
año 1002, la familia continúa al servicio de la casa Amirí, con los respectivos
sucesores de aquel, sus hijos al Muzzafar, de
brillante pero efímera carrera y Abd al Rahman “Sanyul” (Sanchuelo),
descendiente por línea materna del rey Sancho Garcés II de Navarra.
Son años de gran agitación política, con la muerte de hecho del
califato, tras la destitución del califa Hixam II por
su primo Muhammad al Mahdi y la sucesión de distintas
revueltas y golpes militares de sucesión política poco clara, lo que se ha dado
en llamar la segunda fitna. Su familia, de clara
filiación amirí, cae en descrédito y abandona las instalaciones cortesanas
volviendo a su casa en la ciudad de Córdoba. La vida de Ibn Hazm
se vuelve inestable y difícil. Muere su padre en el año 1012, cuando apenas
contaba Alí con 18 años. Perseguido y confiscados sus bienes, huye hasta
encontrar refugio en Almería, al amparo del emir Jayran,
quien les mantuvo en su corte hasta que las aspiraciones de la restauración
omeya profesadas por Ibn Hazm le hicieran incómodo en
aquel entorno, debiendo poner tierra de por medio cuando Jayran
apoyara al gobierno bereber instalado en la capital
del califato.
Esta nueva hégira le lleva al levante, posiblemente conociera entonces
Játiva, donde se instalará largo tiempo y la que es asiento de gran parte de su
producción literaria. Participa en la expedición desde Játiva que emprende el
allí proclamado califa omeya Murtada, apoyado por Jayran de Almería y Mundir de
Zaragoza, de cuya traición es consecuencia la derrota de su ejército en las
inmediaciones de Granada, siendo cautivo Alí ibn Hazm. Tras este período, vuelve nuevamente a Játiva, hacia
el año 1019. Es en esta ciudad donde se considera que escribió su obra más
célebre, “El collar de la Paloma”, considerado como el más bello libro escrito
sobre el amor, en lengua árabe.
Vuelve la restauración omeya a Córdoba en el año 1023, de manos de Abd al Rahman al Mustazhir, elegido popularmente en la mezquita aljama de la
ciudad el 16 de ramadaán de 414 (2 de diciembre de
1023). Ibn Hazm regresa a Córdoba, donde es nombrado
visir junto con su amigo Ibn Suhayd y su primo Abd al Wahhab ibn
Hazm. Este gobierno, emula o supera en brevedad a los
anteriores y termina en apenas un mes, en el año 1024, dado nuevamente con Ibn Hazm en la cárcel.
Al salir de prisión, renuncia definitivamente a la militancia política
activa y se centra en la producción literaria y su carrera
filosófico-teológica. “Pero lo único a
que no pudo renunciar porque lo llevaba en la sangre, es al espíritu de
inconformismo, de originalidad y de audacia revolucionaria que siempre presidió
su vida. Su pensamiento no pudo anclar en el malikismo
angosto y rutinario que, aliado tantas veces con el poder público y con las
prebendas oficiales, reinaba como señor absoluto en las escuelas de Córdoba, y
tras revolotear por la escuela jurídica safi’i, más
conciliadora y equilibrada, acabo aferrándose al zahirismo
literalista. Discípulo del maestro zahirí Abu-l-Jiyar
de Santarem, explicaba con él cursos de dicha
doctrina en la mezquita mayor de Córdoba. Los malikíes
y el vulgo les denunciaron como corruptores del pueblo fiel y
peligrosos para la fe. Se les prohibió la enseñanza, y todavía se
consagra con más fervor a la ciencia. Desde entonces empezamos a saber mucho
menos de él, porque ya la historia de su vida se ha trasformado en la historia
de sus libros.” (GARCIA GÓMEZ, 1950).
El califato se da por terminado en el 1031, iniciándose el primer
período de Taifas de Al Andalus. “Convertido
en un agrio intelectual, recorría los reinos de taifas, enzarzándose en
coléricas disputas. Ninguno de los reyes de taifas quería en su territorio
huésped tan incómodo, no solo por sus ideas religiosas, sino también por las
políticas. Aferrado al legitimismo omeya, no quiso plegarse al complicado juego
de la política de su época ni abrazó la causa de ninguno de los partidos
opuestos.” (GARCIA GÓMEZ 1950).
A pesar de esta azarosa vida, en la que da sensación de no caber el
sosiego y el asiento, su obra literaria se cifra en unos 400 volúmenes, con un
total aproximado de 80.000 folios manuscritos. “Entre ellas figuran algunas de primerísima
importancia en la ciencia musulmana de todos los tiempos, y alguna de tal
aliento y ambición que sólo en la Europa del s. XIX ha podido encontrar
paralelo.” (GARCIA GÓMEZ, 1950). Destacan entre estas “el Fisal, Historia Crítica de las ideas religiosas”, “La Chambara”, completísimo repertorio de genealogía árabe del
occidente musulmán, “el Naqt”, “Risala
apologética de Al Andalus y sus sabios”.
“La
fortaleza consiste en sacrificar la propia vida en defensa de la religión o de
la familia, o del prójimo oprimido, o del débil que busca apoyo contra la
injusticia de que es víctima o de la propia fortuna del honor propio menoscabados inicuamente, o
de cualquier otro derecho; y esto sean pocos los adversarios o sean muchos”.
Terminó sus dias en Montíjar
en el año 1064, lugar de la actual provincia de Huelva, donde vivió su familia
antes de marchar a Córdoba en tiempos de su abuelo Sa’id.
Se suelen distinguir dos épocas en la vida literaria de Ibn Hazm.
Una hasta los treinta años, la otra hasta su muerte. En la primera se ocupó
preferentemente de la política y la literatura, en la segunda, abandonó
totalmente la política consagrándose casi exclusivamente a la teología y al
derecho. A decir de García Gómez, esta ambivalencia, la coexistencia en su obra
y personalidad de exquisitez y aspereza, de nobleza y plebeyez le emparejan con
los grandes personajes filosóficos y literarios del siglo de oro español. La
fama de su nombre, que hubiese debido estar a la altura de Averroes,
Ibn ‘Arabi, Al Gazzal o Maimónides, ha estado empañada hasta hace relativamente
poco tiempo, coincidiendo con los albores de la tipografía árabe y el esplendor
del orientalismo.
