Ibn HAZM

 

¡ En el nombre de Dios, el Compasivo, el Misericordioso!

 

Dice Abu Muhammad (Dios le perdone):

El mejor comienzo es tributar a Dios Honrado y Poderoso la alabanza que se le debe e impetrar la bendición divina para Mahoma su siervo y apóstol, en particular, y para todos sus profetas, en general.

Después digo:

¡Que Dios nos resguarde a ti y a mi de la incertidumbre sobre el buen camino; que no nos imponga un peso mayor que nuestras fuerzas; que nos destine con su excelente ayuda una guía segura que nos encamine a obedecerle; que, con su apoyo nos otorgue un freno que nos aparte de rebelarnos contra Él; que no nos abandone a la flaqueza de nuestros intentos, al desfallecimiento de nuestras fuerzas, a la fragilidad de nuestra naturaleza, a la disputa de nuestros pareceres, a la mala elección de nuestro albedrío, a la exigüidad de nuestro discernimiento y la depravación de nuestras pasiones!

 

Te consagro un amor puro y sin mácula:

en mis entrañas está visiblemente grabado y escrito tu cariño.

Si en mi espíritu hubiese otra cosa que tú,

la arrancaría y desgarraría con mis propias manos.

No quiero de ti otra cosa que amor;

fuera de él no pido nada.

Si lo consigo, la Tierra entera y la Humanidad

Serán para mi como motas de polvo y los habitantes del país, insectos

 

                                       Inicio de “El Collar de la Paloma

 

 

Su nombre completo fue Abu Muhammad Ali Ibn Hazm. Nace en Córdoba, en el año 994, en el seno de una familia aristocrática, de claro origen andaluz, lo que normalmente se suele llamar “muladí”, por su práctica de la religión musulmana sin pertenecer a la raza árabe. Su infancia, hasta los quince años, transcurre en la corte cordobesa, por ser su padre un alto funcionario al servicio del gran Almanzor, visir topododeroso durante el califato de al Hakem II y sobre todo de su sucesor Hixam II, del que fue valido durante la infancia y gran parte del mandato de éste. Muerto este en el año 1002, la familia continúa al servicio de la casa Amirí, con los respectivos sucesores de aquel, sus hijos al Muzzafar, de brillante pero efímera carrera y Abd al RahmanSanyul” (Sanchuelo), descendiente por línea materna del rey Sancho Garcés II de Navarra.

 

Son años de gran agitación política, con la muerte de hecho del califato, tras la destitución del califa Hixam II por su primo Muhammad al Mahdi y la sucesión de distintas revueltas y golpes militares de sucesión política poco clara, lo que se ha dado en llamar la segunda fitna. Su familia, de clara filiación amirí, cae en descrédito y abandona las instalaciones cortesanas volviendo a su casa en la ciudad de Córdoba. La vida de Ibn Hazm se vuelve inestable y difícil. Muere su padre en el año 1012, cuando apenas contaba Alí con 18 años. Perseguido y confiscados sus bienes, huye hasta encontrar refugio en Almería, al amparo del emir Jayran, quien les mantuvo en su corte hasta que las aspiraciones de la restauración omeya profesadas por Ibn Hazm le hicieran incómodo en aquel entorno, debiendo poner tierra de por medio cuando Jayran apoyara al gobierno bereber instalado en la capital del califato.

 

Esta nueva hégira le lleva al levante, posiblemente conociera entonces Játiva, donde se instalará largo tiempo y la que es asiento de gran parte de su producción literaria. Participa en la expedición desde Játiva que emprende el allí proclamado califa omeya Murtada, apoyado por Jayran de Almería y Mundir de Zaragoza, de cuya traición es consecuencia la derrota de su ejército en las inmediaciones de Granada, siendo cautivo Alí ibn Hazm. Tras este período, vuelve nuevamente a Játiva, hacia el año 1019. Es en esta ciudad donde se considera que escribió su obra más célebre, “El collar de la Paloma”, considerado como el más bello libro escrito sobre el amor, en lengua árabe.

 

Vuelve la restauración omeya a Córdoba en el año 1023, de manos de Abd al Rahman al Mustazhir, elegido popularmente en la mezquita aljama de la ciudad el 16 de ramadaán de 414 (2 de diciembre de 1023). Ibn Hazm regresa a Córdoba, donde es nombrado visir junto con su amigo Ibn Suhayd y su primo Abd al Wahhab ibn Hazm. Este gobierno, emula o supera en brevedad a los anteriores y termina en apenas un mes, en el año 1024, dado nuevamente con Ibn Hazm en la cárcel.

 

Al salir de prisión, renuncia definitivamente a la militancia política activa y se centra en la producción literaria y su carrera filosófico-teológica. “Pero lo único a que no pudo renunciar porque lo llevaba en la sangre, es al espíritu de inconformismo, de originalidad y de audacia revolucionaria que siempre presidió su vida. Su pensamiento no pudo anclar en el malikismo angosto y rutinario que, aliado tantas veces con el poder público y con las prebendas oficiales, reinaba como señor absoluto en las escuelas de Córdoba, y tras revolotear por la escuela jurídica safi’i, más conciliadora y equilibrada, acabo aferrándose al zahirismo literalista. Discípulo del maestro zahirí Abu-l-Jiyar de Santarem, explicaba con él cursos de dicha doctrina en la mezquita mayor de Córdoba. Los malikíes y el vulgo les denunciaron como corruptores del pueblo fiel y peligrosos para la fe. Se les prohibió la enseñanza, y todavía se consagra con más fervor a la ciencia. Desde entonces empezamos a saber mucho menos de él, porque ya la historia de su vida se ha trasformado en la historia de sus libros.” (GARCIA GÓMEZ, 1950).

 

El califato se da por terminado en el 1031, iniciándose el primer período de Taifas de Al Andalus. “Convertido en un agrio intelectual, recorría los reinos de taifas, enzarzándose en coléricas disputas. Ninguno de los reyes de taifas quería en su territorio huésped tan incómodo, no solo por sus ideas religiosas, sino también por las políticas. Aferrado al legitimismo omeya, no quiso plegarse al complicado juego de la política de su época ni abrazó la causa de ninguno de los partidos opuestos.” (GARCIA GÓMEZ 1950).

