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ESTUDIOS SOBRE
LA
MODALIDAD LINGÜÍSTICA ANDALUZA
EN EL
AULA
Jerónimo de las Heras
Borrero
Pedro Cabonero Cano
Alberto Costa Olid
Manuel Martín Cid
Valentín Torrejón Moreno
(Eds.)
LA
MODALIDAD LINGÜÍSTICA ANDALUZA
EN EL
AULA:
POR
DÓNDE EMPEZAR
Jerónimo de las
Heras Borrero
El
gran interés –incluso, entusiasmo– que, en la actualidad,
despiertan los temas dialectales, el estudio y descripción de las
distintas modalidades de habla, de los diferentes dialectos que
configuran el mapa lingüístico de España, tanto en su génesis como
en
su
posterior desarrollo, hace que se multipliquen los libros y/o
artículos que los estudian desde muy distintos puntos de vista – y
el
dialecto andaluz, la modalidad lingüística andaluza, obviamente,
no ha
sido
una excepción – ya sean tratados generales, ya sean monografías
específicas sobre aspectos concretos fonéticos, gramaticales y/o
léxicos. En cambio, son menos abundantes los que abordan el
tratamiento de los distintos dialectos en el aula, apenas hay
publicaciones –salvedad hecha de las Actas de las 1
as
y 2
as
Jornadas
sobre
la Modalidad Lingüística Andaluza en el aula– que consideren
el
planteamiento del habla andaluza en la clase, pese al
reconocimiento explícito que de ello se hace en los distintos
decretos
de
enseñanza de nuestra Comunidad, sobre todo cuando alude al
“conocimiento y utilización correcta del habla andaluza como
vehículo expresivo propio en la comunicación habitual propiciando
el
respeto y valoración de la misma” (CEC, 1991, pág. 4028); más aún,
apenas
hay publicaciones que planteen la temática de la metodología,
de la
didáctica de la Lengua –en cualquiera de sus contenidos
(comunicación oral, lectura, ortografía...)– a partir de las
modalidades
lingüísticas. Sin embargo, los decretos de enseñanza de nuestra
Comunidad establecen que “el propio discurso del alumno ha de ser
el
punto
de partida y la referencia constante para el tratamiento de los
contenidos, que debe llevar a los alumnos a un conocimiento
progresivo del idioma, a la valoración y uso de la modalidad
lingüística andaluza, a un dominio adecuado del vocabulario y a
una
utilización creativa de la lengua” (CEC, 1992, pág. 4057).
Todo
esto –unido a otros problemas que, también, está sufriendo el
profesorado, y que no vienen, ahora, al caso-, ¡ qué duda cabe!,
está
creando cierta inquietud en algunos; indiferencia, en los más, al
contemplar cómo, hasta hace poco, por razones de la misma
legislación educativa vigente se combatía el uso del dialecto en
la
escuela –“el sonido consonántico de “y” tiende a confundirse con
el
de “ll”,
lo que constituye el vicio llamado yeísmo”, se decía a los
escolares de 6º de EGB en su libro de Lenguaje (Prima Luce, 1982,
pág.
89)-. Este cambio –brusco, si se me permite la palabra–
experimentado, respecto a la consideración de los dialectos en el
aula
–aunque, en verdad, fundamentado tanto epistemológica como
psicopedagógicamente, así como en la teoría curricular o
concepción
sociológica del área de Lengua y Literatura– sólo entrará en las
aulas,
una
vez que haya sido asimilado por el profesorado; lo que requiere,
de una
parte, un cambio en sus propias actitudes lingüísticas, y, de
otra,
una capacitación profesional científica –lingüística y didáctica-
del
profesor/a. Por ello, es mi intención, en esta ponencia,
reflexionar
acerca
de las actitudes y aptitudes del profesorado de nuestra
Comunidad –en los distintos niveles educativos- respecto al
tratamiento de la Modalidad Lingüística Andaluza en el aula.
Una
lengua o una modalidad lingüística – tanto monta, monta tanto,
para
el tema, aquí, objeto de nuestra consideración– es uno de los
componentes más importantes de la identidad cultural de un pueblo;
por
ello, en los Decretos de enseñanza andaluces, se refiere que “los
alumnos han de apreciar las diferentes variedades lingüísticas, de
distintas comunidades hablantes o de distintos grupos sociales de
la
Comunidad Andaluza” (CEC, 1992, pág. 4054). Y es que los grupos
humanos –aunque, a veces, se olvide– se solidarizan internamente y
se
diferencian de los demás, entre otras cosas, por la manera de
comunicarse, por la forma de hablar. En este sentido, las
modalidades
regionales de una lengua, cuanto más diferenciadas están del
resto,
más
aglutinan en su seno las tradiciones y el sentir del grupo social,
llegando a reflejar incluso mejor su propia cultura.