El manuscrito de El Collar de la Paloma, su obra más difundida, fue
descubierto por el holandés Reinhardt Dozy, a finales del s. XIX, a quien se debe su primera
traducción. A partir de entonces resurge la figura y obra de Ibn Hazm en suelo patrio, con la labor de los arabistas españoles
como Julián de Ribera y sobre todo Miguel Asín
Palacios, a quienes debemos la recuperación de su figura y su herencia cientifico-literaria.
Al Andalus, 24 safar 1424
Harún abu yabal
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Discurso sobre la esencia del
amor.
“El amor, Dios te honre, empieza de burlas y acaba en veras, y son sus
sentidos tan sutiles, en razón de su sublimidad, que no pueden ser declarados,
ni puede entenderse su esencia tras un largo empeño.
No está reprobado por la fe ni vedado en la santa Ley, por cuanto los
corazones se hallan en manos de Dios Honrado y Poderoso, y buena prueba de ello
es que, entre los amantes, se cuentan no pocos bien guiados califas y rectos
imanes.
En nuestra tierra de al-Andalus tenemos, entre ellos, a Abd al Rahman ibn
Mu’awiya, enamorado de Da’acha’; a al-Hakam ibn Hixam;
a Abd al-Rahman ibn al-Hakam, cuya pasión por Tarub, madre de su hijo ‘Abd Allah,
es más clara que el sol, a Muhammada ibn ‘Abd al Rahman, cuyas
relaciones con Gizlan (madre de sus hijos Utzman, al-Qasim y al-Mutarrif) son harto conocidas; y a al-Hakam
al Mustansir, cegado por el amor de Subh (madre de Hixam al-Mu’ayyad bi-llah,
¡Dios esté satisfecho de él y de todos ellos!) hasta el punto de que no paraba
atención en los hijos que tenía de otras mujeres, sin contar tantos otros casos
parecidos. De no ser porque los musulmanes venimos obligados a respetar los
derechos de los príncipes y no debemos dar otras noticias suyas que aquellas en
que se habla de su firmeza y de sus trabajos en pro de la religión, y aquí se
trata solo de cosas que acaecen en el recato de sus alcázares y en el seno de
sus familias, de las que no conviene referir nada, citaría no pocas historias,
en que ellos figuran, atinentes a nuestro tema.
Los personajes principales y pilares de sus reinos, que andan entre
los amantes, tantos son, que no podrían contarse.
El caso más reciente es el que no hace mucho vimos, cuando al-Muzaffar, ‘Abd al Malik, ibn Abi Amir,
se encaprichó de tal suerte con Wachid, la hija de un
jardinero, que llegó a tomarla en matrimonio, y esta mujer fue la que, luego de
la ruina de los ‘Amiríes, casón con el visir ‘Abd Allah
ibn Maslama y, más tarde,
cuando este fue asesinado, con un caudillo bereber.
Cosa parecida es la que me contó Abu-l-Ays ibn Maymun
al-Qurasi al-Husayni, y es
que Nizar ibn Ma’add, señor de Egipto, por complacer a una esclava a la
que localmente amaba, no vio a su hijo al-Mansur ibn Nizar, el que había de
heredar el trono y arrogarse la divinidad, sino bastante después de su
nacimiento, y eso que no tenía otro hijo varón, ni quién heredara el reino, ni
perpetuara su memoria, más que él.
Entre los hombres piadosos y alfaquíes de otros tiempos y de pasadas
épocas hubo asimismo muchos amantes; pero los propios versos que compusieron
nos relevan de citar sus historias. Así, por ejemplo, han llegado a nosotros
noticias bastantes sobre la vida y las poesías de Ubayd
Allah ibn Abd Allah ibn
Utba ibn Mas’ud, uno de los
siete alfaquíes de Medina. Tenemos también una respuesta jurídica de Ibn Abbas ¡Dios esté satisfecho de él!, que nos llena las
medidas y que dice así: “Este es un muerto de amor y, por consiguiente, no hay
precio de sangre ni talión”.
Difieren entre sí las gentes sobre la naturaleza del amor y hablan y
no acaban sobre ella. Mi parecer es que consiste en la unión entre partes de
almas que, en este mundo creado, andan divididas, en relación a como primero
eran en su elevada esencia; perno no en el sentido en que lo afirma Muhammad ibn Dawud (Dios se apiade de él)
cuando, respaldándose en la opinión de cierto filósofo, dice que “son las almas
esferas partidas”, sino en el sentido de la mutua relación que sus potencias
tuvieron en la morada de su altísimo mundo y de la vecindad que ahora tienen en
la forma de su actual composición.
Sabemos todos que el secreto de la atracción o del desvío entre las
cosas creadas está en la afinidad o repulsión que hay entre ellas, porque cada
cosa busca siempre a su semejante, lo afín sólo en su afín sosiega, y esta
comunidad de especie ejerce una acción que los sentidos perciben y una
influencia que salta a la vista. La mutua antipatía entre los contrarios, la
mutua simpatía entre los iguales, el ímpetu que enlaza a las cosas parejas
entre sí, son cosas que hallamos bien patentes en nuestro mundo.
Pues, siendo esto así, ¿qué no ocurrirá con el alma cuyo mundo es
purísimo y etéreo, cuya equilibrada esencia tiende a lo alto, y cuya sustancia
está presta a percibir la afinidad y la inclinación, el deseo y la aversión, el
apetito y la repulsión?. Bien sabido es, en efecto,
que así pasa todo eso a nuestros ojos en todos aquellos estados en que el
hombre se desenvuelve y vive.
Dios Honrado y Poderosos dice: “El es quién os creó de una sola alma,
de la cual creó también a su compañera para que conviviera con el”. Por
consiguiente, dispuso que la razón de su convivencia fuera el que Eva procedía
de la misma alma que Adán.
Si la causa del amor fuese no más que la belleza de la figura
corporal, fuerza sería conceder que el que tuviera cualquier tacha en su figura
no sería amado, y, por el contrario, a menudo vemos que hay quien prefiere
alguien de inferior belleza con respecto a otros cuya superioridad reconoce, y
que, sin embargo, no puede apartar de él su corazón. Y si dicha causa consistiese
en la conformidad de los caracteres, no amaría el hombre a quién no le es
propicio ni con él se concierta. Reconocemos, por tanto, que el amor es algo
que radica en la misma esencia del alma.