 

A pesar de esta azarosa vida, en la que da sensación de no caber el sosiego y el asiento, su obra literaria se cifra en unos 400 volúmenes, con un total aproximado de 80.000 folios manuscritos. “Entre ellas figuran algunas de primerísima importancia en la ciencia musulmana de todos los tiempos, y alguna de tal aliento y ambición que sólo en la Europa del s. XIX ha podido encontrar paralelo.” (GARCIA GÓMEZ, 1950). Destacan entre estas “el Fisal, Historia Crítica de las ideas religiosas”, “La Chambara”, completísimo repertorio de genealogía árabe del occidente musulmán, “el Naqt”, “Risala apologética de Al Andalus y sus sabios”.

 

“La fortaleza consiste en sacrificar la propia vida en defensa de la religión o de la familia, o del prójimo oprimido, o del débil que busca apoyo contra la injusticia de que es víctima o de la propia fortuna  del honor propio menoscabados inicuamente, o de cualquier otro derecho; y esto sean pocos los adversarios o sean muchos”.

 

 

Terminó sus dias en Montíjar en el año 1064, lugar de la actual provincia de Huelva, donde vivió su familia antes de marchar a Córdoba en tiempos de su abuelo Sa’id. Se suelen distinguir dos épocas en la vida literaria de Ibn Hazm. Una hasta los treinta años, la otra hasta su muerte. En la primera se ocupó preferentemente de la política y la literatura, en la segunda, abandonó totalmente la política consagrándose casi exclusivamente a la teología y al derecho. A decir de García Gómez, esta ambivalencia, la coexistencia en su obra y personalidad de exquisitez y aspereza, de nobleza y plebeyez le emparejan con los grandes personajes filosóficos y literarios del siglo de oro español. La fama de su nombre, que hubiese debido estar a la altura de Averroes, Ibn ‘Arabi, Al Gazzal o Maimónides, ha estado empañada hasta hace relativamente poco tiempo, coincidiendo con los albores de la tipografía árabe y el esplendor del orientalismo.

 

El manuscrito de El Collar de la Paloma, su obra más difundida, fue descubierto por el holandés Reinhardt Dozy, a finales del s. XIX, a quien se debe su primera traducción. A partir de entonces resurge la figura y obra de Ibn Hazm en suelo patrio, con la labor de los arabistas españoles como Julián de Ribera y sobre todo Miguel Asín Palacios, a quienes debemos la recuperación de su figura y su herencia cientifico-literaria.

 

Al Andalus, 24 safar 1424

Harún abu yabal

 

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            Discurso sobre la esencia del amor.

“El amor, Dios te honre, empieza de burlas y acaba en veras, y son sus sentidos tan sutiles, en razón de su sublimidad, que no pueden ser declarados, ni puede entenderse su esencia tras un largo empeño.

No está reprobado por la fe ni vedado en la santa Ley, por cuanto los corazones se hallan en manos de Dios Honrado y Poderoso, y buena prueba de ello es que, entre los amantes, se cuentan no pocos bien guiados califas y rectos imanes.

En nuestra tierra de al-Andalus tenemos, entre ellos, a Abd al Rahman ibn Mu’awiya, enamorado de Da’acha’; a al-Hakam ibn Hixam; a Abd al-Rahman ibn al-Hakam, cuya pasión por Tarub, madre de su hijo ‘Abd Allah, es más clara que el sol, a Muhammada ibn ‘Abd al Rahman, cuyas relaciones con Gizlan (madre de sus hijos Utzman, al-Qasim y al-Mutarrif) son harto conocidas; y a al-Hakam al Mustansir, cegado por el amor de Subh (madre de Hixam al-Mu’ayyad bi-llah, ¡Dios esté satisfecho de él y de todos ellos!) hasta el punto de que no paraba atención en los hijos que tenía de otras mujeres, sin contar tantos otros casos parecidos. De no ser porque los musulmanes venimos obligados a respetar los derechos de los príncipes y no debemos dar otras noticias suyas que aquellas en que se habla de su firmeza y de sus trabajos en pro de la religión, y aquí se trata solo de cosas que acaecen en el recato de sus alcázares y en el seno de sus familias, de las que no conviene referir nada, citaría no pocas historias, en que ellos figuran, atinentes a nuestro tema.

Los personajes principales y pilares de sus reinos, que andan entre los amantes, tantos son, que no podrían contarse.

El caso más reciente es el que no hace mucho vimos, cuando al-Muzaffar, ‘Abd al Malik, ibn Abi Amir, se encaprichó de tal suerte con Wachid, la hija de un jardinero, que llegó a tomarla en matrimonio, y esta mujer fue la que, luego de la ruina de los ‘Amiríes, casón con el visir ‘Abd Allah ibn Maslama y, más tarde, cuando este fue asesinado, con un caudillo bereber.

Cosa parecida es la que me contó Abu-l-Ays ibn Maymun al-Qurasi al-Husayni, y es que Nizar ibn Ma’add, señor de Egipto, por complacer a una esclava a la que localmente amaba, no vio a su hijo al-Mansur ibn Nizar, el que había de heredar el trono y arrogarse la divinidad, sino bastante después de su nacimiento, y eso que no tenía otro hijo varón, ni quién heredara el reino, ni perpetuara su memoria, más que él.

Entre los hombres piadosos y alfaquíes de otros tiempos y de pasadas épocas hubo asimismo muchos amantes; pero los propios versos que compusieron nos relevan de citar sus historias. Así, por ejemplo, han llegado a nosotros noticias bastantes sobre la vida y las poesías de Ubayd Allah ibn Abd Allah ibn Utba ibn Mas’ud, uno de los siete alfaquíes de Medina. Tenemos también una respuesta jurídica de Ibn Abbas ¡Dios esté satisfecho de él!, que nos llena las medidas y que dice así: “Este es un muerto de amor y, por consiguiente, no hay precio de sangre ni talión”.

Difieren entre sí las gentes sobre la naturaleza del amor y hablan y no acaban sobre ella. Mi parecer es que consiste en la unión entre partes de almas que, en este mundo creado, andan divididas, en relación a como primero eran en su elevada esencia; perno no en el sentido en que lo afirma Muhammad ibn Dawud (Dios se apiade de él) cuando, respaldándose en la opinión de cierto filósofo, dice que “son las almas esferas partidas”, sino en el sentido de la mutua relación que sus potencias tuvieron en la morada de su altísimo mundo y de la vecindad que ahora tienen en la forma de su actual composición.

