![]()
![]()
Os trasladamos la contribución al debate sobre el andalú que ha escrito Ventura Salazar. Esperamos que sea de vuestro interes.
Saludos,
ANDALUCIA LIBRE
‘UNIDAD DENTRO DE LA DIVERSIDAD’.
CONTRIBUCIÓN AL DEBATE SOBRE LA LENGUA DE ANDALUCÍA
NOTA. Una vez
terminado este escrito, y ante su considerable longitud, he procedido a un
cambio en su distribución inicial. Lo que en un primer momento iban a ser las
conclusiones han pasado ahora a aparecer en el apartado 2, con el formato de
‘Tesis’. De ese modo, el primer apartado establece el marco contextual en el
que se sitúa este texto. El segundo apartado sintetiza mis ideas y opiniones
sobre este debate, y constituye el núcleo de la presente aportación. Los
apartados siguientes van dirigidos a quienes gusten de dedicarme una parte
mucho más prolongada de su precioso tiempo. En ellos justifico de manera
detallada y, creo yo, suficientemente fundamentada, las afirmaciones recogidas
en las Tesis.
1. INTRODUCCIÓN.
Desde las últimas semanas del año 2000
vienen apareciendo en el Boletín Andalucía Libre
y en la Lista Andalucía diversos textos y noticias que tratan sobre la
‘lengua andaluza’ y su eventual plasmación escrita sobre la base de una
normalización ortográfica de la misma. Ante el cariz que ha ido adquiriendo la
polémica, y por el respeto que me merece la verdad y mi país, me he sentido en
la obligación de refutar taxativa y pormenorizadamente muchas de las
desnortadas opiniones que se han vertido hasta ahora desde ciertos sectores.
Con ello, espero ofrecer elementos de juicio que puedan ser útiles para quien
quiera calibrar, sin prejuicios y sopesadamente, qué argumentos avalan
realmente a cada una de las opiniones en conflicto. Ese es el objetivo de la
presente contribución. Haré dos advertencias de principio. La primera es que me
declaro firme defensor del derecho de autodeterminación de Andalucía, pero que
al mismo tiempo me muestro contrario a cualquier presunta normalización
ortográfica específica para la lengua que se habla en ella (sencillamente, una
cosa no tiene por qué ir ligada a la otra). La segunda advertencia es que no
voy a ser breve.
Comenzaré por presentarme. Mi nombre es Ventura Salazar García, soy andaluz y en Andalucía he pasado la mayor parte de mi vida. No obstante, desde hace algún tiempo trabajo en la Universidad de Alicante, en calidad de Profesor Titular del Área de Lingüística General (podría decir que soy un emigrante, si no fuera porque me parecería demagógico incluirme dentro del grupo de quienes han tenido que abandonar su tierra por verdadera necesidad). Si se me permite la inmodestia, diré que, tanto por mi condición de andaluz como de lingüista, me siento en condiciones favorables para emitir una opinión cualificada sobre el debate que aquí nos ocupa. Entiéndaseme bien, no aspiro a tener razón por el mero hecho de considerarme un ‘experto’, ni pienso que este debate deba mantenerse dentro de un marco estrictamente académico o tecnocrático. ¡Nada de eso! Ahora bien, sí creo que cualquier posición sobre la lengua que esté directamente vinculada a posiciones políticas, y que aspire a tener una repercusión social práctica, ha de plantearse con la debida dosis de prudencia. Y ello pasa, entre otras cosas, por tomar en consideración los conocimientos firmemente validados que nos aporta la investigación lingüística. En este sentido, tampoco niego que haya defensores de una postura contraria a la mía con una sólida formación lingüística. Pero sí me parece, y esto debo decirlo con total sinceridad, que su práctica no se muestra consecuente con dicha formación.
Las cuestiones sobre el idioma vernáculo despiertan una enorme carga emocional en los individuos y los colectivos humanos, y es muy fácil proyectar esos sentimientos de forma acrítica hacia la esfera pública. Pero, en mi opinión, una actuación política responsable ha de trascender ese primer impulso y someterlo al filtro de las condiciones objetivas. En el marco de la política andaluza, dicha prudencia debe verse redoblada por parte del nacionalismo de izquierdas. Su peso político es exiguo, su presencia en la opinión pública mínima, y la defensa del derecho de autodeterminación es una opción claramente minoritaria en nuestra tierra. En este contexto, cualquier error de planteamiento en un asunto tan sensible como la lengua puede tener tremendas consecuencias, y afectar, de forma quizá irreversible, a nuestra imagen y credibilidad. Pues bien, a mi juicio, la reivindicación de una ortografía propia para una pretendida ‘lengua nacional andaluza’, distinta del castellano, constituiría un error muy grave que tendría consecuencias totalmente contrarias a las que esperan quienes la defienden. Ya se ha dicho en otros mensajes de la lista, y repito yo ahora, que aquí no se trata de que determinadas personas, a título individual, decidan escribir como les venga en gana y sobre lo que les apetezca. Eso entra dentro de la esfera de lo privado y no tiene por qué ser objeto de discusión. Ahora bien, lo que se plantea aquí es si esa opción ha de ser abanderada como reivindicación por el movimiento nacionalista andaluz, y por tanto convertirse en referente para una actuación de política y planificación lingüísticas en Andalucía. Y eso ya es harina de otro costal.
La puesta en práctica de una normalización ortográfica del andaluz, de hacerse efectiva, exigiría una enorme movilización de recursos materiales y humanos, y traería consigo enormes consecuencias en el ámbito educativo, administrativo, cultural, etc. Habría que preguntarse si resultaría viable asumir esas consecuencias y si los eventuales beneficios que ello reportaría al pueblo andaluz, y al reconocimiento de su identidad nacional, compensarían los sacrificios que sin duda irían también aparejados. Esa es una cuestión que dejo en el aire, pero que no voy a afrontar aquí. Mi propósito pasa por incidir en una cuestión que es previa y que se mueve en una esfera más propiamente lingüística. Y es que creo que la clave de todo este asunto no está tanto en la pretendida normalización escrita del andaluz, sino en los contenidos doctrinales que supuestamente la fundamentan. Y son tales contenidos doctrinales los que constituyen un ejercicio de irresponsabilidad y de completa falta de respeto a la realidad histórica y lingüística de Andalucía. ¿La lengua que se habla en Andalucía necesita realmente una normalización escrita específica, diferente de la que se maneja hasta ahora? O, dicho de otra forma y yendo ya al meollo del asunto: ¿en Andalucía existe una lengua propia (el andaluz), que es la que se habla, mientras que la lengua que se escribe —que aquí daré en llamar castellano— es un idioma diferente, ‘extranjero e impuesto’ a la población andaluza? Mi respuesta a ambas preguntas es radicalmente negativa, y expondré en las páginas que siguen sólo una parte de las múltiples pruebas que así lo atestiguan. En mi opinión, una vez desmontada la fanfarria ideológica que sustenta los llamamientos a una reforma ortográfica, la frivolidad de tal ejercicio quedará al descubierto por sí misma.
En la medida de lo posible, procuraré adoptar un estilo alejado de la terminología y los tecnicismos propios de la lingüística actual. Sin embargo, no siempre es fácil conjugar claridad y rigor. En caso de conflicto, mi voluntad es optar por el rigor. Emplearé el término ‘fónico’ para no entrar en el debate técnico de si los rasgos se mueven en un plano fonético o en el fonológico (en realidad unos rasgos son sólo fonéticos, otros fonológicos y otros podrían ser dudosos; pero eso aquí no interesa). De igual manera, en un tratado académico habría que hablar de fonemas, alófonos, consonantes implosivas, etc., y habría que usar los signos de transcripción pertinentes. Yo intentaré aquí prescindir de todo ello, en la medida de lo posible. Aunque en términos científicos resulta una evidente impropiedad, hablaré siempre de ‘sonidos’, y usaré las grafías de las normas ortográficas convencionales. Esto no es una publicación académica, ni va dirigida a especialistas. Así que creo que tales decisiones facilitarán la comprensión a quienes, desde campos ajenos a la lingüística, se mantienen al tanto en la polémica en curso.