El amor, no obstante, tiene a menudo una causa determinada y
desaparece cuando esta causa se extingue, pues quien te ama por algo te desama
si ese algo se acaba. Acerca de esto yo he dicho:
Mi amor por ti, que es eterno por su propia esencia,
ha
llegado a su apogeo, y no puede ni menguar ni crecer.
No tiene más causa ni motivo que la voluntad de
amar.
¡Dios me libre de que nadie le conozca otro!
Cuando vemos que una cosa tiene su causa en sí
misma,
goza
de una existencia que no se extingue jamás;
pero
si la tiene en algo distinto,
cesará
cuando cese la causa de que depende.
Corrobora esta opinión el hecho de que sabemos que existen diferentes
suertes de amor. Es el mejor el de los que se aman en Dios Honrado y Poderoso,
bien por el esfuerzo que ambos ponen en un obra común, bien por coincidir en
los principios de una secta o escuela, bien por compartir la excelencia de un
saber que puede ser otorgado al hombre. Pero hay, además, el amor de los
parientes; el de la afectuosa costumbre; el de los que se asocian para lograr
fines comunes; el que engendran la amistad y el conocimiento; el que se debe a
un acto virtuoso que un hombre hace con su prójimo; el que se basa en la
codicia de la gloria del ser amado; el de los que se aman porque coinciden en
la necesidad de guardar encubierto un secreto; el que se encamina a la obtención
del placer y a la consecución de l deseo; y, por fin, el amor irresistible que
no depende de otra causa que de la antes dicha de la afinidad de las almas.
Todos estos géneros de amor cesan, acrecen o menguan, según sus
respectivas causas desaparecen, aumentan o decaen; se reaniman se acerca su
causa, y languidecen si su motivo se distancia; pero se exceptúa el verdadero
amor, basado en la atracción irresistible, el cual se adueña del alma y no
puede desaparecer sino con la muerte.
Tú hallarás personas que ellos mismos creen haber olvidado ya su amor
y que han llegado a edad muy avanzada; pero, si se lo recuerdas, verás que lo
sienten revivir en su memoria, y se lozanean y remozan, y que notan que les
vuelve la emoción y les excita el deseo. También hallarás que en ninguna de las
demás clases de amor antes declaradas acaecen la preocupación, la turbación, la
obsesión, la mudanza de los instintos innatos y el cambio del espontáneo modo
de ser, la extenuación, los suspiros y las demás pruebas de pesar que acompañan
al amor irresistible. Todo esto confirma la idea de que este auténtico amor es
una elección espiritual y una como fusión de las almas.
Alguien podrá replicar que, siendo esto así, el amor debería ser el
mismo en el amante que en el amado, supuesto que entrambos son partes que antes
estuvieron unidas y es una suerte. La respuesta es la siguiente: Esta objeción,
por vida mía, es razonable. Ahora bien, el alma de quien no corresponde al amor
que otra le tiene, está rodeada por todas partes de algunos accidentes que la
encubren y de velos de naturaleza terrenal que la ciñen, y por ello no percibe
la otra parte que estuvo unida con ella, antes de venir a parar donde ahora
está; pero, si se viera libre, ambas se igualarían en la unión y en el amor. En
cambio, el alma del amante está libre, y como sabe el lugar en que se encuentra
la otra alma con quien estuvo unida y vecina, la busca, tiende a ella, la
persigue, anhela encontrarse con ella y la atrae a sí, cuanto puede, como el
hierro a la piedra imán. La fuerza de la esencia del imán, aunque enlazada con
la fuerza de la esencia del hierro, no puede, por su propio impulso y por su impureza, encaminarse hacia el hierro,
aunque sea afín suyo y de su mismo elemento, sino que es la fuerza del hierro,
por su mayor potencia, la que se encamina hacia su afín y se siente atraída
hacia él, ya que el movimiento parte siempre del más fuerte. La fuerza del
hierro, abandonada a sí misma y no estorbada de ningún impedimento, busca la
unión con su semejante, se dedica por entero a él, y corre hacia él a impulsos
de su propia naturaleza y como por necesidad, no por un movimiento voluntario y
deliberado. Ahora bien: si tú retienes al hierro en tu mano, no siente ya la
atracción de la piedra imán, porque su fuerza no puede vencer la del que lo
retiene, que es mayor que ella. Del mismo modo, si las partículas del hierro
son muchas, obran unas sobre otras y esta acción recíproca anula la fuerza,
relativamente más débil, que las obliga a desplazarse hacia el otro cuerpo;
pero, cuando aumenta el volumen del imán y sus fuerzas equivalen a la de todas
las fuerzas del volumen del hierro, éste retorna a su condición habitual.
Del mismo modo, el fuego encerrado en el pedernal no sale afuera, a
pesar de la fuerza que le impulsa a reunirse y a llamar para ello a todas sus
partes dondequiera que estén, sino después del golpe del eslabón, cuando ambos
cuerpos se han unido con presión y fricción. Mientras tanto, el fuego está
oculto en la piedra sin manifestarse ni aparecer.
Otro argumento de lo mismo es que tú no hallarás dos personas que se
amen que no tengan entre sí alguna semejanza o coincidencia de cualidades
naturales. Es forzoso que la haya, por poca que sea, y claro es que, conforme
mayores sena estas analogías, mas grande será la afinidad y más firme el amor.
Fíjate en esto y podrás verlo con tus ojos. Lo corrobora el dicho del Profeta
de Dios: (¡Dios lo bendiga y salve!): “Las almas son como ejércitos puestos en
filas, donde los que se reconocen se hacen amigos y los que se desconocen se
separan.” Lo confirman asimismo estas palabras de un tradicionista referentes a
un hombre piadoso: “Las almas de los creyentes se reconocen unas a otras”. Y
por esta misma razón no se entristeció Hipócrates cuando le dijeron que un
hombre vulgar lo amaba. “No me amaría, dijo, si no me asemejara a él en alguna
de sus cualidades”.
