Lexicografía andaluza
Ignacio
Ahumada
La
lexicografía andaluza nace en este ambiente tan favorable para las hablas
populares..El primer testimonio impreso conocido, según mis
noticias, es el glosario que Fernán Caballero añadió a su novela Clemencia (1852):
«Significado de algunas palabras andaluzas». Suma un total de 37 entradas con
sólo las definiciones correspondientes, en su mayor parte sinonímicas y sin
categoría gramatical.
Al
contrario de lo ocurrido con vocabularios de otras regiones del español, la
lexicografía andaluza propiamente dicha nace con un vocabulario local. Debemos
a Adolfo donde el autor da sobradas muestras de su fina intuición y del rigor
en el análisis de ciertos problemas. Tampoco debemos olvidar aquellos trabajos
de carácter general donde puedan llegar a espigarse consideraciones sobre el
léxico andaluz.
Aparte de
esto, las fuentes inexcusables en los tiempos que corren son dos: (1) los
textos literarios (literatura costumbrista, regional y prensa escrita) y (2)
las encuestas (ya por correspondencia ya in situ ) Uno y otro recursos se
habían empleado tanto separada como conjuntamente, y en ambos casos con
resultados importantes.
Ciertamente
concebir un vocabulario andaluz o cualquiera otro repertorio dialectal-
partiendo de unas fuentes como estas no ha sido la nota dominante en nuestra
lexicografía regional, antes bien ha sido la falta de método y el diletantismo
las coordenadas que han primado en la redacción de la mayor parte de nuestros
vocabularios dialectales.
La
necesidad de un vocabulario andaluz se había reclamado, al menos, desde dos
frentes bien diversos: a) desde la más exigente y avanzada filo logia (R.J.
Cuervo) y b) desde el movimiento folclórico (F. Rodríguez Marín). En ambos
casos y con desigual fortuna, quienes dispusieron de entusiasmo y medios
trataron de atender tales exigencias.
La primera
llamada de atención de R.J. Cuervo la tengo localizada en la primera respuesta
a la agria polémica que mantuvo con Juan Valera entre los años 1900y
1903:
Lástima
que no tengamos todavía un diccionario de andalucismos, que sin duda dará mucha
luz al lenguaje americano (Cuervo 1901,43>.
La segunda está tomada de las ya citadas Apuntaciones
críticas sobre el lenguaje bogotano:
El día que
tengamos un diccionario de andalucismos, hallaremos maravillas los americanos
(Íd. 1914, ni'rn. 999).
«Voces
andaluzas» de M. de Toro representa el deseo cumplido del maestro (cf. Ahumada
1986, 143, n. 24). Es muy probable que fuera el mismo RJ. Cuervo -residente en París-
quien animara a éste a redactar «Voces andaluzas». Fue muy estrecha la amistad
que mantuvo su padre, Miguel de Toro y Gómez -lexicógrafo también- con el sabio
colombiano. A la muerte de R.J. Cuervo, se pensó en el joven M. de Toro para
continuar el Diccionario de construcción y régimen de la lengua castellana, del
que salo habían aparecido los dos primeros tomos (1886-1893>. M. de Toro se
había formado al lado de su padre y
cuando se barajaba su nombre
como continuador de la obra de RJ. Cuervo contaba en su haber con la colaboración
en el Pequeño Larousse ilustrado (1912)
y la recopilación de andalucismos publicada en la revista de R. Foulché-Delbosc
(1920).
Como
refiero más arriba, durante veinte años, F. Rodríguez Marín abrigó la esperanza
de redactar un diccionario dé andalucismos. El incipiente desarrollo de los
estudios filológicos en España con los incontables Caminos que abría la escuela
de R. Menéndez Pidal y, en consecuenencia, la envergadura que esto deparaba al
proyecto, bien pudieron determinar que poco a poco el ilustre cervantista fuera
abandonando su idea. Sin embargo, no dejó de transmitir esa inquietud a sus
discípulos. Santiago Montoto sólo se hizo eco de la necesidad detectada:
de Castro este primer paso.
Su «Diccionario de voces gaditanas» es un apéndice de 18 páginas a su obra Nombres
antiguos de las calles y plazas de Cádiz (1857). El autor intentó:
Formar una
obra de palabras, frases y modismos de Cádiz, parte, r...] de origen local y parte
adoptados de otras provincias (p. J).
Y vocabulario local hubiera
sido también el proyecto de F. Rodríguez Marín de haberse llevado a efecto. El
ilustre cervantista de Osuna escribe a U. Schuchardt en 1883:
Estoy
allegando (aunque despacio) materiales para un pequeño vocabulario de Osunismos
(Schuchardt 1990, 224).
El proyecto, en lo que
alcanzo a conocer, no cristalizó sino fue en otro de más altos vuelos:
un diccionario de
andalucismos, cuya redacción no había comenzado en 1895:
Entre los
muchos apuntes que voy acumulando para hacer (si Dios me da vida) el Ensayo
de un Diccionario de Andalucismos, hay... (Rodríguez 1926, XXXII, n. 3).
A pesar de las dimensiones y
de las expectativas creadas, el proyecto quedó relegado al olvido.
Mejor
suerte corrió el Diccionario de andalucismos (c. 1880-191 O) de J.M.
Sbarbi. De este repertorio sólo conocemos la muestra de 25 artículos que
adelantó su autor en 1892. Ala par anunciaba que su obra constaría de seis mil
cédulas que pronto verían la luz. De este material pendiente e inédito sólo
conocemos los datos que de forma pardal y pausada nos facilita el Diccionario
histórico de la lengua española (1960-), en cuya nómina de autoridades
figura este vocabulario con la referencia cronológica recogida arriba y la
indicación «cédulas adquiridas por la R.A.E.»
Lo cierto
es que hasta 1920 no tendremos un diccionario de andalucismos propiamente
dicho, aunque al ser contrastivo con el académico carecerá de aquellas palabras
andaluzas más comúnmente conocidas » por esto, de mayor extensión geográfica.
Se trata ¿e «Voces andaluzas (o usadas por autores andaluces) que faltan en el
Diccionario de la Academia Española», trabajo que vio la luz en la Revue
Hispanique de París Esta colección de voces Supera las trescientas páginas
y es obra de M. de Toro y Gisbert, hijo del lexicógrafo granadino asentado en
Francia Miguel de Toro y Gómez. El trabajo de M. de Toro viene avalado por
tener autorizada la mayor parte de las entradas recogidas, lo que supone una
muestra palpable del desarrollo adquirido en los años previos por la literatura
regi9nal y costumbrista, pero la falta de contacto con el habla viva de los
andaluces hace que su interpretación de los textos no siempre sea la más
adecuada a la realidad lingüística. Baste señalar que no son pocas las
entradas que aparecen sin defíníción porque un sólo testimonio resulta
insuficiente para interpretar el uso conecto.
Stricto
sensu, este
era el panorama que se le ofrecía al lexicógrafo que en los años veinte
proyectara un vocabulario de andalucismos. Parece ser que como punto de partida
no disponía de otras fuentes lexicográficas a las que acudir como punto de
partida.
Sacado de
la introducción del vocabulario andaluz de Alcalá Venceslada, edición de
CajaSur