Sabemos todos que el secreto de la atracción o del desvío entre las cosas creadas está en la afinidad o repulsión que hay entre ellas, porque cada cosa busca siempre a su semejante, lo afín sólo en su afín sosiega, y esta comunidad de especie ejerce una acción que los sentidos perciben y una influencia que salta a la vista. La mutua antipatía entre los contrarios, la mutua simpatía entre los iguales, el ímpetu que enlaza a las cosas parejas entre sí, son cosas que hallamos bien patentes en nuestro mundo.

Pues, siendo esto así, ¿qué no ocurrirá con el alma cuyo mundo es purísimo y etéreo, cuya equilibrada esencia tiende a lo alto, y cuya sustancia está presta a percibir la afinidad y la inclinación, el deseo y la aversión, el apetito y la repulsión?. Bien sabido es, en efecto, que así pasa todo eso a nuestros ojos en todos aquellos estados en que el hombre se desenvuelve y vive.

Dios Honrado y Poderosos dice: “El es quién os creó de una sola alma, de la cual creó también a su compañera para que conviviera con el”. Por consiguiente, dispuso que la razón de su convivencia fuera el que Eva procedía de la misma alma que Adán.

Si la causa del amor fuese no más que la belleza de la figura corporal, fuerza sería conceder que el que tuviera cualquier tacha en su figura no sería amado, y, por el contrario, a menudo vemos que hay quien prefiere alguien de inferior belleza con respecto a otros cuya superioridad reconoce, y que, sin embargo, no puede apartar de él su corazón. Y si dicha causa consistiese en la conformidad de los caracteres, no amaría el hombre a quién no le es propicio ni con él se concierta. Reconocemos, por tanto, que el amor es algo que radica en la misma esencia del alma.

El amor, no obstante, tiene a menudo una causa determinada y desaparece cuando esta causa se extingue, pues quien te ama por algo te desama si ese algo se acaba. Acerca de esto yo he dicho:

 

Mi amor por ti, que es eterno por su propia esencia,

ha llegado a su apogeo, y no puede ni menguar ni crecer.

No tiene más causa ni motivo que la voluntad de amar.

¡Dios me libre de que nadie le conozca otro!

Cuando vemos que una cosa tiene su causa en sí misma,

goza de una existencia que no se extingue jamás;

pero si la tiene en algo distinto,

cesará cuando cese la causa de que depende.

 

Corrobora esta opinión el hecho de que sabemos que existen diferentes suertes de amor. Es el mejor el de los que se aman en Dios Honrado y Poderoso, bien por el esfuerzo que ambos ponen en un obra común, bien por coincidir en los principios de una secta o escuela, bien por compartir la excelencia de un saber que puede ser otorgado al hombre. Pero hay, además, el amor de los parientes; el de la afectuosa costumbre; el de los que se asocian para lograr fines comunes; el que engendran la amistad y el conocimiento; el que se debe a un acto virtuoso que un hombre hace con su prójimo; el que se basa en la codicia de la gloria del ser amado; el de los que se aman porque coinciden en la necesidad de guardar encubierto un secreto; el que se encamina a la obtención del placer y a la consecución de l deseo; y, por fin, el amor irresistible que no depende de otra causa que de la antes dicha de la afinidad de las almas.

Todos estos géneros de amor cesan, acrecen o menguan, según sus respectivas causas desaparecen, aumentan o decaen; se reaniman se acerca su causa, y languidecen si su motivo se distancia; pero se exceptúa el verdadero amor, basado en la atracción irresistible, el cual se adueña del alma y no puede desaparecer sino con la muerte.

Tú hallarás personas que ellos mismos creen haber olvidado ya su amor y que han llegado a edad muy avanzada; pero, si se lo recuerdas, verás que lo sienten revivir en su memoria, y se lozanean y remozan, y que notan que les vuelve la emoción y les excita el deseo. También hallarás que en ninguna de las demás clases de amor antes declaradas acaecen la preocupación, la turbación, la obsesión, la mudanza de los instintos innatos y el cambio del espontáneo modo de ser, la extenuación, los suspiros y las demás pruebas de pesar que acompañan al amor irresistible. Todo esto confirma la idea de que este auténtico amor es una elección espiritual y una como fusión de las almas.

Alguien podrá replicar que, siendo esto así, el amor debería ser el mismo en el amante que en el amado, supuesto que entrambos son partes que antes estuvieron unidas y es una suerte. La respuesta es la siguiente: Esta objeción, por vida mía, es razonable. Ahora bien, el alma de quien no corresponde al amor que otra le tiene, está rodeada por todas partes de algunos accidentes que la encubren y de velos de naturaleza terrenal que la ciñen, y por ello no percibe la otra parte que estuvo unida con ella, antes de venir a parar donde ahora está; pero, si se viera libre, ambas se igualarían en la unión y en el amor. En cambio, el alma del amante está libre, y como sabe el lugar en que se encuentra la otra alma con quien estuvo unida y vecina, la busca, tiende a ella, la persigue, anhela encontrarse con ella y la atrae a sí, cuanto puede, como el hierro a la piedra imán. La fuerza de la esencia del imán, aunque enlazada con la fuerza de la esencia del hierro, no puede, por su propio impulso y  por su impureza, encaminarse hacia el hierro, aunque sea afín suyo y de su mismo elemento, sino que es la fuerza del hierro, por su mayor potencia, la que se encamina hacia su afín y se siente atraída hacia él, ya que el movimiento parte siempre del más fuerte. La fuerza del hierro, abandonada a sí misma y no estorbada de ningún impedimento, busca la unión con su semejante, se dedica por entero a él, y corre hacia él a impulsos de su propia naturaleza y como por necesidad, no por un movimiento voluntario y deliberado. Ahora bien: si tú retienes al hierro en tu mano, no siente ya la atracción de la piedra imán, porque su fuerza no puede vencer la del que lo retiene, que es mayor que ella. Del mismo modo, si las partículas del hierro son muchas, obran unas sobre otras y esta acción recíproca anula la fuerza, relativamente más débil, que las obliga a desplazarse hacia el otro cuerpo; pero, cuando aumenta el volumen del imán y sus fuerzas equivalen a la de todas las fuerzas del volumen del hierro, éste retorna a su condición habitual.

Del mismo modo, el fuego encerrado en el pedernal no sale afuera, a pesar de la fuerza que le impulsa a reunirse y a llamar para ello a todas sus partes dondequiera que estén, sino después del golpe del eslabón, cuando ambos cuerpos se han unido con presión y fricción. Mientras tanto, el fuego está oculto en la piedra sin manifestarse ni aparecer.