Refiere Platón que un cierto rey lo encarceló sin motivo, y que él
alegó en su propio favor tantas pruebas, que puso en claro su inocencia y el
rey comprendió que había sido injusto. Entonces el visir, que se había
encargado de hacer llegar los descargos de Platón al rey, dijo a éste: “Ya
estás convencido, oh! rey, de que es inocente. ¿Qué
tienes ahora contra él?.””Por vida mía, respondió el
rey, que de nada puedo acusarle; pero, sin saber por qué, lo encuentro
cargante.” Estas palabras le fueron llevadas a Platón, que prosigue así: “Por
tanto tuve necesidad de buscar en mí y en mi carácter alguna cualidad que
correspondiera a otra que hubiera en el ánimo y en el carácter reales, y en que
uno y otro nos pareciéramos. Observando el carácter del rey, vi que amaba la equidad y aborrecía la injusticia. Entonces
puse de relieve esta cualidad dentro de mi, y apenas nació esta afinidad y
correspondí a su alma con esta prende que había asimismo dentro de la mía, dio
orden de que me dejaran libre y dijo a su visir que ya se habían desvanecido en
su interior los sentimientos que en contra mía abrigaba.”
Tocante al hecho de que nazca el amor, en la mayoría de los casos, por
la forma bella, es evidente que, siendo el alma bella, suspira por todo lo
hermoso y siente inclinación por las perfectas imágenes. En cuanto ve una de
ellas, allí se queda fija. Si luego distingue tras esa imagen alguna cosa que
le sea afín, se une con ella y nace el verdadero amor; pero si no distingue
tras esa imagen a nada afín a sí, su afección no pasa de la forma y se queda en
apetito carnal. En todo caso, las formas son un maravilloso medio de unión
entre las partes separadas de las almas.
En el libro primero de la Torá, he leído
que, por los días en que el profeta Jacob (¡sobre él sea la bendición!)
apacentaba el ganado de su tío materno Labán, para
ganar la dote que había de darle por su hija, convinieron entre ambos, para
repartirse las crías del rebaño, que todas las ovejas oscuras serían de Jacob y
las manchadas de Labán. Entonces Jacob (¡sobre él sea
la bendición!) cortó varas de árbol y, descortezando la mitad y dejando la otra
mitad en su ser, las arrojó luego todas en el agua donde abrevaba el rebaño,
con lo cual, luego que envió a beber a las ovejas preñadas, todas parieron
crías cuyo número se dividía en dos mitades iguales, una oscura y la otra
manchada.
Se cuenta asimismo de un fisiognomista
experto que le trajeron un niño negro nacido de dos padres blancos. Después de
haber examinado todos sus rasgos, comprobó que era de ambos, sin duda alguna, y
entonces pidió que le llevaran al sitio en que había cohabitado los padres. Al
entrar en la habitación en que estaba el lecho, vio la imagen de un negro en la
parte del muro donde recaía la mirada de la mujer. “Por culpa de esta imagen,
dijo al padre, has tenido este hijo”.
Ha sido esta idea muy traída y llevada por los poetas afiliados a la
escolástica en muchos poemas en que se dirigen a lo exterior visible como si
fuese lo interior inteligible. La hallamos repetidísima en las composiciones de
al-Nazzam Ibrahim ibn Sayyar y de otros
escolásticos, y yo mismo he dicho en verso sobre el asunto:
No hay otra causa, ¿lo sabes?, de la victoria sobre los
enemigos,
ni
otro motivo de que huyamos, si nos hacen huir,
que
la tendencia de las almas de los hombres todos
hacia
ti, ¡oh perla escondida entre las gentes!
Aquellos que te siguen no se perderán jamás,
pues
avanzan todos, como viajeros nocturnos, hacia tu excelsa luz,
y
aquellos que te preceden sienten que sus almas les hacen torcer el rumbo
hacia
ti dócilmente , y todos vuelven sobre sus pasos.
También he dicho sobre lo mismo:
¿Perteneces al mundo de los
ángeles o al de los hombres?
Dímelo, porque la confusión
se burla de mi entendimiento.
Veo una figura humana; pero,
si uso de mi razón,
hallo
que es tu cuerpo un cuerpo celeste.
¡Bendito
sea el que contrapesó el modo de ser de sus criaturas
e
hizo que, por naturaleza, fuese maravillosa luz!
No puedo dudar que eres un
puro espíritu atraído a nosotros
por
una semejanza que enlaza a las almas.
No hay más prueba que
atestigüe tu encarnación corporal,
ni
otro argumento que ed de que eres visible.
Si nuestros ojos no contemplara tu ser, diríamos
que
eras la Sublime Razón Verdadera.
Un amigo mío llamaba “la
percepción fantástica” a una qasida mía, de la que
son estos versos:
En él verás
subsistentes todos los opuestos.
Y así ¿cómo podrás definir los conceptos
contradictorios?
¡Oh cuerpo desprovisto de dimensiones!
¡Oh accidente perdurable y que no cesa!
Derribaste
para nosotros los fundamentos de la teología,
Que, desde
que apareciste, ha dejado de ser clara.
Y lo mismo cabalmente que con el amor sucede con el odio, pues verás
que dos personas se aborrecen sin razón y sin causa, y no se pueden soportar
una a otra sin motivo alguno.
En suma, Dios te honre, es el amor una dolencia rebelde, cuya medicina
está en sí misma, si sabemos tratarla; pero es una dolencia deliciosa y un mal
apetecible, al extremo de que quien se ve libre de él reniega de su salud y el
que lo padece no quiere sanar. Torna bello a ojos del hombre aquello que antes
aborrecía, y le allana lo que antes le parecía difícil, hasta el punto de
trastornar el carácter innato y la naturaleza congénita, como, si Dios quiere,
quedará brevemente declarado en sus capítulos
respectivos.
Yo conocía un mancebo entre mis relaciones que se metió en los malos
pasos del amor y cayó en sus redes, a quién martirizaba la pasión y derretía el
sufrimiento; pero que, a pesar de ello, no quería suplicar a Dios Honrado y
Poderoso que le librase de aquella malaventura, ni despegaba su lengua para
orar, porque su único pío, no obstante el grande tormento y el desmesurado
pesar, era unirse con el ser que amaba y poseerlo. ¿Qué te parece de uno que,
estando enfermo, no quiere verse libre de su dolencia? Un dia,
en que le hacía compañía, viéndolo tan cabizbajo, triste y taciturno, me dio
pena, y le deseé, entre otras cosas: “¡Dios te consuele! “, pero observé al punto
en su rostro muestras de aborrecimiento por lo que le dije.