La
nuestra –la Cultura Andaluza, y no digamos el habla– es ya un
lugar
común, se ha visto sometida a grandes presiones, se ha
infravalorado. Ha habido, incluso, en los últimos decenios, como
un
profundo desprecio por todo lo andaluz, identificado durante la
Dictadura con lo peor de lo folklórico, en el sentido más
peyorativo
del
término, por eso en el Decreto 105 / 1992, por el que se
establecen
las
enseñanzas correspondientes a la Educación Primaria en
Andalucía, por ejemplo, se establece que “la cultura andaluza
estará
presente en las diferentes áreas a lo largo de la Educación
Primaria”;
en
idéntica dirección y sentido, van los restantes decretos. Con la
entrada –si es que, en realidad, llega algún día– en las aulas de
estos
nuevos
planteamientos, esperamos que el panorama empiece a
cambiar. No obstante, desde hace algunos años –aunque, tal vez de
forma
más insistente en esta década y finales de los ochenta-, se viene
teorizando –entre la expectación de algunos y la sonrisa contenida
de
otros
muchos– sobre la existencia de una modalidad lingüística
andaluza, del andaluz como forma expresiva y de su papel en el
aprendizaje lingüístico del niño, fruto de todo ello ha sido su
plena
inclusión – pero, ¿en las aulas también?– en los distintos
decretos de
enseñanza –Área de Lengua y Literatura– de nuestra Comunidad.
Nos
encontramos, en efecto, ante un nuevo renacimiento lingüístico,
ante
un nuevo resurgir del habla andaluza, y la escuela, la institución
escolar, no puede seguir, como, en general, viene sucediendo hasta
ahora,
desconociéndolo (o, al menos, no considerándolo), pues, en
Lenguaje, hay que enseñar también para el lenguaje de la vida, del
entorno vital del alumno, no un lenguaje aséptico y extraño al
niño; en
definitiva, para desarrollar no un lenguaje del pasado sino
entender los
mensajes del presente y del futuro.
La
escuela, las aulas, no pueden seguir ignorando –sobre todo, en
Lenguaje– la interrelación existente entre la persona y el medio
en el
que se
desenvuelve, desconociendo el entorno sociolingüístico y
cultural de los alumnos y alumnas. Entendemos que estos elementos
han de
ser ordenados en relación a la adquisición del lenguaje del
niño,
ya que “el discurso de los alumnos y alumnas ha de suponer el
punto
de partida y la referencia constante en el proceso de enseñanza y
aprendizaje” (CEC. 1992. pág. 4055). Llegamos todavía más lejos:
la
escuela necesita vitalizar (evidentemente en un mayor grado de
profundización de lo hecho hasta el momento) los contenidos
culturales y lingüísticos a partir del medio. Ello conlleva, claro
está,
incorporar –como hacen los distintos decretos de enseñanza de
nuestra
Comunidad– al curriculum del Área de Lengua y Literatura el
lenguaje de la propia comunidad. En nuestro caso, obviamente, la
Modalidad Lingüística Andaluza que los alumnos y alumnas habrán
de
“reconocer, apreciar y usar correctamente desde una valoración
positiva de los modos de expresión propios” (CEC, 1992, pág.
4055).
Por
eso, el maestro, el profesor, lejos de seguir, como, en general,
ha
estado
ocurriendo hasta este momento, de espaldas a la realidad
sociolingüística de sus alumnos, debe dar respuestas a esas
diferencias
lingüísticas, a esas peculiaridades dialectales, ya que “se trata,
en
definitiva, de la enseñanza de la lengua materna en Andalucía”
(CEC,
1992,
pág. 4053), si, de verdad, quiere ayudar a los niños bidialectales
a
conseguir su plena posesión lingüística. El profesor Renzo Titone
se
pregunta al respecto: “¿Puede considerarse bilingüe una persona
que
emplea
la lengua oficial junto a un dialecto regional? Aunque desde el
punto
de vista lingüístico pueda considerarse diferente, desde el punto
de
vista psicológico los mecanismos del usuario pueden ser idénticos”
(TITONE,
R., 1976, pág. 16). Ciertamente, son para reflexionar las
anteriores palabras; deseamos, para bien de nuestros niños y niñas
andaluces, que, algún día, sean tenidas en cuenta.