Otro argumento de lo mismo es que tú no hallarás dos personas que se amen que no tengan entre sí alguna semejanza o coincidencia de cualidades naturales. Es forzoso que la haya, por poca que sea, y claro es que, conforme mayores sena estas analogías, mas grande será la afinidad y más firme el amor. Fíjate en esto y podrás verlo con tus ojos. Lo corrobora el dicho del Profeta de Dios: (¡Dios lo bendiga y salve!): “Las almas son como ejércitos puestos en filas, donde los que se reconocen se hacen amigos y los que se desconocen se separan.” Lo confirman asimismo estas palabras de un tradicionista referentes a un hombre piadoso: “Las almas de los creyentes se reconocen unas a otras”. Y por esta misma razón no se entristeció Hipócrates cuando le dijeron que un hombre vulgar lo amaba. “No me amaría, dijo, si no me asemejara a él en alguna de sus cualidades”.

Refiere Platón que un cierto rey lo encarceló sin motivo, y que él alegó en su propio favor tantas pruebas, que puso en claro su inocencia y el rey comprendió que había sido injusto. Entonces el visir, que se había encargado de hacer llegar los descargos de Platón al rey, dijo a éste: “Ya estás convencido, oh! rey, de que es inocente. ¿Qué tienes ahora contra él?.””Por vida mía, respondió el rey, que de nada puedo acusarle; pero, sin saber por qué, lo encuentro cargante.” Estas palabras le fueron llevadas a Platón, que prosigue así: “Por tanto tuve necesidad de buscar en mí y en mi carácter alguna cualidad que correspondiera a otra que hubiera en el ánimo y en el carácter reales, y en que uno y otro nos pareciéramos. Observando el carácter del rey, vi que amaba la equidad y aborrecía la injusticia. Entonces puse de relieve esta cualidad dentro de mi, y apenas nació esta afinidad y correspondí a su alma con esta prende que había asimismo dentro de la mía, dio orden de que me dejaran libre y dijo a su visir que ya se habían desvanecido en su interior los sentimientos que en contra mía abrigaba.”

Tocante al hecho de que nazca el amor, en la mayoría de los casos, por la forma bella, es evidente que, siendo el alma bella, suspira por todo lo hermoso y siente inclinación por las perfectas imágenes. En cuanto ve una de ellas, allí se queda fija. Si luego distingue tras esa imagen alguna cosa que le sea afín, se une con ella y nace el verdadero amor; pero si no distingue tras esa imagen a nada afín a sí, su afección no pasa de la forma y se queda en apetito carnal. En todo caso, las formas son un maravilloso medio de unión entre las partes separadas de las almas.

En el libro primero de la Torá, he leído que, por los días en que el profeta Jacob (¡sobre él sea la bendición!) apacentaba el ganado de su tío materno Labán, para ganar la dote que había de darle por su hija, convinieron entre ambos, para repartirse las crías del rebaño, que todas las ovejas oscuras serían de Jacob y las manchadas de Labán. Entonces Jacob (¡sobre él sea la bendición!) cortó varas de árbol y, descortezando la mitad y dejando la otra mitad en su ser, las arrojó luego todas en el agua donde abrevaba el rebaño, con lo cual, luego que envió a beber a las ovejas preñadas, todas parieron crías cuyo número se dividía en dos mitades iguales, una oscura y la otra manchada.

Se cuenta asimismo de un fisiognomista experto que le trajeron un niño negro nacido de dos padres blancos. Después de haber examinado todos sus rasgos, comprobó que era de ambos, sin duda alguna, y entonces pidió que le llevaran al sitio en que había cohabitado los padres. Al entrar en la habitación en que estaba el lecho, vio la imagen de un negro en la parte del muro donde recaía la mirada de la mujer. “Por culpa de esta imagen, dijo al padre, has tenido este hijo”.

Ha sido esta idea muy traída y llevada por los poetas afiliados a la escolástica en muchos poemas en que se dirigen a lo exterior visible como si fuese lo interior inteligible. La hallamos repetidísima en las composiciones de al-Nazzam Ibrahim ibn Sayyar y de otros escolásticos, y yo mismo he dicho en verso sobre el asunto:

 

No hay otra causa, ¿lo sabes?, de la victoria sobre los enemigos,

ni otro motivo de que huyamos, si nos hacen huir,

que la tendencia de las almas de los hombres todos

hacia ti, ¡oh perla escondida entre las gentes!

Aquellos que te siguen no se perderán jamás,

pues avanzan todos, como viajeros nocturnos, hacia tu excelsa luz,

y aquellos que te preceden sienten que sus almas les hacen torcer el rumbo

hacia ti dócilmente , y todos vuelven sobre sus pasos.

 

También he dicho sobre lo mismo:

 

¿Perteneces al mundo de los ángeles o al de los hombres?

Dímelo, porque la confusión se burla de mi entendimiento.

Veo una figura humana; pero, si uso de mi razón,

hallo que es tu cuerpo un cuerpo celeste.

¡Bendito sea el que contrapesó el modo de ser de sus criaturas

e hizo que, por naturaleza, fuese maravillosa luz!

No puedo dudar que eres un puro espíritu atraído a nosotros

por una semejanza que enlaza a las almas.

No hay más prueba que atestigüe tu encarnación corporal,

ni otro argumento que ed de que eres visible.

Si nuestros ojos no contemplara tu ser, diríamos

que eras la Sublime Razón Verdadera.

 

Un amigo mío llamaba “la percepción fantástica” a una qasida mía, de la que son estos versos:

 

En él verás subsistentes todos los opuestos.

Y así  ¿cómo podrás definir los conceptos contradictorios?

¡Oh cuerpo desprovisto de dimensiones!

¡Oh accidente perdurable y que no cesa!

Derribaste para nosotros los fundamentos de la teología,

Que, desde que apareciste, ha dejado de ser clara.

 

Y lo mismo cabalmente que con el amor sucede con el odio, pues verás que dos personas se aborrecen sin razón y sin causa, y no se pueden soportar una a otra sin motivo alguno.