2. DIEZ TESIS SOBRE LAS HABLAS ANDALUZAS.
1. Andalucía no necesita tener un idioma nacional propio y exclusivo para ser una nación. No hace falta ir por ahí buscando tres pies al gato o resucitando fantasmas. Esgrimir la existencia de una lengua andaluza no ligada al castellano supone una mixtificación de la realidad que, más que ayudar, perjudica (y mucho) al movimiento nacionalista.
2.
Atribuir un origen mozárabe u otro similar a la lengua hablada en Andalucía es
científicamente insostenible. Eso sólo se puede decir apoyándose en la
ignorancia o en algo peor. La lengua hoy hablada en Andalucía procede
históricamente de la que trajeron con la conquista los repobladores oriundos de
distintos reinos cristianos (Castilla, León, Navarra y Aragón). No hay que
rasgarse las vestiduras por ello. La verdad no es ni buena ni mala; simplemente,
tozuda.
3.
No hay argumentos para considerar la gramática del andaluz como ajena a la que
comparte (dentro de los márgenes propios de la variabilidad inherente a un
idioma plurinacional) toda la comunidad castellanohablante. Las presuntas
especificidades gramaticales del andaluz, o bien no son tales, o bien son fruto
de la evolución en el plano fónico. En los apartados que siguen no voy a tratar
apenas cuestiones relativas al vocabulario (¡había que cortar por algún
sitio!), pero puedo asegurar sin temor a equivocarme que las cosas ahí van más
o menos por el mismo camino.
4.
Porque las cosas no son necesariamente o blancas o negras, el negar la
existencia de un idioma andaluz no impide afirmar que sí dispone de lo que daré
en llamar aquí un ‘hecho lingüístico diferencial’. Ese hecho diferencial viene
determinado esencialmente por el componente fónico, donde hay una serie de
rasgos comunes a la práctica totalidad de las hablas andaluzas, sin más
excepciones que unos pocos enclaves fronterizos. Esos rasgos son la pérdida de
s implosiva y la no existencia de una s alveolar inscrita en el orden fónico
palatal. O sea, en andaluz la s, o no existe (ceceo), o forma parte del orden
fónico dental. Los dos rasgos señalados tienen luego concreciones diversas, pero
mantienen siempre ese trasfondo común subyacente. Y ambos son suficientes para
cohesionar la pluralidad lingüística de Andalucía, y marcar la distancia que
media respecto de otras hablas peninsulares. Las hablas de Canarias, aunque con
muchos aspectos en común con las andaluzas, disponen también de componentes
propios que les conceden una impronta particular. Y lo relativo a las hablas de
América requeriría un análisis específico que no viene ahora al caso porque
carece de relevancia para el debate en curso. Así que, en el marco geopolítico
del estado español, la nación andaluza tiene una manera propia de hablar que es
reconocida como tal dentro y fuera de sus fronteras. En definitiva: idioma
andaluz, no; pero tampoco es cierto que la unidad de las hablas andaluzas
proceda sólo de la metaposición del castellano general.
5.
Aparte de los dos rasgos fónicos citados más arriba, hay varios más. En los
apartados que siguen a estas Tesis se van a tratar sólo unos pocos, pero eso no
quiere decir que reste importancia a los que han sido omitidos por razones de
espacio. La distribución, alcance y aceptación de todos ellos son bastante
dispares, y en su conjunto configuran un complejo mosaico a lo largo y ancho
del territorio y la población de Andalucía. En cualquier caso, ninguno de estos
rasgos alcanza ya el grado de amplitud y generalidad de los anteriormente
reseñados, por lo que sería temerario y reduccionista pretender elevarlos a la
categoría de componentes identificadores de toda modalidad vernacular andaluza.
6.
Se disponen actualmente de datos suficientes como para fijar, siquiera sea de
modo aproximado, la cronología de muchos rasgos fónicos del andaluz. Aquí se
pondrá de manifiesto, por ejemplo, cómo algunos de esos rasgos (los más
antiguos) proceden ya de la lengua traída por los cristianos tras la conquista.
Otros rasgos, sin embargo, son fruto de innovaciones aparecidas con
posterioridad, en fechas que podríamos considerar relativamente recientes.
7. Sin negar la incidencia que tiene la presión de la norma idiomática centropeninsular a través de vías tales como la escolarización y los medios de comunicación, lo cierto es que son otros factores, y muy particularmente la oposición campo/ciudad, los que determinan en mayor medida las actitudes y creencias sociolingüísticas de los rasgos presentes en las distintas hablas andaluzas. Los fenómenos incorporados a la modalidades urbanas gozan de más prestigio o, al menos, de más aceptación; los rasgos presentes esencialmente en el mundo rural están más expuestos a una valoración negativa y, por tanto, a la estigmatización. Esta es la causa de la diferente valoración sociolingüística que se detecta entre el seseo y el ceceo. En la misma línea hay que situar la práctica generalización del yeísmo. Por eso, si alguien mantiene en su discurso oral la distinción normativa entre ll/y se expone muy probablemente a ser tildado de ‘cursi’, y no sólo en Andalucía; lo cual no deja de ser también una forma de estigmatización.
8.
El esquema que algunos manejan, por el cual hay que distinguir entre ‘lengua
andaluza’, ‘andaluz (dialecto del castellano)’ y ‘castellano hablado en
Andalucía’ es algo más que un mero ejercicio de demagogia barata. Es uno de los
más burdos ejemplos de deformación teratológica que han podido engendrarse en
los últimos milenios. Y es que, amén de su falsedad, establece una jerarquía
cualitativa entre las modalidades vernaculares de los andaluces. Con la excusa
de ‘defender lo nuestro’ lo que se hace en realidad es marcar las diferencias
entre andaluces de primera, de segunda y de tercera. Cuando uno se encuentra
con teorías científicas con las que no está de acuerdo, ha de poner los medios
para refutarlas con respeto. Pero en casos como éste, hay que armarse con todos
los instrumentos que otorga la razón y atacar con plena contundencia. No para
convencer al oponente (que suele ser inconmovible), sino para prevenir a
quienes potencialmente pueden verse engañados por sus fuegos de artificio.
Reconozco que a lo largo de este escrito voy a ser bastante vehemente,
sarcástico y muchas cosas más. Sin que sirva de descargo o de
autojustificación, diré que no suele ser mi estilo. Lo que ocurre es que no me
siento en la obligación de tratar con cortesía a quien difunde unas paridas
que, como andaluz y como lingüista, considero un insulto en toda regla.
9.