A
estas alturas de la ponencia, abordaremos ya su parte central: las
actitudes y aptitudes del profesorado ante el tema de “el habla
andaluza en el aula”, y lo hacemos sin ambages. En verdad, puede
cambiar la didáctica, los recursos metodológicos, pero sin el
convencimiento, sin la participación, sin la capacitación incluso
del
profesorado, ello no sería posible, pues quedaría, como tantos y
tantos
nuevos
planteamientos metodológicos, convertido en papel mojado, en
barca
sin rumbo, porque, como escribe Norman Goble, “la única
forma
realmente efectiva de introducir nuevas orientaciones en la
escuela y de asegurar nuevos resultados es el promover un cambio
en
la
función del profesorado” (GOBLE,
N., 1980, pág. 38), ya que, “no
puede
esperarse que reforma alguna tenga éxito a menos que sea
plenamente comprendida, totalmente aceptada y efectivamente
implementada por los profesores. Un compromiso serio de los
profesores y de sus organizaciones profesionales en la concepción,
planificación y administración de las innovaciones es, por tanto,
no
sólo
filosóficamente deseable, sino prácticamente necesario, y el
desarrollo de la competencia por parte de los profesores para
desempeñar esta función es igualmente un necesario objetivo de
perfeccionamiento en la educación del profesorado” (GOBLE,
N.,
1980,
pág. 19); en otras palabras, en las actitudes y aptitudes de los
docentes. Entiendo, con Guillermo Rojo, por actitud lingüística
“aquella que se relaciona, de cualquier forma, con el empleo
de
determinadas lenguas, dialectos, variedades o variantes
lingüísticas en
situaciones sociales diversas” (ROJO,
G., 1981, pág. 131).
El
maestro, en el aula, ha de tener presente, ante todo, que un grupo
social
–en este caso, el que forman sus alumnos y alumnas andaluces–
contribuye a definir la personalidad de sus miembros por el
lenguaje
y, al
mismo tiempo, que la escuela ha de desempeñar un importante
papel
en el desarrollo de la lengua oral del niño, que “debe plantearse
en
Andalucía desde la perspectiva de la modalidad lingüística propia,
siendo
una enseñanza prevista en la programación, organizada y
sistemática” (CEC, 1992, pág. 4058). El maestro, en consecuencia,
ha
de
tener presente que el niño está inmerso, en un contexto
sociolingüístico concreto, entorno que no puede ser ignorado –por
propio
mandato legal– a la hora de abordar la enseñanza de la lengua
oral
en nuestros centros escolares.
En
consecuencia con ello, el maestro de niños bidialectales debe
ofrecerles un programa que les dé la posibilidad de lograr -desde
su
propia
modalidad de habla- su plena capacitación lingüística, y no
estar
continuamente corrigiéndolos porque no hablan correctamente,
ya que
esto afectará negativamente a su aprendizaje de la lengua, al
desarrollo de las propias destrezas comunicativas. Además, como
afirma
Ollila, "no hay evidencia de que la corrección del lenguaje
produzca un efecto positivo en él"; por el contrario, "... es
importante
que el
profesor estimule al niño a usar su propio lenguaje como base
para
el lenguaje hablado" (OLLILA,
LL., 1981, págs. 59 y 56).
Conviene, asimismo, tener cuidado en no augurar o predecir
resultados bajos. Es básico que los niños enfoquen con optimismo
sus
posibilidades lingüísticas y que los maestros, profesores de
lengua de
escolares andaluces, crean en ellas. No se nos oculta, tampoco,
que,
entre
muchos docentes, están vivas, todavía hoy, las palabras de
Knapp: "the majority of teachers have negative attitudes about the
speech of dialect speakers, attitudes which are shared by the
general
pubilc and are based on false assumptions about the nature of
nonstandard dialects" (KNAPP,
M., 1975, pág. 231).
•
Tiene,
a este respecto, especial importancia que el maestro de niños
bidialectales -el escolar andaluz- se sensibilice con los valores
culturales de los alumnos que enseña, con su forma de expresarse,
pues, como dice Stever, "when children´s spontaneous expressions
are
shown to be of value in the classrom, the children gain possitive
attitudes toward themselves and toward learning" (STEVER,
E., 1980,
pág.
