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Andalucía Comunidad Cultural


ANDALUCIA Y LOS ANDALUCES SEGUN LOS VIAJEROS EXTRANJEROS DEL SIGLO XIX

Tópicos del ayer y del presente

Durante todo el siglo XIX las ideas románticas que se ponen de moda en Europa facilitan la llegada masiva de los que podríamos llamar primeros turistas a Andalucía atraídos por sus tierras y sus leyendas, viajeros ingleses como Ford, Jacob, Borrow y Hare, franceses como Laborde, Gautier y Latour, norteamericanos como Slidell Mackenzie y el célebre Washingon Irving, e italianos como el no menos conocido Edmundo d'Amicis recorrieron Andalucía y escribieron sus viajes a modo de narraciones y libros de viaje. Entre todos ellos he seleccionado lo que Richard Ford (1796-1858), escribió sobre los andaluces durante su estancia entre 1830 y 1833, como casi todos los demás viajeros recoje muchos tópicos aún todavía vigentes y se desvive en elogios hacia nuestra tierra mientras critica a sus habitantes, aspecto común como digo a casi todos los narradores románticos.

... Andalucía resulta admirablemente adecuada para nuestros jubilados. Aquí se desconoce el invierno en nuestra desoladora acepción. Sus formidables condiciones climáticas constituyen uno de los muchos motivos de vanagloria que tienen los andaluces. Estos se jactan de tal "feliz accidente" con que la naturaleza los ha distinguido, como si los cielos despejados fueran obra y mérito propio. Con razón situaron los clásicos sus Campos Elíseos entre estos huertos de naranjos, éste era igualmente el hogar de los "benditos, los felices, los longevos", de Anacreonte así como de los ricos y poderosos de las Sagradas Escrturas. Estas privilegiadas regiones, la mejor porción de la Península, han constituido siempre la presa y la recompensa del poderoso, tanto como la inspiración de los poetas. Desde los periodos más remotos de la historia, los andaluces han sido más estimados por sus cualidades sociales e intelectuales que por las prácticas e industriales. Sus compatriotas los consideran como a los Gascones, los fanfarrones y jactanciosos del país y, ciertamente, desde los tiempos de Livio hasta hoy son los más imbelles, es decir los menos aguerridos y los menos inclinados a la milicia. En la paz y en sus artes es donde destacan estos alegres, joviales y campechanos hijos de un medio afable. Así sus autores revivieron la literatura cuando la Era de Augusto declinaba en Roma del mismo modo en que, durante los siglos oscuros de la Edad Media europea, Córdoba fue la Atenas de occidente, el asiento de las artes y de las ciencias. Así cuando el sol de Rafael se ponía en Italia, aquí se levantaba renovado en la escuela sevillana de Velázquez, Murillo y Cano, la mejor de la Península.

La imaginación oriental de los andaluces lo vivifica todo con el colorido de su sol brillante. Su exageración, ponderación o el darle valor a lo que no tiene, convierte sus toperas en montañas, todos sus gansos son cisnes. Aunque no hay quien les gane a exagerar, su credulidad es proporcional y acaban creyéndose sus propios embustes. Con ellos todo es superlativo o diminuto. En ninguna parte escuchará el forastero más a menudo esas palabras talismánicas que revelan el ignorante carácter nacional: No se sabe, no se puede, depende, mañana, pasado mañana, que son el Bukra, bal-bukra de los irresolutos orientales. Su Sabe Dios es el Salem Allah de los moros. Aquí se conserva el Balajum o Veremos, el Pek-éyi o muy bien y el Inshallah, si Dios quiere, el ojalá o deseo de que Dios haga el trabajo por ellos, el Inxo Allah de los musulmanes, antigua invocación a Hércules. En una palabra: aquí tienen asiento las tareas dominantes entre los orientales, su indiferencia, su irresolución, mitigadas por una resignación religiosa a la Providencia. Los naturales son supersticiosos y muy devotos de la Virgen. Su región es la tierra por ella escojida, la tierra de la Santísima. Puede decirse que el culto femenino de Astarté es observable todavía en la unánime mariolatría del pueblo llano, por muy distinto que resulte, teóricamente, el modo de entender la religión católica que tienen los esotéricos e ilustrados. Sevilla fue el alma de la controversia sobre la Inmaculada Concepción que tanto agitó a España. Los andaluces se caracterizan también por su confianza en el auxilio sobrenatural. Siempre que se ven necesitados se encomiendan a sus patronos tutelares. Cada ciudad, iglesia y parroquia tiene su patrón. Con todo, si damos crédito al refranero, tales inclinaciones religiosas no han supuesto mucho beneficio moral para esta gente, "al Andaluz cata la cruz" (catar es la antigua expresión española de mirar), es decir: observa cómo el andaluz, que es medio moro, se santigua; "del Andaluz guarda tu capa y capuz".

Ninguna otra región ha padecido a ladrones y contrabandistas durante más tiempo. En compensación, no obstante, no hay lugar en España donde el "trato" o comunicación amistosa y social, sea más agradable que en esta región amante del placer y enemiga del trabajo. El nativo es el gracioso de la Península, (...)

El traje regional, extremadamente pintoresco, es el del Fígaro de nuestros teatros. Cualquiera que sea el mérito de sastres y modistas, la naturaleza ha derramado sus dones en la obra bien hecha: ha fraguado al andaluz en su mejor molde: Alto, bien proporcionado, fuerte y vigoroso; la mujer está a la altura de su pareja. A menudo luce unas proporciones incomparables, a las que habría que añadir su peculiar garbo y desenvoltura que resultan de lo más fascinante. El dandy de España es el "Majo". La etimología de esta palabra es el árabe majar "brillantez, esplendor, andar arrogante", cualidades exactamente expresadas en el traje y en el porte del personaje que relumbra de terciopelos, botones de filigrana, borlas y alhajas. (...) sus arranques y bromas se conocen todavía en español por sus nombres árabes: jarana, jaleo, esto es jala-a, "zumbonería".

El andaluz, medio moro, chispeante y vivaz, constituye la antítesis del grave y correcto castellano viejo. Este lo desprecia y lo considera un sujeto divertido pero poco serio y se burla de su traje de arlequín y de su peculiar dialecto. Y con razón, puesto que en ningún otro sitio está la lengua española más corrompida en su vocabulario y pronunciación.

(...) Las ciudades más apropiadas para residir durante el verano son Granada y Ronda. Sevilla y Málaga pueden satisfacer a los jubilados en invierno, o Gibraltar, donde abundan las comodidades y el buen servicio médico de Inglaterra.

© José Manuel de Molina. darrax. Andalucía. Noviembre de 1997.


BIBLIOGRAFIA:
FORD Richard, A Handbook for travellers in Spain, publicada en Londres en 1845 parcialmente recojida en la antología de:
BERNAL RODRIGUEZ, Manuel. La Andalucía de los libros de viajes del siglo XIX. Biblioteca de la Cultura Andaluza. Editoriales Andaluzas Unidas S.A., Sevilla 1985.


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