ALMENARA
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El
agua en al-Andalus: mil años de cultura CARMEN
TRILLO SAN JOSÉ/PROFESORA TITULAR DE HISTORIA MEDIEVAL DE LA
UNIVERSIDAD DE GRANADA IDEAL.- EL debate que han generado las
palabras del presidente del Tribunal Constitucional, quizás más
ficticio que real, más político que histórico, ha puesto el acento en
la diferente importancia del agua en una y otra parte de la Península y
creo que eso merece alguna reflexión. Mi argumento es que, en efecto,
el agua tenía un significado distinto en el norte y en el sur, por
motivos históricos y culturales, aunque esto no implica en absoluto una
valoración sobre la calidad de estas sociedades ni en el pasado ni en
el presente. El agua era un elemento esencial en
la vida urbana del mundo romano. Cualquier gobierno que se preciara tenía
como misión primordial garantizar su abastecimiento a las ciudades,
expresión local del Estado. Las termas eran lugares de ocio y de
encuentro social y político. No resultaba, sin embargo, imprescindible
la existencia de un curso de agua permanente en el campo, donde los
cultivos típicos del mundo mediterráneo procedían de este mismo
ecosistema y se encontraban adaptados a él hasta el punto de que básicamente
les eran suficientes las lluvias estacionales. Cuando el Estado romano
cayó todo lo que estaba ligado a él, como el comercio de largo alcance
y la vida urbana, sufrió igualmente una considerable crisis. Mientras
ésta perduró en el norte de la Península hasta los siglos centrales
de la Edad Media (siglos XI-XIII), la llegada, en el sur, de los árabes
supuso una revitalización de la ciudad. Entre los siglos VIII y X
florecen Córdoba, Murcia, Pechina, Ilbira, Almería, etc. y con ellas
la creación de nuevos sistemas de abastecimiento hídrico. El agua
estaba presente en todas partes, en las curtidurías y alfarerías, en
los baños públicos, en el entorno de las mezquitas, así como en las
propias casas y huertos. La verdadera diferencia, no
obstante, respecto al pasado romano, se encontraba en el campo. Los árabes
habían traído plantas de climas tropicales y subtropicales (algodón,
arroz, caña de azúcar, cítricos, sandía, espinacas, etc.) que para
adaptarse al cálido pero seco estío de la Península necesitaban
irrigación artificial. Esta se utilizó también para los cultivos
tradicionales, permitiendo garantizar y aumentar las cosechas. Mientras,
en las regiones septentrionales, la sociedad había ido evolucionando
desde las sociedades tribales pastoriles de la montaña hasta las aldeas
campesinas de las zonas más llanas. En ellas el sistema de agrícola
estaba basado en el secano y se obtenían una cosecha cada dos años o,
en el mejor de los casos, a partir del siglo XI, dos cada tres. Por el
contrario, en al-Andalus el regadío había permitido a veces eliminar
el barbecho y recolectar dos veces al año, además de mantener variados
frutales por el espacio de cultivo. El agua era tan importante aquí que
su control era fundamental. Su distribución se hizo primero a los
clanes o familias extensas, a cada uno de los cuales correspondía un
turno. Más tarde, sin embargo, conforme sus propiedades se fraccionaron
y dispersaron, el agua se asignó a las parcelas por orden topográfico,
que es el sistema de riego más común en la actualidad. La manera de
medir el agua era habitualmente temporal, aunque también podía ser
volumétrica. Los turnos principales coincidían con la llamada del almuédano
a la oración, pues era la manera más sencilla de fraccionar el día. En el norte, en cambio, el agua no
tenía un papel esencial para la agricultura y el mundo urbano se
desarrolló más tardíamente. Por otro lado, el cristianismo, con su
dicotomía entre cuerpo y alma, consideraba el aseo con cierta sospecha
y, de hecho, algunos santos presumían de no haberse lavado nunca.
Contrariamente a lo que pueda parecer, sin embargo, la sociedad del
norte se asemejaba a la del sur en que también estaba estructurada de
forma clánica, aunque con familias extensas matrilineales, no
patrilineales como las musulmanas. Sorprendentemente organizaban sus
espacios de cultivo, la base de su supervivencia, de forma similar a las
alquerías islámicas. Sólo la aparición del feudalismo a partir del
siglo X hará que tomen rumbos opuestos. De esta manera, el uso más
intensivo del agua en al-Andalus estuvo ligado a condiciones históricas
y climáticas. Por supuesto, no puede explicarse por razones étnicas,
ya que, de hecho, la islamización fue sobre todo un fenómeno más
cultural que racial. |