Alejandro V. García
SACAR LA LENGUA
CADA vez que nuestra forma de hablar, esto es, las
múltiples variantes fonéticas que utilizamos los
andaluces en cada una de las provincias, comarcas,
pueblos o barrios –pues hasta esos modestos
aforos tienen sus peculiaridades
lingüísticas– son manejadas por los
políticos como prueba de unidad de destino
nacional uno siente la tentación de gritar, pero
la mayoría de las veces ahoga el grito y opta por
refugiarse en su propio azoramiento. ¿Por qué?
Porque se trata de un ejercicio ridículo de
emulación condenado al fracaso o la única
fruslería sin trascendencia donde cabe el
consenso. Veamos. La semana pasada el PSOE, el PP,
el PA e IU –es decir, todos los
partidos– lograron un acuerdo portentoso
–no por su contenido, sino por el acuerdo
mismo nacido en medio de una tormenta constante de
divergencias– para reformar en artículo 12
del Estatuto e incluir una referencia al habla
andaluza como "principal seña de identidad del
pueblo andaluz, impulsado su difusión en los
medios de comunicación y enseñanza". No imagino
cuáles podrían ser las obligaciones que
contraeríamos los hablantes con la nueva
redacción. Partimos de la base de que los
andaluces hablamos esa abstracción ideal y de
imposible normalización que llamamos andaluz
¿bastaría con tener conciencia, cada vez que
hablamos, de que estamos haciendo patria o
tendríamos que soportar inútiles campañas como las
que el PA difundió en la pasada legislatura en
Canal Sur y convertir nuestra habla en tema
recurrente de tesis y estudios normativos? ¿Y cuál
será la labor específica de periodistas,
enseñantes y discípulos? En cualquier caso tales
ideas no son nuevas y se repiten cíclicamente.
Lo nuevo y original es que la reciente unanimidad
del reconocimiento del andaluz haya coincidido en
el tiempo con la ridícula bravata organizada por
Pascual Maragall a cuenta de si las versiones
enviadas por el Gobierno de la Constitución
Europea estaban escritas una en catalán y la otra
en valenciano, o las dos en catalán. Una vez más
he tenido la impresión de que la reforma
estatutaria de Andalucía, en que están enfrascados
nuestros políticos, es una mera emulación a la
defensiva para no perder el paso frente a otras
comunidades. Si ellos tienen idioma ¿por qué
nosotros no? Si el Gobierno de Zapatero ha anulado
el proceso condenatorio de su primer presidente
¿por qué vamos a ser menos? ¿Cómo, en fin, no
vamos a reformar nuestro Estatuto si los vecinos
lo hacen?
Pues bien, seamos optimistas: de momento tenemos
consenso en lo referente al habla, al margen de lo
que eso signifique. Es decir, hemos sacado
(adelante) la lengua. Ahora nos queda el resto. Ya
saben, deuda histórica, cierre de competencias,
equiparación real con otras regiones del Estado,
etcétera. Ahí las posibilidades de acuerdo son más
remotas. Ahora bien, siempre nos quedará el
orgullo de expresarlas en andaluz. Al principio
fue el verbo.
Alejandro V. García
EL DÍA DE CÓRDOBA 8 de
noviembre del 2004
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