Concedo a los términos una finalidad estrictamente operativa y no creo que sea
muy provechoso enzarzarse en polémicas nominalistas. Ahora bien, también
considero de estricta coherencia un pronunciamiento explícito sobre cuál es la
denominación que considero más apropiada para la modalidad lingüística de
Andalucía. Rechazo las denominaciones de ‘idioma andaluz’, ‘lengua andaluza’ y
otras por el estilo, porque no se corresponden con la realidad; nuestra
idiosincrasia lingüística está integrada, sin menoscabo de su especificidad,
dentro del conjunto plural de la comunidad castellanohablante. Tampoco creo muy
oportuno usar la expresión ‘español hablado en Andalucía’, que algunos
profesores de las universidades de Sevilla y Córdoba han reivindicado
recientemente. Y conste que, al margen de lo de ‘castellano’ o ‘español’ (que
forma parte de otro debate, no de éste), se trata de una denominación bastante
neutra y aséptica. Ahora bien, el problema no reside tanto en el nombre en sí
mismo como en los argumentos, de fuertes connotaciones subliminales, que
emplean quienes lo esgrimen. Así pues, la opción por la que me inclino es
‘hablas andaluzas’. Ahora bien, como ya he indicado que me parece inútil andar
con maximalismos en materia terminológica, daría por buenas otras etiquetas
(‘dialecto andaluz’, ‘habla andaluza’, ‘andaluz’, etc.) siempre que estemos de
acuerdo en qué es lo que estamos denominando. En ese sentido, ‘hablas
andaluzas’ es el término que da menos pie a la confusión, y por eso es el que,
al menos hasta hace bien poco, mayor consenso ha suscitado entre los expertos.
Reconoce la existencia de un determinado nivel de unidad interna, que las
distingue del resto de hablas con las que comparte una misma comunidad de lengua.
Al mismo tiempo, da cuenta de la poliédrica realidad lingüística andaluza, sin
establecer ninguna perniciosa jerarquía cualitativa entre modalidades. Una vez
más: unidad dentro de la diversidad. Sé que muchas personas, por motivos
respetables, se sienten molestas con el uso del plural, y por eso he dejado la
puerta abierta a otras alternativas. Pero deben comprender que las etiquetas en
singular dan pie a una errónea identificación de lo andaluz con sólo una parte
de nuestra realidad lingüística, excluyendo de manera inicua otra parte.
Curiosamente, la exclusión suele morder siempre en el mismo lado: en el levante
de nuestra nación. Son muchas y muy graves las amenazas como para tomárselas a
broma. Por eso hay que decir muy alto y muy claro que no hay ningún argumento
ni científico ni político para ese tipo de exclusiones. Si es que de verdad se
puede hablar de ‘rangos’ en esta materia (cosa que dudo mucho), que nadie
lamente que lo que se habla en Andalucía no tenga rango de idioma, ni siquiera
de dialecto, y tenga que conformarse con la calificación de ‘entramado de
hablas’. La dignidad de Andalucía no depende de eso, lo mismo que ni Copérnico
y Galileo mermaron un ápice la dignidad de la especie humana por negar que
viviéramos en el centro del universo. Darse cuenta de esa realidad y asumirla,
sin estériles lamentos que no tienen ninguna razón de ser, constituye un
requisito ineludible de madurez y responsabilidad en la difícil lucha por la
liberación nacional de Andalucía. Lo contrario sería comulgar con la mentira,
que suele ser el camino más directo hacia el desastre.
10.
La distinción entre andaluz oriental y andaluz occidental, que ha sido
tradicionalmente una manzana de la discordia en el estudio de las hablas
andaluzas, ha impedido prestar más atención a otras muestras de la pluralidad
lingüística de nuestro país. Entre el oriente y el occidente andaluz hay,
ciertamente, diferencias lingüísticas objetivas (sólo parcialmente tratadas
aquí), y tienen además justificaciones históricas bien precisas: las diferentes
características de la población colonizadora, el hecho de que muchos de los
rasgos fónicos andaluces tuvieran su foco originario e irradiador en Sevilla,
etc. Pero que nadie intente sacar conclusiones políticas espurias de esto.
Primeramente porque las fronteras lingüísticas y las pretendidamente políticas
no coinciden en absoluto (especialmente por lo que se refiere a las comarcas de
las actuales provincias de Córdoba y Málaga). Y segundo porque, lo mismo que
hay diferencias —en virtud de ciertos criterios— entre el andaluz oriental y el
occidental, hay también diferencias —en virtud de otros criterios no menos
válidos— entre el andaluz de la costa y el del interior. Por ejemplo: el habla
de Salobreña es, en muchos aspectos, más parecida al habla de Barbate que a la
de la capital de su provincia. Y hay diferencias entre el habla de la sierra y
la de la campiña, y el habla de las ciudades y la de los ámbitos rurales, etc.
Y todas, todas esas hablas, son igualmente andaluzas, porque todas ellas, en
tanto que modalidades vernaculares presentes por derecho propio en nuestra
tierra, forman parte del patrimonio común del pueblo andaluz en su conjunto.
3. EL MITO DE LA IDENTIDAD LENGUA-NACIÓN.
Desde hace aproximadamente dos siglos
los movimientos nacionalistas europeos, independientemente de su signo, han
apelado a factores lingüísticos como base de sus reivindicaciones políticas. En
su posición extrema, se llegaba (y aún se llega muy frecuentemente) a una
expresa identificación entre comunidad nacional y comunidad de lengua. Es
decir, se asume que un territorio adquiere el rango de nación si dispone de una
lengua propia, elevada al rango de ‘lengua nacional’. En el ‘mejor de los
casos’, ha de ser diferente de la de los territorios vecinos. La presencia de
otras lenguas en el seno del país se entiende entonces como un peligro para la
cohesión nacional, por lo que se propugna una política lingüística encaminada
hacia la plena homogeneización monolingüe del país. Reconozco que he
simplificado bastante, pero creo que cualquier lector avezado puede reconocer
en estos breves trazos la doctrina transmitida por muchos movimientos
nacionalistas, ya sean de izquierdas o de derechas, con vocación democrática o
abiertamente totalitarios, de naciones oprimidas o de estados ya constituidos.
La ecuación que se maneja es siempre la misma: a una nación le corresponde una
y solo una lengua. A lo que se añade como corolario: si no se tiene una lengua
nacional, no se es nación. Lo que ha variado históricamente han sido la capacidad,
los medios y la efectividad en la puesta en práctica de lo que dicha ecuación
implicaba.
La identificación entre lengua y nación
se remonta esencialmente al pensamiento ilustrado que desembocó en la
Revolución Francesa, y termina de configurarse durante el Romanticismo.
Probablemente el máximo exponente de esta línea de pensamiento fue el obispo
francés Enrique Grégoire, para quien una nación se construía sobre la base de
una educación unitaria en una lengua común. Esta doctrina se ha seguido en
Francia a rajatabla desde la época napoleónica, y otros muchos estados europeos y americanos han fijado su
política lingüística (con éxito desigual, eso sí) a imitación de la francesa.
De ahora en adelante, llamaré a esa doctrina, simplemente para entendernos, ‘la
solución francesa’.
La solución francesa, aunque
justificable y bienintencionada en el lugar y momento en que nació, ha sido a
la postre tremendamente perniciosa por lo que ha supuesto de instrumento
legitimador de la vulneración de los derechos lingüísticos (y no se olvide que
los derechos lingüísticos no son ‘derechos de las lenguas’ ni ‘derechos de las
naciones’, sino derechos de las personas). Los idiomas minoritarios de Francia
han sido reprimidos hasta su práctico exterminio, en América la oligarquía
criolla dirigente la esgrimió como coartada para la opresión de la población
indígena, y no hace falta recordar aquí los efectos del nacionalismo
españolista (y no sólo durante el franquismo) en los Países Catalanes, País
Vasco y Galicia. Los ejemplos podrían multiplicarse hasta casi el infinito.