Sobre un caso parecido escribí en un largo poema:
¡Oh esperanza mía! Me
deleito en el tormento que por ti sufro.
Mientras viva, no me apartaré de ti.
Si alguien me dice: “Ya te olvidarás de su amor”,
No le contesto más que con la ene y la o.
Estas cualidades del amante son, sin embargo, opuestas a las que de sí
propio me refirió Abu Muhammad
Qasin ibn Muhammad al Qurasi, conocido por
al Xabinisi, uno de los descendientes del imam Hixam ibn
Abd al Rahman ibn Mu’awiya, el cual, según me
dijo, nunca había amado a nadie, ni se había apesadumbrado porque un amigo
íntimo se alejara de él, ni desde que nació, había rebasado los límites del
compañerismo y de la amistad para entrar por las fronteras del amor y de la
pasión.
El Collar de la Paloma
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Sobre las Señales del Amor
Tiene el amor señales que persigue el hombre avisado y que puede
llegar a descubrir un observador inteligente.
Es la primera de todas la insistencia de la
mirada, porque es el ojo puerta abierta del alma, que deja ver sus
interioridades, revela su intimidad y delata sus secretos. Así, verás que
cuando mira el amante, no pestañea y que muda su mirada adonde el amado se
muda, re retira adonde él se retira, y se inclina adonde él se inclina, como
hace el camaleón con el sol. Sobre esto he dicho en un poema:
Mis ojos no se paran sino donde estás tu.
Debes tener las propiedades que dicen del imán.
Los llevo adonde tú vas y conforme te mueves,
como
en gramática el atributo sigue al nombre.
Otras señales son: que no pueda el amante dirigir la palabra a otra
persona que no sea su amado, aunque se lo proponga, pues entonces la violencia
quedará patente para quien lo observe; que calle embebecido, cuando hable el
amado; que encuentre bien cuanto diga, aunque sea un puro absurdo y una cosa
insólita; que le dé la razón, aún cuando mienta; que se muestre siempre de
acuerdo con él, aun cuando yerre; que atestigüe en su favor, aun cuando obre
con injusticia, y que le siga en la plática por dondequiera que la lleve y sea
cualquiera el giro que le de.
Otras señales del amor son: que el amante vuele presuroso hacia el
sitio en que está el amado; que busque pretextos para sentarse a su lado y
acercarse a él; y que abandone los trabajos que le obligarían a estar lejos de
él, dé al traste con los asuntos graves que le forzarían a separase de él, y se
haga el remolón en partir de su lado. Acerca de este asunto he compuesto estos
versos:
Cuando me voy de tu lado, mis pasos
son
como los del prisionero a quien llevan al suplicio.
Al ir a ti, corro como la luna llena
cuando
atraviesa los confines del cielo.
Pero al partir de ti, lo hago con la morosidad
con
que se mueven las altas estrellas fijas.
Otra señal es la sorpresa y ansiedad que se pintan en el rostro del
amante cuando impensadamente ve a quien ama o éste aparece de súbito, así como
el azoramiento que se apodera de él cuando ve a alguien que se parece a su amado,
o cuando oye nombrar a éste de repente. Sobre esto he dicho en un poema:
Cuando mis
ojos ve a alguien vestido de rojo,
mi
corazón se rompe y desgarra de pena.
¡
Es que ella con su mirada hiere y desangra a los
hombres
y
pienso que el vestido está empapado y empurpurado con esa sangre!
Otra de las señales es que el amante dé con liberalidad cuanto pueda
de aquella que antes disfrutaba por sí mismo, y ello como si fuese él quien
recibiera el regalo y como si en hacerlo le fuera su propia felicidad, cuando
solo le mueve el deseo de lucir sus atractivos y hacerse amable. Por el amor,
los tacaños se hacen desprendidos; los huraños desfruncen el ceño; los cobardes
se envalentonan; los ásperos se vuelven sensibles; los ignorantes se pulen; los
desaliñados se atildan; los sucios se limpian; los viejos se las dan de
jóvenes; los ascetas rompen sus votos, y los castos se tornan disolutos.
Claro es que estas señales aparecen antes que prenda el fuego del amor
y el calor abrase y el tizón arda y se levante la llama, porque, una vez que el
amor se enseñorea y hace pie, no ves más que coloquios secretos y un paladino
alejamiento de todo lo que no sea el amado.
Unos versos tengo compuestos en que se declaran reunidas muchas de
estas señales, y de ellos son los siguientes:
Cuando se trata de ella, me agrada la plática,
Y exhala para mi un
exquisito olor de ámbar.
Si habla ella, no atiendo a los que están a mi lado
Y escucho sólo sus palabras placientes y graciosas.
Aunque estuviera con el Príncipe de los Creyentes,
No me desviaría de mi amada en atención a él.
Si me veo forzado a irme de su lado,
No paro de mirar atrás y camino como una bestia
herida;
Pero, aunque mi cuerpo se distancie, mis ojos quedan
fijos en ella,
Como los del náufrago que, desde las olas, contemplan
la orilla.
Si pienso que estoy lejos de ella, siento que me
ahogo
Como el que bosteza entre la polvareda y la solana.
Si tú me dices que es posible subir al cielo,
Digo que sí y que sé dónde está la escalera.
Otras señales e indicios de amor, patentes para el que tenga ojos en
la cara, son: la animación excesiva y desmesurada; el estar muy juntos donde
hay mucho espacio; el forcejear por cualquier cosa que haya cogido uno de los
dos; el hacerse frecuentes guiños furtivos; la tendencia a apretarse el uno
contra el otro; el cogerse intencionadamente la mano mientras hablan; el
acariciarse los miembros visibles, donde sea hacedero, y el beber lo que quedó
en el vaso del amado, escogiendo el lugar mismo donde posó sus labios.