En suma, Dios te honre, es el amor una dolencia rebelde, cuya medicina está en sí misma, si sabemos tratarla; pero es una dolencia deliciosa y un mal apetecible, al extremo de que quien se ve libre de él reniega de su salud y el que lo padece no quiere sanar. Torna bello a ojos del hombre aquello que antes aborrecía, y le allana lo que antes le parecía difícil, hasta el punto de trastornar el carácter innato y la naturaleza congénita, como, si Dios quiere, quedará brevemente declarado en sus capítulos respectivos.

Yo conocía un mancebo entre mis relaciones que se metió en los malos pasos del amor y cayó en sus redes, a quién martirizaba la pasión y derretía el sufrimiento; pero que, a pesar de ello, no quería suplicar a Dios Honrado y Poderoso que le librase de aquella malaventura, ni despegaba su lengua para orar, porque su único pío, no obstante el grande tormento y el desmesurado pesar, era unirse con el ser que amaba y poseerlo. ¿Qué te parece de uno que, estando enfermo, no quiere verse libre de su dolencia? Un dia, en que le hacía compañía, viéndolo tan cabizbajo, triste y taciturno, me dio pena, y le deseé, entre otras cosas: “¡Dios te consuele! “, pero observé al punto en su rostro muestras de aborrecimiento por lo que le dije.

Sobre un caso parecido escribí en un largo poema:

 

¡Oh esperanza mía! Me deleito en el tormento que por ti sufro.

Mientras viva, no me apartaré de ti.

Si alguien me dice: “Ya te olvidarás de su amor”,

No le contesto más que con la ene y la o.

 

Estas cualidades del amante son, sin embargo, opuestas a las que de sí propio me refirió Abu Muhammad Qasin ibn Muhammad al Qurasi, conocido por al Xabinisi, uno de los descendientes del imam Hixam ibn Abd al Rahman ibn Mu’awiya, el cual, según me dijo, nunca había amado a nadie, ni se había apesadumbrado porque un amigo íntimo se alejara de él, ni desde que nació, había rebasado los límites del compañerismo y de la amistad para entrar por las fronteras del amor y de la pasión.

                                                 El Collar de la Paloma

 

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                        Sobre las Señales del Amor

Tiene el amor señales que persigue el hombre avisado y que puede llegar a descubrir un observador inteligente.

Es la primera de todas la insistencia de la mirada, porque es el ojo puerta abierta del alma, que deja ver sus interioridades, revela su intimidad y delata sus secretos. Así, verás que cuando mira el amante, no pestañea y que muda su mirada adonde el amado se muda, re retira adonde él se retira, y se inclina adonde él se inclina, como hace el camaleón con el sol. Sobre esto he dicho en un poema:

 

Mis ojos no se paran sino donde estás tu.

Debes tener las propiedades que dicen del imán.

Los llevo adonde tú vas y conforme te mueves,

como en gramática el atributo sigue al nombre.

 

Otras señales son: que no pueda el amante dirigir la palabra a otra persona que no sea su amado, aunque se lo proponga, pues entonces la violencia quedará patente para quien lo observe; que calle embebecido, cuando hable el amado; que encuentre bien cuanto diga, aunque sea un puro absurdo y una cosa insólita; que le dé la razón, aún cuando mienta; que se muestre siempre de acuerdo con él, aun cuando yerre; que atestigüe en su favor, aun cuando obre con injusticia, y que le siga en la plática por dondequiera que la lleve y sea cualquiera el giro que le de.

Otras señales del amor son: que el amante vuele presuroso hacia el sitio en que está el amado; que busque pretextos para sentarse a su lado y acercarse a él; y que abandone los trabajos que le obligarían a estar lejos de él, dé al traste con los asuntos graves que le forzarían a separase de él, y se haga el remolón en partir de su lado. Acerca de este asunto he compuesto estos versos:

 

Cuando me voy de tu lado, mis pasos

son como los del prisionero a quien llevan al suplicio.

Al ir a ti, corro como la luna llena

cuando atraviesa los confines del cielo.

Pero al partir de ti, lo hago con la morosidad

con que se mueven las altas estrellas fijas.

 

Otra señal es la sorpresa y ansiedad que se pintan en el rostro del amante cuando impensadamente ve a quien ama o éste aparece de súbito, así como el azoramiento que se apodera de él cuando ve a alguien que se parece a su amado, o cuando oye nombrar a éste de repente. Sobre esto he dicho en un poema:

 

Cuando mis ojos ve a alguien vestido de rojo,

mi corazón se rompe y desgarra de pena.

¡ Es que ella con su mirada hiere y desangra a los hombres

y pienso que el vestido está empapado y empurpurado con esa sangre!

 

Otra de las señales es que el amante dé con liberalidad cuanto pueda de aquella que antes disfrutaba por sí mismo, y ello como si fuese él quien recibiera el regalo y como si en hacerlo le fuera su propia felicidad, cuando solo le mueve el deseo de lucir sus atractivos y hacerse amable. Por el amor, los tacaños se hacen desprendidos; los huraños desfruncen el ceño; los cobardes se envalentonan; los ásperos se vuelven sensibles; los ignorantes se pulen; los desaliñados se atildan; los sucios se limpian; los viejos se las dan de jóvenes; los ascetas rompen sus votos, y los castos se tornan disolutos.

Claro es que estas señales aparecen antes que prenda el fuego del amor y el calor abrase y el tizón arda y se levante la llama, porque, una vez que el amor se enseñorea y hace pie, no ves más que coloquios secretos y un paladino alejamiento de todo lo que no sea el amado.

Unos versos tengo compuestos en que se declaran reunidas muchas de estas señales, y de ellos son los siguientes:

 

Cuando se trata de ella, me agrada la plática,

Y exhala para mi un exquisito olor de ámbar.

Si habla ella, no atiendo a los que están a mi lado

Y escucho sólo sus palabras placientes y graciosas.

Aunque estuviera con el Príncipe de los Creyentes,

No me desviaría de mi amada en atención a él.

Si me veo forzado a irme de su lado,

No paro de mirar atrás y camino como una bestia herida;

Pero, aunque mi cuerpo se distancie, mis ojos quedan fijos en ella,

Como los del náufrago que, desde las olas, contemplan la orilla.

Si pienso que estoy lejos de ella, siento que me ahogo

Como el que bosteza entre la polvareda y la solana.

Si tú me dices que es posible subir al cielo,

Digo que sí y que sé dónde está la escalera.