Lo dicho hasta aquí ya sería bastante
para poner en cuarentena la pretendida identidad lengua-nación, pero es que hay
además otro dato tremendamente revelador: se trata de una identidad
empíricamente falsa, sencillamente porque la historia de los pueblos es mucho
más compleja de lo que estipulan los añejos esquemas de los ideólogos de la
Ilustración. No existen en nuestro planeta territorios en los que se pueda
establecer una correspondencia biunívoca entre comunidad nacional y comunidad
de lengua. Las únicas excepciones que se podrían esgrimir al respecto son dos
casos aislados (aislados en sentido literal, pues se trata de islas: Islandia y
Malta). Pero ambos son susceptibles de ciertas matizaciones, prolijas de
detallar aquí, que les restan valor como contraejemplos. Es más, tampoco
abundan los casos de naciones esencialmente monolingües, y cuando se documentan
(Portugal o Uruguay) vemos que su lengua tiene un alcance internacional. Lo
común es hallar naciones plurilingües que cuentan con la presencia en su
territorio de varias lenguas y lenguas plurinacionales presentes en varias
naciones. Y ambos fenómenos no son excluyentes entre sí, ni mucho menos. Dicha
situación se muestra particularmente evidente en continentes como África y
Asia, donde además las fronteras de los estados actuales son en buena medida
imposiciones artificiales derivadas del colonialismo, y donde la idea de nación
rara vez tiene un fácil acomodo en el marco de los patrones culturales e
ideológicos autóctonos. Los movimientos nacionalistas modernos han de tomar en
consideración todos estos hechos y no caer en los errores del pasado.
¿Cuáles han sido las repercusiones de
la solución francesa en el seno del debate sobre la cuestión nacional andaluza,
al menos en las últimas décadas?. A mi juicio, las reacciones más llamativas
han sido esencialmente dos. Por un lado, el adoptar una actitud compungida y de
complejo de inferioridad. Partiendo del reconocimiento de que Andalucía no
tiene una ‘lengua nacional’ propia y diferenciada, se concluye que la
construcción nacional andaluza se ve condenada al fracaso, o al menos
definitivamente lastrada. Sólo puede dar lugar, dicen, a una nacionalidad de
segunda categoría. Lo triste no es que esta posición haya sido manejada, más o
menos abiertamente, por las fuerzas comprometidas con el españolismo. No cabría
esperar otra cosa, y no hay que remontarse siquiera al proceso que desembocó en
el inefable referéndum del 28-F. Lo triste es que, por propia experiencia, he
podido constatar tal actitud también entre ciertos sectores del nacionalismo
radical, que lamentan la falta en Andalucía de una lengua propia que sirviera
de ‘banderín de enganche’ (si se me permite la expresión) para ampliar la base
social del movimiento. El segundo efecto es en apariencia contrario, pero
responde a un mismo punto de partida. Se trata de proclamar que Andalucía sí
tiene una lengua diferenciada. Desde este supuesto, la defensa y reivindicación
de la lengua andaluza (presuntamente sojuzgada por la imposición del castellano
por parte del estado español) ha de servir, pues, para dar plena carta de
naturaleza a las reivindicaciones nacionales de nuestro pueblo. Los
llamamientos a escribir ‘en andaluz’ y las pretendidas reformas ortográficas
encaminadas en tal dirección se sitúan claramente dentro de estas coordenadas.
Dicho con todo sosiego, pero con la debida contundencia, adoptar esta postura
supone cerrar los ojos a la realidad y ofrecer una interpretación distorsionada
de la verdadera situación lingüística de Andalucía.
Frente a los dos efectos reseñados, la
alternativa correcta pasa, en mi opinión, por rechazar definitivamente el mito
de la identidad lengua-nación, y por tanto asumir que la reivindicación
nacional andaluza no está sometida de ningún modo a su dictado. Obsérvese que
con ello no estoy negando la pertinencia de los hechos lingüísticos en los
movimientos de liberación nacional. Simplemente estoy señalando que dicha
pertinencia debe ser analizada desde una perspectiva diferente, mucho más
acorde con las evidencias. Reconozco que el debate sobre este campo sigue
abierto, pero soy de la opinión de que, en contra de lo que decía el obispo
Grégoire y quienes después lo siguieron, la existencia de una lengua propia no
es ‘causa’, sino ‘consecuencia’, del proceso de construcción nacional de un
pueblo. Dicho con un ejemplo concreto: no es que las reivindicaciones
nacionales de los Países Catalanes estén motivadas por la existencia de la
lengua catalana; es que la lengua catalana existe como fruto de una trayectoria
histórica específica de los Países Catalanes. Y es esa trayectoria histórica, y
no la lengua, la que fundamenta su identidad nacional. Por eso, los vínculos
entre lengua y nación no son mecánicos, ya que esa identidad nacional puede
cimentarse también sobre otros factores, incluso aunque la especificidad
lingüística se encuentre totalmente ausente. Uruguay no necesitó una lengua
propia para independizarse de Argentina; Suiza es hoy día una nación plenamente
reconocible como tal a pesar de que en su seno se hablan las lenguas de sus
poderosos vecinos; la mayor parte de la población irlandesa era ya, en el siglo
XIX, monolingüe de inglés, y no por ello dejó de luchar —como sigue luchando en
el Ulster— por su independencia de Gran Bretaña; y, en el lado contrario,
Serbia y Croacia son dos naciones distintas, a pesar de que comparten una misma
lengua, el serbocroata. ¿Hacen falta más ejemplos? Creo que no. Por tanto,
Andalucía no necesita una lengua propia para ser una nación, porque hay otros
muchos factores que permiten reconocerla como tal.
La superación de la identidad
lengua-nación tiene otra consecuencia importante. La cuestión no se plantea ya
en términos absolutos, de todo o nada, sino que se abre la perspectiva para
otras situaciones ‘intermedias’. El tener o no una lengua propia no agota la
cuestión del papel de los hechos lingüísticos en el ámbito de la construcción
nacional. La diversidad lingüística tiene muchas vertientes, y pertenecer a la
misma comunidad de lengua no significa de ningún modo hablar exactamente igual.
En este sentido, el pueblo andaluz, aun perteneciendo a una comunidad de lengua
plurinacional (con hablantes a uno y otro lado del Atlántico), sí dispone de
una modalidad lingüística con una serie de rasgos diferenciales que la dotan de
una personalidad propia. El origen y características de este hecho lingüístico
diferencial será el objeto de los próximos apartados.
4. EL MITO DEL ORIGEN PRE-CASTELLANO DE LA LENGUA
HABLADA EN ANDALUCÍA.
En ocasiones se ha esgrimido, a favor
de la existencia en Andalucía de una lengua propia, el argumento de que este
‘idioma’ tiene ya una antigüedad prácticamente milenaria, y que era hablado en
nuestra tierra mucho antes de su conquista por parte del Reino de Castilla. De
ese modo, la idea de la existencia de una ‘opresión lingüística’ se vería
reforzada: la lengua andaluza no procedería, según esto, del castellano, sino
que se habría visto injustamente desplazada por la aparición posterior
(‘superestrática’, en términos técnicos), de una lengua extranjera, impuesta
por la fuerza de las armas. Pues bien, nada más alejado de la realidad, como
intentaré demostrar a continuación.