50); que acepte, en definitiva, el lenguaje de los niños tal cual
es,
y que,
como, acertadamente, recoge Ching, "no se acerque a los niños
con
falsas ideas o conceptos erróneos" (CHING,
D., 1984, pág. 12).
Mejor
aún, "valorarán las diferencias lingüísticas -añaden Miret y
Reyzábal- como una importantísima aportación cultural" (MIRET,
I.
Y
REYZÁBAL,
Mª V., 1990, pág. 11).
•
Consecuentemente, los maestros han de enfrentarse con las
repercusiones que de tal situación escolar se derivan. No sólo han
de
acometer cuestiones generales, tales como los ámbitos que
consideran
adecuados para el dialecto andaluz, si debe convertirse o no en la
modalidad lingüística empleada por todos en cualquier
circunstancia,
sino
que han de enfrentarse todos los días –pese a la práctica
inexistencia de orientaciones didácticas y/o materiales
específicos-
con el
tratamiento escolar de dicho tema, si quieren cumplir lo
preceptuado en los distintos decretos de enseñanza de nuestra
Comunidad. Por otro lado, hay que tener en cuenta, que gran parte
de
los
que hoy son maestros y/o profesores han experimentado en carne
propia
una enseñanza que negaba todo valor a la modalidad lingüística
que,
habitualmente, empleaban. Y, como decía el filósofo, “Natura
non
fit per faltus”; en otras palabras, para que se produzca el cambio
de
estrategias didácticas en el aula, no es suficiente el cambio de
los
discursos -esto es, de la legislación educativa-, se requiere
también
un
cambio en las actitudes del propio profesorado.
•
Con
respecto a las aptitudes, es decir, a la capacitación del profesor
–que
debe ser equivalente para todo el profesorado, v.g.: Finlandia
allá
por 1970 instituyó un cuerpo único de enseñantes para Primaria y
Secundaria-, estamos de acuerdo con Ching cuando señala que “hay
cierto
número de necesidades especiales y problemas de aprendizaje
de los
que el maestro debe ser consciente si va a guiar con efectividad
a unos
niños bidialectales hacia el éxito escolar” (CHING,
D., 1984,
pág.
10), tales como
•
-
valoración de la variedad sociolingüística del alumno. Esto
implica, obviamente, el conocimiento de la modalidad lingüística
andaluza, así como de su riqueza y variedad, por parte del
maestro/a y/o profesor/a.
•
-
enseñanza de la lengua dentro de un enfoque comunicativo y
método
dialectal, sustitutos del enfoque basado en el aprendizaje
gramatical y metodología tradicional.
•
-
aprendizaje de la comunicación –comprensión y expresión–
oral
en el aula con una metodología científica: modelo modular y
método
dialectal.
•
-
“entender el proyecto educativo y/o curricular de centro como
el eje
vertebrador del qué y cómo enseñar –en este caso, el
contenido “comunicación oral”– en las aulas de nuestros centros
escolares” (HERAS,
J., 1996, pág. 37).
•
-
“incluir en el “programa de Lengua” modelos lingüísticos
variados, para hacer posible que los alumnos y alumnas puedan
comprender cuando le hablan en otros dialectos de su misma
lengua, así como poder expresarse en la variedad estándar que
habrán
de dominar productivamente” (HERAS,
J., 1996. pág. 39).
•
-
necesidad, por último, de una didáctica de la diversidad
lingüística en el aula, con el fin de transmitir y promover en los
escolares una actitud de respeto, consideración y valoración hacia
todas
las lenguas y hacia todas las modalidades que supere el
modelo
monolingüístico y uniformante anterior.
Además, como subraya Hendrick, “el maestro debe ser buen
conocedor de las diferencias dialectales que existen entre él y
los
niños
que tiene a su cargo” (HENDRICK,
J., 1990, pág. 99). En este
sentido, no se nos culta que algunos maestros –quizás, demasiados–
carezcan de una preparación adecuada. En efecto, demasiados
maestros carecen de preparación adecuada para comprender o aceptar
estos
valores culturales diferentes (ZINT,
M., 1970). Es preciso, pues,
que el
maestro adquiera –como hemos señalado antes– un
conocimiento riguroso, y en profundidad, de la modalidad
lingüística
andaluza, con el fin de, tras analizar el habla del niño, poder
darse
cuenta
de las divergencias entre su habla materna y la lengua de la
escuela, así como de las posibles interferencias de sonidos y
estructuras. La adquisición de este conocimiento, apostilla Ching,
“puede
ayudar al maestro a comprender las dificultades prácticas y
guiar
al niño con mayor efectividad” (CHING,
D., 1984, pág. 10).