 

Otras señales e indicios de amor, patentes para el que tenga ojos en la cara, son: la animación excesiva y desmesurada; el estar muy juntos donde hay mucho espacio; el forcejear por cualquier cosa que haya cogido uno de los dos; el hacerse frecuentes guiños furtivos; la tendencia a apretarse el uno contra el otro; el cogerse intencionadamente la mano mientras hablan; el acariciarse los miembros visibles, donde sea hacedero, y el beber lo que quedó en el vaso del amado, escogiendo el lugar mismo donde posó sus labios.

Hay, sin embargo, señales contrarias a las declaradas, que obedecen al imperio de las circunstancias, a los accidentes que andan en juego, a las causas del momento o a la excitación de los ánimos. Los extremos se tocan muchas veces. Las cosas, exageradas hasta el colmo, producen efectos contrarios, y, llevadas al extremo límite de su discrepancia, acaban por parecerse, por un decreto de Dios Honrado y Poderosos que no podemos comprender. Así, la nieve, si se la aprieta mucho tiempo con la mano, quema como su contrario el fuego; la alegría excesiva mata, lo mismo que la pena desmesurada, y la risa muy continuada y violenta hace saltar las lágrimas. Todo esto acaece muy a menudo.

Pues del mismo modo hallamos que, cuando dos amantes se corresponden y se quieren con verdadero amor, se enfadan con frecuencia sin venir a qué,; se llevan la contraria, aposta, en cuanto dicen; se atacan mutuamente por la cosa más pequeña, y cada cual está al acecho de lo que va a decir el otro para darle un sentido que no tiene; todo lo cual es prueba que evidencia lo pendientes que están el uno del otro.

La distinción entre estos enfados y la verdadera ruptura o enemistad, nacida del odio y de la animosidad enconada de la querella, es la prontitud con que se reconcilian. A veces tú creerás que entre dos amantes hay tan hondas diferencias, que no podrían arreglarse más que pasado mucho tiempo, si se trataba de una persona de alma serena y libre de rencor, o nunca, tratándose de persona vengativa. Sin embargo, no tardarás mucho en ver que han vuelto a la más amigable compañía, que los reproches se han desvanecido, que la rencilla se ha borrado y que en el mismo instante vuelven a reírse y a chacear juntos. Todo esto puede ocurrir varias veces, en un solo rato. Pues bien: cuando veas que dos personas proceden de este modo, no dejes lugar a la duda, ni permitas, en absoluto, que te asalte la incertidumbre, ni vaciles en pensar que entre ellas hay un oculto secreto de amor. Puedes afirmarlo en redondo, en la seguridad de que nadie podrá desmentirte. No te hace falta prueba más clara ni experiencia más fidedigna. Tal cosa no sucede más que cuando existe un amor correspondido y una afección sincera. Yo he visto mucho de eso.

Otra señal de amor es que tú has de ver cómo el amante está siempre anhelando oír el nombre del amado y se deleita en toda conversación que de él trate. Este tema es su muletilla constante y nada le divierte como él, sin que le retraiga de hacerlo el temor de que las gentes adivinen su secreto y los circunstantes comprendan su inclinación. ¡El amor te vuelve ciego y sordo! Si el amante pudiera conseguir que en el sitio en que se halla no hubiera otra plática que la referente a quien él ama, jamás se movería de allí.

Acaece asimismo al verdadero amante que, a veces, se pone a comer con apetito, cuando de repente el recuerdo del ser amado le excita de tal modo que la comida se le atraganta en la garganta y le obtura el tragadero. Otro tanto le sucede con el agua. Relativo a la conversación, en ocasiones, la inicia muy animado, cuando, de improviso, le asalta un pensamiento cualquiera acerca del ser amado, y entonces se aprecia claro cómo se le traba la lengua y empieza a balbucear, y se observa claramente que se pone taciturno, cabizbajo y retraído. Hacía un momento su fisonomía era risueña y sus maneras desenvueltas; pero rápidamente se torna hosco e inerte; su alma está perpleja, sus movimientos son rígidos; se aburre de hablar y siente tedio cuando le preguntan.

Otras señales de amor son: la afición a la soledad; la preferencia por el retiro, y la extenuación del cuerpo, cuando no hay en él fiebre ni dolor que le impida ir de un lado para otro ni moverse. El modo de andar es un indicio que no miente y una prueba que no falla de la languidez latente en el alma.

El insomnio es otro de los accidentes de los amantes. Los poetas han sido profusos en describirlo; suelen decir que son los “apacentadores de estrellas”, y se lamentan de lo larga que es la noche. Acerca de este asunto yo he dicho, hablando de la guarda del secreto de amor y de cómo trasparece por ciertas señales:

 

Las nubes han tomado lecciones de mis ojos

y todo lo anegan en lluvia pertinaz,

que esta noche, por tu culpa, llora conmigo

y viene a distraerme en mi insomnio.

Si las tinieblas no hubieren de acabar

hasta que se cerraran mis párpados en el sueño,

no habría manera de llegar a ver el día,

y el desvelo aumentaría por instantes.

Los luceros, cuyo fulgor ocultan las nubes

a la mirada de los ojos humanos,

son como ese amor tuyo que encubro, delicia mía,

y que tampoco es visible más que en hipótesis.

 

Sobre el mismo asunto dije también en otro poema:

 

Pastor soy de estrellas, como si tuviera a mi cargo

apacentar todos los astros fijos y planetas.

Las estrellas en la noche son el símbolo

de los fuegos de amor encendidos en la tiniebla de mi mente.

Parece que soy el guarda de este jardín verde oscuro del firmamento,

cuyas altas yerbas están bordadas de narcisos.

Si Tolomeo viviera, reconocería que soy

el más docto de los hombres en espiar el curso de los astros.

 

Las cosas se enredan como las cerezas y unas traen otras a la memoria. En este poema he comparado dos cosas con otras dos en un mismo verso, el que empieza Las estrellas en la noche, etc…, cosa que tiene mérito en retórica. Pues aún he hecho algo más perfecto, y es comparar tres objetos con otros tres en un mismo verso, y cuatro objetos con otros cuatro en un mismo verso. Los dos casos se dan en el poema que cito a seguida:

 

Melancólico, afligido e insomne, el amante

no deja de querellarse, ebrio del vino de las imputaciones.

En un instante te hace ver maravillas,

pues tan pronto es enemigo como amigo, se acerca como se aleja.

Sus transportes, sus reproches, su desvío, su reconciliación

parecen conjunción y divergencia de astros, presagios estelares adversos y [favorables

Más de pronto, tuvo compasión de mi amor, tras el largo desabrimiento,

y vine a ser envidiado, tras de haber sido envidioso.