Hay, sin embargo, señales contrarias a las declaradas, que obedecen al
imperio de las circunstancias, a los accidentes que andan en juego, a las
causas del momento o a la excitación de los ánimos. Los extremos se tocan
muchas veces. Las cosas, exageradas hasta el colmo, producen efectos
contrarios, y, llevadas al extremo límite de su discrepancia, acaban por
parecerse, por un decreto de Dios Honrado y Poderosos que no podemos
comprender. Así, la nieve, si se la aprieta mucho tiempo con la mano, quema
como su contrario el fuego; la alegría excesiva mata, lo mismo que la pena
desmesurada, y la risa muy continuada y violenta hace saltar las lágrimas. Todo
esto acaece muy a menudo.
Pues del mismo modo hallamos que, cuando dos amantes se corresponden y
se quieren con verdadero amor, se enfadan con frecuencia sin venir a qué,; se llevan la contraria, aposta, en cuanto dicen; se
atacan mutuamente por la cosa más pequeña, y cada cual está al acecho de lo que
va a decir el otro para darle un sentido que no tiene; todo lo cual es prueba
que evidencia lo pendientes que están el uno del otro.
La distinción entre estos enfados y la verdadera ruptura o enemistad,
nacida del odio y de la animosidad enconada de la querella, es la prontitud con
que se reconcilian. A veces tú creerás que entre dos amantes hay tan hondas
diferencias, que no podrían arreglarse más que pasado mucho tiempo, si se
trataba de una persona de alma serena y libre de rencor, o nunca, tratándose de
persona vengativa. Sin embargo, no tardarás mucho en ver que han vuelto a la
más amigable compañía, que los reproches se han desvanecido, que la rencilla se
ha borrado y que en el mismo instante vuelven a reírse y a chacear juntos. Todo
esto puede ocurrir varias veces, en un solo rato. Pues bien: cuando veas que dos
personas proceden de este modo, no dejes lugar a la duda, ni permitas, en
absoluto, que te asalte la incertidumbre, ni vaciles en pensar que entre ellas
hay un oculto secreto de amor. Puedes afirmarlo en redondo, en la seguridad de
que nadie podrá desmentirte. No te hace falta prueba más clara ni experiencia
más fidedigna. Tal cosa no sucede más que cuando existe un amor correspondido y
una afección sincera. Yo he visto mucho de eso.
Otra señal de amor es que tú has de ver cómo el amante está siempre anhelando
oír el nombre del amado y se deleita en toda conversación que de él trate. Este
tema es su muletilla constante y nada le divierte como él, sin que le retraiga
de hacerlo el temor de que las gentes adivinen su secreto y los circunstantes
comprendan su inclinación. ¡El amor te vuelve ciego y sordo! Si el amante
pudiera conseguir que en el sitio en que se halla no hubiera otra plática que
la referente a quien él ama, jamás se movería de allí.
Acaece asimismo al verdadero amante que, a veces, se pone a comer con
apetito, cuando de repente el recuerdo del ser amado le excita de tal modo que
la comida se le atraganta en la garganta y le obtura el tragadero. Otro tanto
le sucede con el agua. Relativo a la conversación, en ocasiones, la inicia muy
animado, cuando, de improviso, le asalta un pensamiento cualquiera acerca del
ser amado, y entonces se aprecia claro cómo se le traba la lengua y empieza a
balbucear, y se observa claramente que se pone taciturno, cabizbajo y retraído.
Hacía un momento su fisonomía era risueña y sus maneras desenvueltas; pero
rápidamente se torna hosco e inerte; su alma está perpleja, sus movimientos son
rígidos; se aburre de hablar y siente tedio cuando le preguntan.
Otras señales de amor son: la afición a la soledad; la preferencia por
el retiro, y la extenuación del cuerpo, cuando no hay en él fiebre ni dolor que
le impida ir de un lado para otro ni moverse. El modo de andar es un indicio
que no miente y una prueba que no falla de la languidez latente en el alma.
El insomnio es otro de los accidentes de los amantes. Los poetas han
sido profusos en describirlo; suelen decir que son los “apacentadores de
estrellas”, y se lamentan de lo larga que es la noche. Acerca de este asunto yo
he dicho, hablando de la guarda del secreto de amor y de cómo trasparece por
ciertas señales:
Las nubes han tomado lecciones de mis ojos
y
todo lo anegan en lluvia pertinaz,
que
esta noche, por tu culpa, llora conmigo
y
viene a distraerme en mi insomnio.
Si las tinieblas no hubieren de acabar
hasta
que se cerraran mis párpados en el sueño,
no
habría manera de llegar a ver el día,
y
el desvelo aumentaría por instantes.
Los luceros, cuyo fulgor ocultan las nubes
a
la mirada de los ojos humanos,
son
como ese amor tuyo que encubro, delicia mía,
y
que tampoco es visible más que en hipótesis.
Sobre el mismo asunto dije también en otro poema:
Pastor soy de estrellas, como si tuviera a mi cargo
apacentar
todos los astros fijos y planetas.
Las estrellas en la noche son el símbolo
de
los fuegos de amor encendidos en la tiniebla de mi mente.
Parece que soy el guarda de este jardín verde oscuro
del firmamento,
cuyas
altas yerbas están bordadas de narcisos.
Si Tolomeo viviera, reconocería que soy
el
más docto de los hombres en espiar el curso de los astros.
Las cosas se enredan como las cerezas y unas traen otras a la memoria.
En este poema he comparado dos cosas con otras dos en un mismo verso, el que
empieza Las estrellas en la noche, etc…, cosa que tiene mérito en retórica. Pues aún he
hecho algo más perfecto, y es comparar tres objetos con otros tres en un mismo
verso, y cuatro objetos con otros cuatro en un mismo verso. Los dos casos se
dan en el poema que cito a seguida:
Melancólico, afligido e insomne, el amante
no
deja de querellarse, ebrio del vino de las imputaciones.
En un instante te hace ver maravillas,
pues
tan pronto es enemigo como amigo, se acerca como se aleja.
Sus transportes, sus reproches, su desvío, su
reconciliación
parecen
conjunción y divergencia de astros, presagios estelares adversos y [favorables
Más de pronto, tuvo compasión de mi amor, tras el
largo desabrimiento,
y
vine a ser envidiado, tras de haber sido envidioso.
Nos deleitamos entre las blancas flores del jardín,
agradecidas
y encantadas por el riego de la escarcha:
rocío
, nube y huerto perfumado
parecían
nuestras lágrimas, nuestros párpados y su mejilla rosada
Que no me censuren los críticos por haber empleado la palabra
“conjunción”, ya que los astrónomos llaman así a la coincidencia de dos
estrellas en un mismo grado.