El
maestro, finalmente, ha de tener presente que, antes de planificar
y
montar una programación de enseñanza de la lengua oral para
escolares andaluces, debe considerar los conocimientos
lingüísticos de
sus
alumnos, su dominio tanto activo como pasivo de la lengua. Tiene,
asimismo, que reunir datos acerca del patrimonio cultural del
niño, su
base
de conocimiento y experiencia.
Todo
ello, si quiere que su enseñanza de la lengua sea
verdaderamente eficaz, tiene que observarlo, considerarlo; tiene,
en
resumen, que quedar reflejado en su planteamiento, en su
metodología. Para lo cual, el docente, desde el principio, habrá
de
orientarse hacia las realidades lingüísticas de los individuos, de
sus
educandos. Es importante que “el profesor de estos niños conozca y
comprenda su ambiente hogareño, así como las deficiencias y
carencias lingüísticas que se puedan originar en él, de manera que
pueda
adaptar su metodología a las necesidades individuales del
alumno
y desarrollar los aspectos que convertirán la experiencia
escolar del niño en algo estimulante y gratificante” (CHING,
D., 1984,
pág.
16), dada “la necesidad de la adecuación de la enseñanza a la
situación social y psicosocial de los beneficiarios de la misma”
(VILLENA,
J. A., 1996, pág. 72).
El
tema de la modalidad lingüística andaluza en el aula no es tanto,
como
hemos podido comprobar cuestión de un nuevo curriculum, de
unos
nuevos decretos de enseñanza, cuanto de actitud y aptitud del
profesorado para llevar a cabo en el aula lo que, en los mismos,
se
contiene. En mi opinión –y a las pruebas me remito-, su entrada en
las
aulas
no se impone por decretos ni órdenes –recordemos, a este
respecto, las palabras del maestro Domínguez Ortiz: si toda la
fuerza
de un
Estado centralizado no impidió que las modalidades del habla
andaluza prosiguieran su evolución con todo rigor, ¿qué
posibilidad
existe
de que un gobierno andaluz consiguiera imponerla?”
(DOMÍNGUEZ,
A., 1983, pág. 148)– sino que está incrustado en la
misma
formación profesional del docente. Urge, en este sentido, un
replanteamiento global de la profesionalización científica
–lingüística
y/o
didáctica– de todo profesor que vaya a ejercer en Andalucía, de
todo
profesor/a de niños y niñas andaluces, al tiempo que un reciclaje,
en
profundidad, del profesorado en activo, en el que se aborden los
aspectos lingüísticos y didácticos de la Modalidad Lingüística
Andaluza, el tratamiento de nuestro dialecto en la escuela, ya
que,
“con
la aplicación de la LOGSE, todo lo que, actualmente, tiene que
ver
con la enseñanza de la lengua –especialmente, oral– en el aula
está,
no sólo en nuestra Comunidad, sino también en todo el Estado,
en
pleno proceso de cambio y replanteamiento metodológico. Ya han
pasado
– afortunadamente, por cierto –los tiempos de los
dogmatismos y de las metodologías– panaceas, de una parte, así
como
la
época de los planteamientos uniformantes en la enseñanza de la
lengua
oral, de otra, reconociéndose, de modo explícito, el papel de
las
variedades dialectales, de las modalidades lingüísticas, en la
adquisición de la lengua por parte de los niños y niñas. Por eso,
desde
hace
algunos años, profesores y lingüistas de la región, que apostamos
por
una enseñanza de la lengua española, en nuestras aulas, desde su
diversidad, estamos trabajando y dispuestos a demostrar que si
existe
una
modalidad lingüística andaluza (hecho éste que ningún lingüista
discute), es necesaria una enseñanza diferenciada de la lengua en
nuestra Comunidad también” (HERAS,
J., 1996, pág. 40). Para ello, es
preciso, además, contar con un profesorado convencido, por un
lado, y
capacitado, por otro; o como señala Goble, de “un profesorado
identificado con su arte, y empeñado por llevar a cabo con éxito
su
cometido” (GOBLE,
N., 1980, pág. 31), lo que requiere, obvio es, la
actitud y aptitud necesarias.
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