Nos deleitamos entre las blancas flores del jardín,

agradecidas y encantadas por el riego de la escarcha:

rocío , nube y huerto perfumado

parecían nuestras lágrimas, nuestros párpados y su mejilla rosada

 

Que no me censuren los críticos por haber empleado la palabra “conjunción”, ya que los astrónomos llaman así a la coincidencia de dos estrellas en un mismo grado.

Y todavía he conseguido algo más completo, que es comparar cinco cosas con otras cinco en un mismo verso, como puede verse en el siguiente poema:

 

Me quedé con ella a solas, sin más tercero que el vino,

mientras el ala de la tiniebla nocturna se abría suavemente.

Era una muchacha sin cuya vecindad perdería la vida.

¡Ay de ti! ¿Es que es pecado este anhelo de vivir?

Yo, ella, la copa, el vino blanco y la oscuridad

parecíamos tierra, lluvia, perla, oro y azabache.

 

Esta quíntuple metáfora no puede ser ya superada ni hay nadie capaz de incluir en un mismo verso más comparaciones, pues no lo consienten las leyes de la rima ni la morfología de los nombres.

También sufre el amante sinsabores en las dos situaciones siguientes:

La primera consiste en que el galán espere encontrar a su dama y se interponga de pronto un obstáculo que lo impida.

Yo conocía a uno a quien su amada había dado una cita y lo veía yendo y viniento; no podía estarse quedo ni pararse en ningún lugar; tan pronto iba para atrás como para adelante; la alegría aligeraba su natural serio y convertía su aplomo en vivacidad.

Sobre este tema de la espera de una visita amorosa, yo tengo los siguientes versos:

 

Hasta que llegó la noche estuve esperando verte,

oh deseo mío!, oh colmo de mi anhelo!;

pero las tinieblas me hicieron perder la esperanza,

cuando antes, aunque apareciera la noche, no desesperaba de que siguiera el día.

Tengo para ello una prueba que no puede mentir,

pues por muchas análogas nos guiamos en asuntos difíciles,

y es que, si te hubieras decidido a visitarme, no hubiera habido tinieblas,

y la luz, tu luz, hubiera permanecido sin cesar entre nosotros.

 

La segunda situación consiste en que nazca entre los amantes una sospecha, que no se sabe si es verdad o no más que por referencias de una tercera persona, pues entonces el desasosiego es tremendo hasta que el asunto se aclara, bien porque la desazón se trueque en franca tristeza y pena, ocasionada por el temor de la ruptura.

También asalta al amante una profunda dejadez si el amado le trata con desabrimiento; mas esto quedará explicado en su capítulo correspondiente, si Dios Altísimo quiere.

Accidentes del amor son asimismo la violenta ansiedad y el mudo estupor que se apoderan del amante, cuando ve que el amado le esquiva o huye de él, y que se revelan en ayes, abatimiento, gemidos y profundos suspiros. Sobre este asunto yo compuse un poema del que es este verso:

 

La bella paciencia está prisionera:

pero las lágrimas corren libremente.

 

Otra señal de amores que tu verás que el amante siente afecto por la familia del que ama, sus parientes allegados, hasta el punto de que los aprecia más que a su propia familia, que a sí mismo y que a todos los suyos.

El llanto es otra señal de amor; pero en esto no todas las personas son iguales. Hay quien tiene prontas las lágrimas y caudalosas las pupilas: sus ojos le responden y su llanto se le presenta en cuanto quiere. Hay; en cambio, quien tiene los ojos secos y faltos de lágrimas.

Yo soy uno de estos últimos, debido a que estuve mucho tiempo tomando incienso para curar unas palpitaciones de corazón que tuve de niño. A veces me cae encima una desgracia abrumadora; tengo el corazón destrozado y desgarrado; siento en él un nudo más amargo que la coloquítida, que me impide emitir palabra a derechas e incluso, a veces, parece que va a cortarme el aliento; pero mis ojos siguen insensibles, a no se en rarísimas ocasiones en que sueltan unas pocas lágrimas.

A este propósito recuerdo lo que pasó un día en que, parados en la playa de Málaga, decíamos adiós, mi compañero Abu Bakr Muhammada ibn Isahq y yo, a nuestro amigo Abu ‘Amir Muhammada ibn ‘Amir (¡Dios le haya perdonado!, que emprendía el viaje de Levante y a quien no habíamos de volver a ver. Al despedirse, Abu Bakr se puso a llorar y a declamar, aplicándolo al caso, este verso que pertenece a la elegía sobre la muerte de Yazid ibn ‘Umar ibn Hubayra (¡Dios le haya perdonado!):

 

¡Ah! El ojo que, en el dia de Wasit,

no derrama por ti cuantas lágrimas le quedan, es que es de piedra.

 

Yo sentía también grandísima aflicción y pesar, pero mis ojos no vinieron en mi ayuda y tuve qe limitarme a decir, emulando a Abu Bakr:

 

Y el hombre que, cuando tú le abandonas,

no pierde por ti su mejor resignación, es que es de hielo.

 

Pero, con arreglo a la opinión general de las gentes de que el llanto es prueba de amor, tengo también una qasida que compuse antes de llegar a la pubertad y que comienza así:

 

Indicio del pesar son el fuego que abrasa el corazón

y las lágrimas que se derraman y corren por las mejillas,

aunque el amante cele el secreto de su pecho,

las lágrimas de sus ojos lo publican y lo declaran.

Cuando los párpados dejan fluir sus fuentes,

es que en el corazón hay un doloroso tormento de amor.

 

También acaece el amor que uno de los amantes recele y sospeche de cualquier palabra que el otro diga, y la eche a mal parte, lo cual suele originar frecuentes rencillas entre los enamorados. Yo conozco un hombre que era el menos malicioso del mundo, el de más amplio espíritu, el de mayor paciencia, el más tolerante, el de manga más ancha, y, sin embargo, tenía una extrema susceptibilidad respecto a la persona a quien amaba. La más insignificante diferencia que con ella tenía levantaba en su espíritu mil especies de reproches y mil motivos de desconfianza. Sobre este asunto, he dicho en un poema:

 

Desconfío de ti hasta en lo más despreciable que hagas,

y a quien hay que despreciar es a quien desprecia estas cosas,

sin ver que pueden ser origen de ruptura o de odio:

el incendio en sus comienzos es una chispa.