Probablemente, el primer impulso de
quienes buscan unas raíces ancestrales a la lengua andaluza sería el de apelar
a unos orígenes árabes o bereberes, lo que de paso ayudaría a establecer una
continuidad entre la actual nación andaluza y la lejana Al-Andalus califal. Sin
embargo, esta posición cae por su propio peso a poco que se la mire dos veces,
y no merece la más mínima credibilidad. Todas las características de la lengua
de Andalucía apuntan abiertamente hacia un origen romance (procede, en última
instancia, del latín), y sus diferencias con las lenguas semíticas son tan
abultadas en todos los órdenes que difícilmente puede haber alguien tan
delirante como para establecer esa filiación. Por supuesto, hay constancia de
un intenso contacto con la lengua árabe, pero está circunscrita casi
exclusivamente al plano del vocabulario. Y, lo que es más importante, dicha
constancia se encuentra en todo el dominio castellanohablante (donde se calcula
que hay en torno a 4.000 raíces léxicas de origen árabe), y no es exclusiva del
andaluz. A lo sumo, se puede hallar que, cuando existen pares de sinónimos del
tipo ‘origen árabe/otro origen’, en alguna que otra ocasión el arabismo tiene
una mayor frecuencia de uso en nuestra tierra que en otros lugares: azogue frente a mercurio; arrayán frente
a mirto; alhucema frente a espliego
y lavanda; etc. Pero estas muestras
anecdóticas tienen una relevancia estadística completamente nula para actuar
como eje vertebrador de la diferencia entre andaluz y castellano. Y esta
situación es muchísimo más acusada por lo que respecta al bereber, del que, por
lo demás, tenemos muy pocos datos sobre cómo era hace mil años. De cualquier
modo, parece que son pocas las palabras de nuestra lengua a las que se les
puede atribuir ese origen, y en muchas de ellas siempre con dudas sobre si son
realmente bereberes o árabes. Es lo que ocurre, por ejemplo, con pil-pil, que podría proceder del bereber
félfel (guindilla), pero también del
correlato árabe, que tiene una pronunciación semejante.
Lo dicho hasta aquí conduce una
conclusión evidente: de origen árabe o bereber para el andaluz actual, nada de
nada. Esto habría agotado el debate si no hubiera sido porque los alquimistas
del origen milenario del andaluz han encontrado su particular piedra filosofal:
el mozárabe. Sin esgrimir más argumento que su propia convicción, lo proclaman
no ya como antecedente más o menos pretérito y difuso, sino incluso como una
prueba de la existencia de la lengua andaluza (en una forma más o menos próxima
a la actual) desde mucho antes de que las tropas extranjeras de Fernando III
hollaran nuestra tierra y nos impusieran el castellano a punta de lanza. Ya he
tenido la desgracia de leer algo de esto incluso en esta misma lista, y quien
lo contestó mostró la prudencia propia de quien no se siente capacitado para
emitir una opinión. Yo, por mi parte, sí me siento plenamente capacitado para
decir que establecer cualquier filiación entre el mozárabe y la lengua
actualmente hablada en Andalucía es un manifiesto despropósito, que sume en el
más espantoso de los ridículos a quienes pretenden defenderlo. Es algo así como
afirmar que la lengua hoy mayoritaria de Méjico no llegó de Europa, sino que
era hablada allí ya en época precolombina. Eso me importaría un bledo (¡allá
cada cual con sus disparates!) si no fuera porque de cara al exterior tales
soflamas enturbian y deterioran seriamente la imagen de quienes luchan por
defender la dignidad del pueblo andaluz, su realidad y su historia, sobre la
base del respeto a la verdad. Puede que a alguien eso le produzca risa; a mí me
produce indignación.
La demagogia pseudo-mozarabista cuenta
aquí con una gran ventaja: es poco lo que se sabe del mozárabe, y son pocos
quienes lo saben. Ese desconocimiento general favorece el que rara vez sean
rebatidas sus tesis en los círculos políticos del nacionalismo andaluz. No
obstante, sí se sabe ya lo suficiente como para tener la completa seguridad de
que la lengua andaluza no procede de ahí, y por eso ningún foro científico
mínimamente serio la contempla como una alternativa que merezca ser tomada en
consideración. Como esto no es un foro científico, y no quiero que se me acuse
de no justificar mi posición, sí me voy a tomar la molestia, para quien quiera
seguir leyendo, de explicar pormenorizadamente el porqué de este frontal
rechazo. No pretendo en este escrito apabullar con bibliografía, y procuraré
evitar las referencias librescas en la medida de lo posible. Ahora bien,
quienes sinceramente deseen recabar información fidedigna y rigurosa sobre la
lengua mozárabe pueden consultar los trabajos disponibles de Álvaro Galmés de
Fuentes, Diego Catalán, etc., amén de rastrear por el siempre reconfortante
diccionario etimológico de Corominas (a quien nadie pudo nunca acusar de
españolismo) y Pascual.
Los mozárabes eran los pobladores
cristianos (en su mayoría de origen hispano-romano) que, durante la época
musulmana, seguían viviendo en Al-Andalus. Hasta aquí, todos de acuerdo. Llega
ahora la primera precisión: su distribución geográfica en absoluto coincidía
con las fronteras actuales de Andalucía; lugares como Toledo, Zaragoza,
Valencia o Murcia, entre otros, contaron con comunidades mozárabes muy
representativas. Al margen de episodios aislados (como la revuelta liderada por
Álvaro en Córdoba) durante la época califal los mozárabes vivieron en paz con
los musulmanes: podían mantener con normalidad sus propiedades y actividades
económicas, eran respetados sus cultos religiosos (condicionados, a lo sumo,
por una imposición fiscal), etc. Pero, por encima de todo, lo que hay que
destacar es que los mozárabes mantenían su cohesión como grupo social diferenciado.
Ahora bien, tras la caída del califato la situación cambió sustancialmente. La
identidad socio-cultural de los mozárabes se fue disolviendo: en el norte de la
península, los mozárabes se iban integrando entre la población de los reinos
cristianos conforme iban estos avanzando en la conquista; en el sur, fueron
adoptando paulatinamente las costumbres, la lengua y, en muchos casos, también
la religión de los musulmanes. Las invasiones de los almorávides y los
almohades precipitaron definitivamente dicho proceso. Los nuevos gobernantes de
esas tribus norteafricanas no eran precisamente tolerantes en materia
religiosa, e impusieron un proceso radical de islamización. Los mozárabes que
aún tenían conciencia de serlo sólo disponían de dos alternativas: o emigrar
hacia los reinos cristianos o convertirse al Islam y renunciar a cualquier
manifestación de rasgos culturales distintivos. En cualquiera de los casos, el
resultado era el mismo: su pérdida de señas de identidad y su desaparición como
colectivo social propiamente dicho. Por eso, no hay constancia histórica de que
existieran comunidades mozárabes, en sentido estricto, cuando Fernando III
emprendió la conquista del Valle del Guadalquivir (mientras que sí la había
cuando se conquistó Toledo, por ejemplo), ni durante todo el período nazarí del
reino de Granada. Había, sí, mozárabes, o descendientes de mozárabes. Pero,
aparte de una exigua minoría que conservaba su religión y sus ritos litúrgicos
latinos, en todos los demás aspectos (incluido el de su lengua oral) estaban
confundidos ya por completo entre el conjunto de la población
arábigo-andaluza. Los mozárabes, como
pueblo, eran ya para entonces una realidad extinguida.
Nada debe extrañar este proceso,
totalmente análogo al que otros colectivos minoritarios sufrieron en lugares y
momentos diversos de la historia. Recuérdese, sin ir más lejos, la situación de
los moriscos en los reinos cristianos desde la Baja Edad Media hasta el decreto
de expulsión de 1611. Parafraseando el título de un ilustrativo libro de Elena
Pezzi, fueron muchos ‘los moriscos que no se fueron’. Pero quienes se quedaron
perdieron totalmente su ya mermada identidad como colectivo diferenciado. Y eso
que, en este último caso, hubo un grupo de ‘irreductibles’; moriscos que se vieron
obligados a abandonar su lugar de residencia, pero que, en vez de emigrar a
África, adoptaron una vida nómada. Fueron los ancestros de los actuales
mencheros (una minoría étnica que sólo sale en televisión para ser confundida
erróneamente con la etnia gitana, o para hacer referencia a Eleuterio Sánchez,
otrora mal llamado ‘El Lute’). La población menchera se ha mantenido en buena
medida al margen de la sociedad dominante, y ha conservado una identidad
específica. Ahora bien, ¿habla la lengua de sus antepasados: el árabe o el
bereber? No, habla castellano, y desde hace muchas generaciones. Entonces,
¿cómo podría haber sobrevivido hasta nuestros días la lengua mozárabe, cuando
la realidad social de su colectivo hablante se extinguió hace más de siete
siglos?