Y todavía he conseguido algo más completo, que es comparar cinco cosas
con otras cinco en un mismo verso, como puede verse en el siguiente poema:
Me quedé con ella a solas, sin más tercero que el
vino,
mientras
el ala de la tiniebla nocturna se abría suavemente.
Era una muchacha sin cuya vecindad perdería la vida.
¡Ay de ti! ¿Es que es pecado este anhelo de vivir?
Yo, ella, la copa, el vino blanco y la oscuridad
parecíamos
tierra, lluvia, perla, oro y azabache.
Esta quíntuple metáfora no puede ser ya superada
ni hay nadie capaz de incluir en un mismo verso más comparaciones, pues no lo
consienten las leyes de la rima ni la morfología de los nombres.
También sufre el amante sinsabores en las dos situaciones siguientes:
La primera consiste en que el galán espere encontrar a su dama y se
interponga de pronto un obstáculo que lo impida.
Yo conocía a uno a quien su amada había dado una cita y lo veía yendo
y viniento; no podía estarse quedo ni pararse en
ningún lugar; tan pronto iba para atrás como para adelante; la alegría
aligeraba su natural serio y convertía su aplomo en vivacidad.
Sobre este tema de la espera de una visita amorosa, yo tengo los
siguientes versos:
Hasta que llegó la noche estuve esperando verte,
oh
deseo mío!, oh colmo de mi anhelo!;
pero
las tinieblas me hicieron perder la esperanza,
cuando
antes, aunque apareciera la noche, no desesperaba de que siguiera el día.
Tengo para ello una prueba que no puede mentir,
pues
por muchas análogas nos guiamos en asuntos difíciles,
y
es que, si te hubieras decidido a visitarme, no hubiera habido tinieblas,
y
la luz, tu luz, hubiera permanecido sin cesar entre nosotros.
La segunda situación consiste en que nazca entre los amantes una
sospecha, que no se sabe si es verdad o no más que por referencias de una
tercera persona, pues entonces el desasosiego es tremendo hasta que el asunto
se aclara, bien porque la desazón se trueque en franca tristeza y pena,
ocasionada por el temor de la ruptura.
También asalta al amante una profunda dejadez si el amado le trata con
desabrimiento; mas esto quedará explicado en su capítulo correspondiente, si
Dios Altísimo quiere.
Accidentes del amor son asimismo la violenta ansiedad y el mudo
estupor que se apoderan del amante, cuando ve que el amado le esquiva o huye de
él, y que se revelan en ayes, abatimiento, gemidos y
profundos suspiros. Sobre este asunto yo compuse un poema del que es este
verso:
La bella paciencia está prisionera:
pero
las lágrimas corren libremente.
Otra señal de amores que tu verás que el amante siente afecto por la
familia del que ama, sus parientes allegados, hasta el punto de que los aprecia
más que a su propia familia, que a sí mismo y que a todos los suyos.
El llanto es otra señal de amor; pero en esto no todas las personas
son iguales. Hay quien tiene prontas las lágrimas y caudalosas las pupilas: sus
ojos le responden y su llanto se le presenta en cuanto quiere. Hay; en cambio,
quien tiene los ojos secos y faltos de lágrimas.
Yo soy uno de estos últimos, debido a que estuve mucho tiempo tomando
incienso para curar unas palpitaciones de corazón que tuve de niño. A veces me
cae encima una desgracia abrumadora; tengo el corazón destrozado y desgarrado;
siento en él un nudo más amargo que la coloquítida,
que me impide emitir palabra a derechas e incluso, a veces, parece que va a
cortarme el aliento; pero mis ojos siguen insensibles, a no se en rarísimas
ocasiones en que sueltan unas pocas lágrimas.
A este propósito recuerdo lo que pasó un día en que, parados en la
playa de Málaga, decíamos adiós, mi compañero Abu Bakr Muhammada ibn Isahq y yo, a nuestro amigo Abu ‘Amir Muhammada ibn ‘Amir (¡Dios le haya perdonado!, que emprendía el viaje
de Levante y a quien no habíamos de volver a ver. Al despedirse, Abu Bakr se puso a llorar y a
declamar, aplicándolo al caso, este verso que pertenece a la elegía sobre la
muerte de Yazid ibn ‘Umar ibn Hubayra (¡Dios le haya
perdonado!):
¡Ah! El ojo que, en el dia
de Wasit,
no
derrama por ti cuantas lágrimas le quedan, es que es de piedra.
Yo sentía también grandísima aflicción y pesar, pero mis ojos no
vinieron en mi ayuda y tuve qe limitarme a decir,
emulando a Abu Bakr:
Y el hombre que, cuando tú le abandonas,
no
pierde por ti su mejor resignación, es que es de hielo.
Pero, con arreglo a la opinión general de las gentes de que el llanto
es prueba de amor, tengo también una qasida que
compuse antes de llegar a la pubertad y que comienza así:
Indicio del pesar son el fuego que abrasa el corazón
y
las lágrimas que se derraman y corren por las mejillas,
aunque
el amante cele el secreto de su pecho,
las
lágrimas de sus ojos lo publican y lo declaran.
Cuando los párpados dejan fluir sus fuentes,
es
que en el corazón hay un doloroso tormento de amor.
También acaece el amor que uno de los amantes recele y sospeche de
cualquier palabra que el otro diga, y la eche a mal parte, lo cual suele
originar frecuentes rencillas entre los enamorados. Yo conozco un hombre que
era el menos malicioso del mundo, el de más amplio espíritu, el de mayor
paciencia, el más tolerante, el de manga más ancha, y, sin embargo, tenía una
extrema susceptibilidad respecto a la persona a quien amaba. La más
insignificante diferencia que con ella tenía levantaba en su espíritu mil
especies de reproches y mil motivos de desconfianza. Sobre este asunto, he
dicho en un poema:
Desconfío de ti hasta en lo más despreciable que
hagas,
y
a quien hay que despreciar es a quien desprecia estas cosas,
sin
ver que pueden ser origen de ruptura o de odio:
el
incendio en sus comienzos es una chispa.
Todo lo grande empieza por ser diminuto:
de
un huesecillo de nada ves nacer el árbol.