Todo lo grande empieza por ser diminuto:

de un huesecillo de nada ves nacer el árbol.

 

También notarás que el amante, cuando no tiene demasiada seguridad en la constancia de los sentimientos del amado para con él, es mucho más circunspecto de lo que antes era, se refrena más en sus palabras y cuida más sus ademanes y sus miradas, sobre todo si tiene la desgracia de haber dado con una persona celosa y la fatalidad de haber caído con quien es aficionado a pelearse.

 

Otras señales de amor son: que el amante espíe al amado, tome nota de cuanto diga, investigue cuanto haga, sin que se le escape cosa alguna ni chica ni grande, y le siga en todos sus movimientos. Y, por vida mía, tú veras que en esto los necios se vuelven listos, y los incautos, agudos.

Una vez, en Almería, estaba yo de visita sentado en corro, en la tienda de Isma’il ib Yunus, el médico judío, que era ducho en el arte fisiognómica y muy perito en ella, cuando Muxahid ibn al-Husayn al-Qaysi le dijo, señalando a un hombre, llamado Hatim Abu-l-Baqa’, que pasaba frente a nosotros: “¿Qué dices de ese?” Isma’il lo miró un momento y luego dijo: “Que es un enamorado” “Acertaste, dijo Muxahid; pero ¿cómo lo sabes?” “No más, contestó, que por la excesiva abstracción que lleva pintada en el semblante, para no hablar de sus otros ademanes. He deducido que se trata de un enamorado, sin que haya lugar a dudas.”.

                                                             El Collar de la Paloma

 

 

جعلت اليأس لي حصنا ودرعا          فلم ألبس ثياب المستضام

 وأكثر من جميع الناس عندي           يسير  صانني  دون  النام

إذا ما صح لي ديني وعرضي         فلست لم ا تولى  ذا  اهتمام

تولى الأمس والغد لست أدري         أأدركه   ففيما   ذا   اغتمام

ابن هزم

 

Hice de la desesperación mi castillo y mi coraza,

no quiero disfrazarme de víctima de la injusticia.

Más que todo vale para mi,

eso poquito que me permite no necesitar a nadie.

Estando firmes mi religión y mi honor,

en nada tengo lo que se va de mi lado.

El ayer se fue, el mañana no se si lo alcanzaré

¿de qué voy a afligirme?

                    Ibn Hazm

 

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              AMOR FALAZ

Tu amor, al que no he de acercarme, es falaz.

Tú sirves de lecho a todo el que llega.

No te contentas con un solo amante

y tienes en torno tuya una gran turba.

Si yo fuese príncipe, este príncipe no pretendería

verte, por miedo del tropel.

Te pareces a los deseos, que, por muchos que sean,

aceptan a todo el que se llega a ellos

y no rechazan a nadie que venga,

aunque la trompeta haya convocado a todo el género humano.

 

              EL OLVIDO

Si antes me hubieran dicho:

“Olvidarás a quién amas”,

mil veces hubiera jurado:

“Eso no sucederá nunca”.

Pero ya que tras un largo desdén

fuerza es que venga el olvido,

bendito sea tu desdén,

pues que trabaja y se fatiga en curarme.

Ahora me maravillo del olvido,

como antes me maravillaba de la firmeza,

y veo ya tu amor como unas brasas

que arden, pero bajo la ceniza.

 

        HERIDA INCURABLE

La herida que me has hecho tiene cura y no hay reproche.

La que es incurable es la herida del amor.

En medio de su tez blanca son los lunares

como nenúfares en un jardín de narcisos.

Cuántas veces aquel por cuyo amor me muero de triste

me dijo con palabras cortantes y despectivas,

cuando mis peticiones se hacían más apremiantes,

insistiendo unas veces y otras adulándolo:

¿No basta mi desvío para aplacar tu sed

y ahuyentar el deseo que te anda por el pecho?”

Yo le contestaba: “Si así fuese, no habría

entre los hombres dos vecinos enemigos.

Los ejércitos se miran uno a otro antes de reñir

y luego la muerte abre entre ellos caminos de ruina.

 

              ANGEL O PERSONA

¿Perteneces al mundo de los ángeles o al de los hombres?

Dímelo, porque la confusión se burla de mi entendimiento.

Veo una figura humana, pero, si uso de mi razón,

hallo que es tu cuerpo un cuerpo celeste.

¡Bendito sea el que contrapesó el modo de ser de sus criaturas

e hizo que, por naturaleza, fueses maravillosa luz!

No puedo dudar que eres puro espíritu atraído a nosotros

por una semejanza que enlaza a las almas.

No hay más prueba que atestigüe tu encarnación corporal

ni otro argumento que el de que eres visible.

Si nuestros ojos no contemplaran tu ser, diríamos

que eras la Sublime Razón Verdadera.

 

              HERIDO DE AMOR

¿Hay quién pague el precio de sangre del asesinado por el amor?

¿Hay quién rescate al cautivo del amor?

¿O podrá acaso el destino hacerme retroceder hacia mi amada

como en aquel día que pasamos junto al río?

Lo pasé nadando y estaba sediento:

¡Qué maravilla uno que nada y tiene sed!

El amor, dueño mío, me dejó tan extenuado

que no pueden verme los ojos de los que me visitan

¿Cómo se las arregló el amor para llegar

a quién es invisible para todos?

El médico se ha aburrido de intentar curarme

Y hasta mis émulos sienten piedad de mi dolencia.

 

AMOR ABIERTAMENTE DECLARADO

Los que no saben qué es amor me censuran porque te amo,

pero, a mi juicio, tanto me da el que te injuria como el que se calla.

Me dicen: “Has dejado a un lado todo disimulo,

aunque te mostrabas a las gentes celoso observante de la ley religiosa”.

Yo les digo: “Ocultar mi amor sería hipocresía pura

y uno como yo detesta los hipócritas.

¿Cuándo vedó Mahoma el amor?

¿Consta acaso su ilicitud en el claro texto revelado?

Mientras no cometa cosas prohibidas, por las cuales tema

llegar el día de la resurrección con la cara perpleja,

no hago caso, en materia de amor, de lo que digan los censores,

y, por vida mía, me es igual que hablen a gritos o en voz baja.

¿Es acaso responsable el hombre de algo que no haya elegido libremente?

¿Por ventura el que se calla será reprendido por las palabras que no profirió?