Pero dejemos ya los argumentos de base
histórica, que, con ser muy importantes, no ocupan la prioridad de este texto.
Vayamos a las evidencias más estrictamente lingüísticas. Como ya he dicho
antes, de la lengua mozárabe se sabe bastante poco, debido a la parquedad de
testimonios. Los mozárabes usaban para el registro escrito, como no podía ser
de otro modo, las lenguas de prestigio de su entorno: mayoritariamente el
árabe, ocasionalmente el latín. Ahora bien, se han conservado otros vestigios
que nos ofrecen una información valiosa: por una parte, ciertos testimonios
transmitidos por fuentes árabes, entre los que destacan unos maravillosos
ejemplos de lírica popular (las jarchas); por otra, los topónimos
(denominaciones geográficas), que figuran tanto en nombres conservados
actualmente como en los libros de repartimientos que elaboraban los cristianos
tras la conquista de un territorio. Pues bien, aunque estos testimonios no
permiten reconstruir la lengua mozárabe en su conjunto, sí nos ofrecen datos
sobre algunos de sus rasgos lingüísticos determinantes.
La lengua mozárabe se encontraba muy
fragmentada dialectalmente, y aún no claramente diferenciada de lo que sería el
estadio de un proto-romance. Todo lo cual estaría justificado por tratarse de
una comunidad lingüística heterogénea, en situación de minoría dentro de su
territorio y con escasa comunicación entre colectivos de distintas ciudades y
comarcas. No obstante, habría algunos fenómenos constantes, o ampliamente
generalizados: el morfema -el para el
diminutivo (véanse, por ejemplo, los topónimos Rosel, Chirivel, Turruchel, etc.); el sufijo derivativo -eiro/a (ahí están Capileira, Pampaneira, Beiro, etc., que ciertas opiniones mal
informadas atribuyen a una ‘fantasmagórica’ colonización gallega de Granada y
la Alpujarra); ciertas soluciones divergentes del castellano en cuanto a
diptongación y palatalización, etc. Pues bien, la pregunta clave es la
siguiente: ¿cuántas características del andaluz actual coinciden con esos
rasgos de la lengua mozárabe, o pueden entenderse como fruto de una evolución
lingüística de ellos? La respuesta es bien sencilla: ninguna. La
caracterización de las hablas Andaluzas de hoy encuentra fácil explicación si
se toma como punto de partida evolutivo el castellano, y nos conduce a un
callejón sin salida si se parte del mozárabe. Porque, ¿quién puede documentar
que en algún lugar de Andalucía se llame al pozo puche, al pantano padul,
al cauce del río chuche, a los ojos uellos, a la encina charche, a la piedra pitra,
al castillo castel, ...? ¿Quién usa
el arabismo habibi para hablar de un
amigo? En el lado contrario, la palabra jurel
es uno de los pocos mozarabismos que ha pervivido hasta nuestros días. Pues
bien: ¿quién en su sano juicio se atreve a decir que es una palabra exclusivamente
andaluza, ajena al vocabulario general del castellano?
Podría traer aquí muchas más
evidencias, pero creo que estas son más que suficientes para desterrar, con
base en los hechos y no en las elucubraciones, cualquier posible pretensión de
hacer derivar las hablas andaluzas del mozárabe. Claro que la demagogia
pseudo-mozarabista cierra los ojos a todo esto (si es que alguna vez se molestó
en abrirlos). Le basta con autoconvencerse de su propia falacia para, a fuerza
de repetirla, esperar que se haga verdad.
Descartado un origen mozárabe de la
lengua hablada en Andalucía, ¿qué alternativa queda? Sencillamente, el
castellano. Esa es la solución más simple, natural y evidente. Nos guste o no,
los andaluces de ahora somos mayoritariamente descendientes y herederos
directos de los conquistadores cristianos, y de ahí procede la lengua que
tenemos. La separación que media entre el castellano centropeninsular y nuestra
forma de hablar no tiene su origen en la pervivencia de estadios lingüísticos
precastellanos, sino que es consecuencia de innovaciones aparecidas con
posterioridad a la conquista. En absoluto se puede decir que el andaluz es una
modalidad lingüística de antigüedad milenaria; por el contrario, lo que habría
que destacar ante todo es su ‘modernidad’. E incluso me atrevería a decir que
algunos de sus rasgos más llamativos son, en términos evolutivos, sumamente
recientes, y están en un proceso de expansión más que de recesión. Y que conste
que esto ni le da ni le quita un ápice de mérito al pueblo andaluz y a su
lengua; sencillamente porque los hablantes no disponen de una percepción
directa del desarrollo histórico de su idioma. Cuando hablan de una manera no
se preguntan si esa forma de hablar tiene veinte, doscientos o dos mil años de
antigüedad. ¡Ni falta que hace! Ahora bien, cuando hay quien se atreve a decir
barbaridades tales como que el andaluz es una lengua ancestral que está
sufriendo desde hace siglos el ataque de la imposición del castellano, entonces
hay que responder sin ambages para poner las cosas en su sitio.
5. ALGUNAS PRECISIONES SOBRE LA CONQUISTA CRISTIANA
Y LA REPOBLACIÓN DEL TERRITORIO ANDALUZ.
Un análisis riguroso de las
características propias de las hablas andaluzas debe comenzar necesariamente
por un conocimiento detallado de las condiciones y características de la
conquista castellana, sencillamente porque eso será totalmente determinante
para la posterior configuración lingüística de nuestro país. Y esa conquista
tuvo dos grandes etapas, entre las que mediaron más de dos siglos. Por una
parte, está la ocupación del Valle del Guadalquivir y sierras aledañas por
parte de Fernando III, en la primera mitad del siglo XIII; por otra, la toma
del reino de Granada a finales del siglo XV. Entre medias, sólo hubo
actuaciones bélicas cuantitativamente menores (la conquista de Niebla por parte
de Alfonso X, la campaña de Alfonso XI en el campo de Gibraltar, etc.), por lo
que las fronteras entre cristianos y musulmanes mantuvieron una relativa
estabilidad durante un período considerable de tiempo.
A la conquista de las tropas cristianas
seguía de forma casi inmediata el asentamiento de colonos llegados del norte,
muchos de los cuales eran antiguos combatientes. La procedencia de los mismos
no era homogénea. En todo el valle del Guadalquivir se asentaron castellanos,
sí, pero también colonos procedentes de otros reinos cristianos, y en una
proporción desigual en cada zona. Así, en el curso alto y medio del río se
estableció un número considerable de navarros y aragoneses. En cambio, a la
baja Andalucía llegaron sobre todo habitantes del antiguo reino de León. Claro
que esto no fue por capricho, sino por pura lógica geográfica: unos entraban
por Despeñaperros, los otros por la Ruta de la Plata; el asentamiento se
producía en territorios que encontraban en su camino. Los descendientes de esos
colonos asentados en Andalucía fueron los que, dos siglos y medio después,
emprendieron mayoritariamente la colonización del reino de Granada. Pero de
nuevo con una distribución desigual. Las comarcas más orientales (hoyas de
Guadix y Baza, buena parte de la actual provincia de Almería, etc.) recibieron
pobladores procedentes sobre todo de los reinos de Jaén, Aragón y Murcia. El
centro y occidente del reino nazarí contó esencialmente con colonos llegados de
la baja Andalucía.