También notarás que el amante, cuando no tiene demasiada seguridad en
la constancia de los sentimientos del amado para con él, es mucho más
circunspecto de lo que antes era, se refrena más en sus palabras y cuida más
sus ademanes y sus miradas, sobre todo si tiene la desgracia de haber dado con
una persona celosa y la fatalidad de haber caído con quien es aficionado a
pelearse.
Otras señales de amor son: que el amante espíe al amado, tome nota de
cuanto diga, investigue cuanto haga, sin que se le escape cosa alguna ni chica
ni grande, y le siga en todos sus movimientos. Y, por vida mía, tú veras que en
esto los necios se vuelven listos, y los incautos, agudos.
Una vez, en Almería, estaba yo de visita sentado en corro, en la
tienda de Isma’il ib Yunus, el médico judío, que era ducho en el arte fisiognómica y muy perito en ella, cuando Muxahid ibn al-Husayn al-Qaysi le dijo, señalando
a un hombre, llamado Hatim Abu-l-Baqa’, que pasaba frente a nosotros: “¿Qué dices de ese?” Isma’il lo miró un momento y luego dijo: “Que es un
enamorado” “Acertaste, dijo Muxahid; pero ¿cómo lo
sabes?” “No más, contestó, que por la excesiva abstracción que lleva pintada en
el semblante, para no hablar de sus otros ademanes. He deducido que se trata de
un enamorado, sin que haya lugar a dudas.”.
El Collar de la Paloma
جعلت
اليأس لي حصنا
ودرعا
فلم ألبس ثياب
المستضام
وأكثر
من جميع الناس
عندي
يسير
صانني
دون
النام
إذا
ما صح لي ديني
وعرضي
فلست لم ا
تولى
ذا
اهتمام
تولى
الأمس والغد
لست أدري
أأدركه ففيما ذا اغتمام
ابن
هزم
Hice de la desesperación mi
castillo y mi coraza,
no
quiero disfrazarme de víctima de la injusticia.
Más que todo vale para mi,
eso
poquito que me permite no necesitar a nadie.
Estando firmes mi religión y mi
honor,
en nada tengo lo que se va de mi
lado.
El ayer se fue, el mañana no se si
lo alcanzaré
¿de qué
voy a afligirme?
Ibn Hazm
*************************************
AMOR FALAZ
Tu amor, al que no he de acercarme, es falaz.
Tú sirves de lecho a todo el que llega.
No te contentas con un solo amante
y tienes en torno tuya una gran turba.
Si yo fuese príncipe, este príncipe no pretendería
verte, por miedo del tropel.
Te pareces a los deseos, que, por muchos que sean,
aceptan a todo el que se llega a
ellos
y no rechazan a nadie que venga,
aunque la trompeta haya convocado
a todo el género humano.
EL OLVIDO
Si antes me hubieran dicho:
“Olvidarás a quién amas”,
mil veces hubiera jurado:
“Eso no sucederá nunca”.
Pero ya que tras un largo desdén
fuerza es que venga el olvido,
bendito sea tu desdén,
pues que trabaja y se fatiga en
curarme.
Ahora me maravillo del olvido,
como antes me maravillaba de la
firmeza,
y veo ya tu amor como unas brasas
que arden, pero bajo la ceniza.
HERIDA INCURABLE
La herida que me has hecho tiene cura y no hay reproche.
La que es incurable es la herida del amor.
En medio de su tez blanca son los lunares
como nenúfares en un jardín de
narcisos.
Cuántas veces aquel por cuyo amor me muero de triste
me dijo con palabras cortantes y
despectivas,
cuando mis peticiones se hacían
más apremiantes,
insistiendo unas veces y otras
adulándolo:
“¿No basta mi desvío para aplacar tu sed
y ahuyentar el deseo que te anda por el pecho?”
Yo le contestaba: “Si así fuese, no habría
entre los hombres dos vecinos
enemigos.
Los ejércitos se miran uno a otro antes de reñir
y luego la muerte abre entre ellos caminos de ruina.
ANGEL O PERSONA
¿Perteneces al mundo de los ángeles o al de los hombres?
Dímelo, porque la confusión se burla de mi entendimiento.
Veo una figura humana, pero, si uso de mi razón,
hallo que es tu cuerpo un cuerpo
celeste.
¡Bendito sea el que contrapesó el modo de ser de sus
criaturas
e hizo que, por naturaleza, fueses maravillosa luz!
No puedo dudar que eres puro espíritu atraído a nosotros
por una semejanza que enlaza a
las almas.
No hay más prueba que atestigüe tu encarnación corporal
ni otro argumento que el de que eres
visible.
Si nuestros ojos no contemplaran tu ser, diríamos
que eras la Sublime Razón
Verdadera.
HERIDO DE AMOR
¿Hay quién pague el precio de sangre del asesinado por el amor?
¿Hay quién rescate al cautivo del amor?
¿O podrá acaso el destino hacerme retroceder hacia mi
amada
como en aquel día que pasamos
junto al río?
Lo pasé nadando y estaba sediento:
¡Qué maravilla uno que nada y tiene sed!
El amor, dueño mío, me dejó tan extenuado
que no pueden verme los ojos de
los que me visitan
¿Cómo se las arregló el amor para llegar
a quién es invisible para todos?
El médico se ha aburrido de intentar curarme
Y hasta mis émulos sienten piedad de mi dolencia.
AMOR ABIERTAMENTE DECLARADO
Los que no saben qué es amor me censuran porque te amo,
pero, a mi juicio, tanto me da
el que te injuria como el que se calla.
Me dicen: “Has dejado a un lado todo disimulo,
aunque te mostrabas a las gentes
celoso observante de la ley religiosa”.
Yo les digo: “Ocultar mi amor sería hipocresía pura
y uno como yo detesta los hipócritas.
¿Cuándo vedó Mahoma el amor?
¿Consta acaso su ilicitud en el claro texto revelado?
Mientras no cometa cosas prohibidas, por las cuales tema
llegar el día de la resurrección
con la cara perpleja,
no hago caso, en materia de amor, de lo que
digan los censores,
y, por vida mía, me es igual que hablen a gritos o en
voz baja.
¿Es acaso responsable el hombre de algo que no haya elegido
libremente?
¿Por ventura el que se calla será reprendido por las palabras que no
profirió?