El proceso descrito tiene consecuencias
muy directas en el plano lingüístico, y es responsable de la distribución de no
pocas de las variantes que se detectan dentro del habla de Andalucía. Un
ejemplo: las localidades de Mures y Tózar se encuentran casi a tiro de piedra
una de otra. Sin embargo, se aprecian un buen número de diferencias en su forma
de hablar. Esas diferencias se explican por el hecho de que ambas localidades
estuvieron separadas por la frontera castellano-nazarí, y el origen de sus
respectivos colonos fue, en virtud de eso, sustancialmente diferente. Y éste es
sólo un testimonio de los muchos que podrían traerse a colación.
6. SOBRE LA GRAMÁTICA DE UN SUPUESTO ‘IDIOMA ANDALUZ’.
Fijadas las anteriores bases históricas, me detendré en el análisis de algunos de los principales rasgos que caracterizan el habla de Andalucía. Obviamente, no puedo detenerme en todos (eso haría eterna esta ya de por sí larga contribución), pero sí creo que son los más relevantes. Claro que antes se hace obligada otra precisión, para evitar malentendidos. Los rasgos que voy a analizar son de índole fónica (relativos a la pronunciación), sencillamente porque es en ese nivel de análisis en el que se mueve, si no todo, sí la mayor parte de lo que he dado en llamar antes ‘el hecho lingüístico diferencial’ de Andalucía. Y conste que con ello no quiero decir que el andaluz no tenga una gramática o un léxico. ¡Claro que los tiene; la gramática y el léxico del castellano! Quienes se empeñan en atribuir a Andalucía una realidad lingüística ajena al castellano hacen un esfuerzo ímprobo para mostrar la especificidad de la gramática, y, en menor medida, también del léxico del andaluz; probablemente sobre la base de que ‘encontrada la gramática’, la ascensión del andaluz a la ‘categoría de idioma’ es cosa hecha. Y en aras de una presunta normalización del andaluz se han elaborado ciertos esbozos gramaticales, como las notas que figuran en la página de internet mantenida por Gorka Redondo. Aquí, de nuevo, se impone hacer las debidas puntualizaciones.
Las notas mencionadas aspiran a ser un esbozo para una futura gramática normativa, no descriptiva. O sea, se nos dice cómo ‘deben hablar’ los andaluces, y no cómo ‘hablan’ realmente. Su finalidad es por tanto sancionar unas determinadas formas y usos como ‘andaluz correcto’ (o lo que es peor aún: ‘andaluz auténtico, o legítimo’). Las formas y usos que, pese a estar presentes en Andalucía, carecen de la bendición de la autoridad del gramático deben ser desterradas a la condición de ‘andaluz incorrecto’ en el mejor de los casos (en el peor: ‘castellanismos que amenazan la pureza de nuestra lengua’). Si Juan Porras, Gorka Redondo o cualquier otra persona quiere seguir ese camino, allá ellos. El tiempo dirá si la gente les hace caso o no. Simplemente les digo que esa imposición normativa tiene poco de lingüística, y sí mucho de política. Y quienes así actúan no lo hacen en su condición de lingüistas (aunque en ocasiones lo sean), sino en la de custodes linguae (‘guardianes de la lengua’), por usar una acertada denominación acuñada por Fishman. Y a mí, que ya me dan bastante repelús los guardianes de la lengua castellana (sobre todo si se revisten de presuntos lingüistas), me producen mucha más preocupación los aspirantes a guardianes del andaluz. Porque al fin y al cabo, el castellano está repartido por más de veinte estados, y las voces de los abanderados de la norma centropeninsular no llegan al otro lado del Atlántico. Ahora bien, Andalucía es un territorio más pequeño, carente de soberanía. En su seno, las implicaciones políticas de este tipo de actuaciones son mucho más manifiestas. Y hay que advertir que de decir que alguien ‘habla un mal andaluz’ (o ‘no habla andaluz’) a decir que ‘es un mal andaluz’ no va más que un paso.
Una consecuencia directa de lo anterior. Tal esbozo gramatical no se fundamenta en ningún corpus representativo (oral o escrito con la ortografía que sea) de la lengua documentada en todas y cada una de las comarcas andaluzas. Se parte de un apriorismo: hay que entresacar, de todo lo que se habla en Andalucía, lo que es estrictamente andaluz. El criterio que se sigue para ese deslinde no se hace explícito. Podría ser desde la mera preferencia personal y arbitraria del autor (en virtud o no de su propia competencia) hasta su percepción (intuitiva o fundamentada) de lo que es más común y frecuente en el conjunto del país. No obstante, la impresión que yo he sacado es que el criterio seguido principalmente es el mismo que, a mi juicio, se aplica también en las propuestas ortográficas: se opta, en cada apartado, por las formas y usos que, al menos en apariencia, más se alejan de la norma idiomática centropeninsular (identificada erróneamente con el ‘castellano estándar’). Claro que el resultado final es un constructo artificial, porque no hay ninguna comarca andaluza en la que confluyan de forma dominante y simultánea todas las soluciones gramaticales a las que se ha dado marchamo de ‘andaluz genuino’. En vez de buscar la lengua de todos, se nos quiere vender una lengua que no es de nadie.
¿Se
puede afirmar realmente que la gramática del andaluz mantiene una distancia
realmente sustancial con la del castellano? Después de haber leído
detalladamente el mencionado esbozo, me reafirmo en que no. Y conste que me
refiero al castellano en su realidad plurinacional y diversificada, no al habla
de un catedrático de Valladolid. Veamos, a grandes rasgos, cómo
pueden ser clasificados los distintos fenómenos gramaticales señalados por Gorka Redondo.
Por una parte, encontramos formas que
se hunden en las raíces patrimoniales del castellano, y que además no cuentan
con ninguna estigmatización en la esfera sociolingüística. Por ejemplo, la
construcción en + gerundio (‘en
llegando Miguel, me marcho’), con valor temporal de futuro. Para quien le
interese, diré que esta estructura cuenta con todas las bendiciones de la
gramática normativa de la Real Academia Española (gramática que, dicho sea de
paso, no se publica como tal desde 1931). De hecho, en muchos lugares del dominio
lingüístico castellano esta construcción es más propia de los registros cultos
que de los populares. Y por lo que respecta a Andalucía, en buena parte de ella
resulta, si no desconocida, sí al menos bastante extraña. Desde luego, será
difícil encontrarla en la mitad oriental, donde lo más general será, o cuando + subjuntivo (alternativa omitida
por el señor Redondo debido a su condición de ‘flagrante castellanismo’; ¡como
si las demás no lo fueran!), o la más popular de que + subjuntivo.
Un segundo grupo responde a
construcciones que también son patrimonio común, y antiguo, del castellano. Lo
que ocurre es que constituyen variables, dentro de una parcela inestable del
sistema gramatical, que no se corresponden con las de mayor uso en la norma
centropeninsular. Así, los pronombres átonos (le, la, lo) conservan en Andalucía mayoritariamente su uso
etimológico, lo que significa que en nuestra tierra es relativamente
infrecuente el leísmo (se dice: quiero
verlo, y no quiero verle) o el
laísmo (se dice: le di la mano a Pepa,
y no la di la mano a Pepa). Claro
está que el hecho de que nos alejemos de los usos mesetarios no quiere decir
que el andaluz se comporte aquí de un modo singular. Todo lo contrario, la
variante etimológica es también mayoritaria en otros puntos de la Península,
como Aragón, y desde luego en Canarias y en América. Y por lo que se refiere a
su tipificación normativa, tampoco pesa ninguna estigmatización. En cambio,
aunque el leísmo goza de aceptación académica desde antiguo, el laísmo ha recibido
siempre graves acusaciones de vulgarismo. Por cierto y ya que estamos en ello,
aquí habría que situar al menos dos rasgos gramaticales que se han señalado
como bastante comunes en el habla andaluza y que, salvo error mío, no figuran
en las notas gramaticales de Redondo. Uno es que, de entre las dos variantes
del imperfecto de subjuntivo (y en el auxiliar del pluscuamperfecto), en
Andalucía se usa mayoritariamente la terminada en -ra: cantara, frente a cantase. El otro rasgo es el valor
modalizador del diminutivo como mitigador del imperativo. Así, al decir dame un vasico de vino no se está
pidiendo de manera coactiva un vaso pequeño; se está pidiendo de manera cortés
un vaso de tamaño normal.
El tercer grupo es el más peliagudo.
Recoge, como los demás, construcciones que también tienen un origen castellano,
y están documentadas no sólo en Andalucía, sino en otros muchos lugares. Ahora
bien, lo que ocurre aquí es que son formas que perviven mayoritariamente en
ámbitos rurales y entre hablantes pertenecientes a un estrato socioeconómico
bajo. Esto ha determinado que tales formas hayan sufrido un fuerte proceso de
estigmatización sociolingüística: se las califica de ‘vulgarismos’,
‘incorrecciones’ y cosas aún peores. Aquí me limito a constatar el hecho, no a
justificarlo. Por lo demás, es casi una constante sociolingüística cuando se
produce una oposición bien reconocible entre el habla del campo y la de la
ciudad, entre la de las clases populares y las de un estrato socioeconómico
alto. Se pueden rastrear varios ejemplos a lo largo del presente documento.
Gorka Redondo y quienes se mueven en su misma línea hacen aquí una clara
apuesta en favor de los usos rurales (lo que, en principio, puede ser hasta
loable). Pero lo hacen de una manera totalmente equivocada, que conduce a un
resultado contrario del que se persigue. Y es que adoptan una actitud
maximalista y excluyente, por la cual desechan de nuestra realidad lingüística,
contra toda evidencia, las variantes que cuentan con respaldo normativo. El
caso paradigmático de todo esto es el de la secuenciación sintagmática de los
pronombres átonos (me se olvidó
frente a se me olvidó). Insisto en
que ambas alternativas están documentadas desde antiguo tanto dentro como fuera
de Andalucía, así que, desde el punto de vista descriptivo, una es tan andaluza
(o tan castellana) como la otra. Aquí no habría discusión ninguna si Gorka
Redondo y otros se hubieran limitado a decir que ellos colocan sistemáticamente
el reflexivo de tercera persona tras el de primera y segunda (me se, te se) porque no están de acuerdo
con la estigmatización a que se ve sometida esta variante, y quieren dignificar
en la escritura una opción que está ampliamente consagrada por el uso vernáculo
popular. En tal caso, se podría seguir o no su iniciativa, pero desde luego por
mi parte no habría lugar a ninguna crítica. Ahora bien, lo que dicen es algo
muy distinto. Del contenido del esbozo gramatical, y de las opiniones vertidas
ya en esta lista, se infiere que para ellos estas y otras construcciones estigmatizadas
constituyen la verdadera y genuina configuración de la gramática andaluza más
ancestral (pregunto yo: ¿de los mozárabes?), mientras que las variantes
normativas serían formas extranjeras, fruto de la imposición del castellano por
el españolismo que oprime secularmente la cultura autóctona andaluza. Pues
bien, seré claro: eso es una mentira como un templo; una más entre tanta
colección de patrañas.
He
dejado para el final un último grupo de rasgos gramaticales que sí podríamos
calificar de autóctonos. Tienen su origen en Andalucía, independientemente de
que desde aquí se hayan exportado o no a otros lugares del dominio
castellanohablante. En este grupo se incluyen la formación del plural de
nombres y adjetivos, un amplio número de desinencias verbales, etc. Ahora bien,
la especificidad de estas formas es consecuencia directa de procesos evolutivos
en el plano fónico. Sería estéril ponerse ahora a discutir si son formas
castellanas pronunciadas ‘a la andaluza’ o si son ya formas diferentes de las
del castellano. Lo que interesa es que son fenómenos gramaticales condicionados
fónicamente, y que aparecen como fruto de innovaciones a partir del castellano.
No cabe, pues, atribuirlas a estadios lingüísticos previos a la conquista
cristiana. Además, nos llevan a otra conclusión ineludible, que ya se ha
señalado antes. Por más que pueda levantar ampollas entre mis adversarios en
este debate, lo verdaderamente característico y singular de la lengua hablada
en Andalucía se encuentra, de forma primordial, en el ámbito de la
pronunciación. Los andaluces reconocemos a un compatriota o a un foráneo por su
forma de hablar no en virtud de cómo use los diminutivos, los demostrativos o
los pronombres átonos, sino por las características fónicas de su discurso. Y son
esas mismas características las que hacen reconocible nuestra manera de hablar
fuera de nuestras fronteras.
Por
todo lo expuesto, creo justificado concluir que los rasgos gramaticales
autóctonos de Andalucía, aunque son fundamentales para reconocer el hecho
lingüístico diferencial de nuestro pueblo, no tienen peso suficiente, en
términos cuantitativos, como para plantear que la gramática del andaluz haya
roto los vínculos que lo ligan al castellano. Al fin y al cabo, en todos los
dominios de la comunidad de lengua castellana existen diversos fenómenos
gramaticales derivados de las respectivas peculiaridades de pronunciación, e
incluso hay otros casos de envergadura no condicionados fónicamente (así, el
voseo rioplatense: vos sos en lugar
de tú eres). Pero, junto a estos
rasgos particulares, aparecen un número mucho mayor de fenómenos comunes, que
garantizan la intercomunicación y actúan como fuerza centrípeta que mantiene la
unidad (dentro de la diversidad) del idioma.
7. CRONOLOGÍA Y DISTRIBUCIÓN GEOGRÁFICA DE ALGUNOS
RASGOS FÓNICOS DE LAS HABLAS ANDALUZAS.
A continuación voy a proceder a
presentar, en virtud de los conocimientos hoy disponibles sobre la historia de
las hablas andaluzas, la cronología y la distribución —en términos aproximados
y sin entrar en excesivos detalles— de los que a mi juicio son algunos de los
rasgos fónicos más representativos. La ordenación de los rasgos es cronológica:
del más antiguo al más reciente. Y he de advertir que los datos relativos a
Baeza proceden de una investigación que realicé yo personalmente, y que se
recoge en un trabajo publicado hace ya varios años.
7.1. Aspiración de h
procedente de F latina y de j castellana.
La aspiración procedente de F latina (F
> h) es el rasgo fónico más antiguo de los consignados. Dicha antigüedad se
debe sencillamente a que no nace en Andalucía, sino que fue importado por los
cristianos que se instalaron tras la conquista. En la franja central del norte
de la península, la F latina sufrió (por probable sustrato de los pueblos cántabro-euskéricos,
que desconocían ese sonido) un proceso por el cual pasó a aspirarse y luego a
perderse: F > h > Ø. Ahora bien, en Asturias ese proceso no se dio, ya
que probablemente los pueblos astures sí conocían el sonido f. Por eso, en el
dialecto romance astur-leonés la F, o bien se conservaba (fabes, ‘habas’; de ahí fabada),
o bien, en las zonas más meridionales y en contacto con el castellano, se
aspiraba sin perderse (hondo, humo,
etc.). Por tanto, los pobladores de origen leonés que se instalaron en
Andalucía (esencialmente en la parte occidental) trajeron esa aspiración. Tras
la conquista del reino de Granada, la zonas del mismo colonizadas con
pobladores procedentes del occidente andaluz extendieron este rasgo por amplias
zonas de las actuales provincias de Málaga y Granada (hasta Lapeza y
localidades incluso más orientales).
La segunda parte del origen de este
rasgo nos leva al siglo XVI. En ese momento el castellano sufre una intensa
reorganización en su consonantismo, sobre todo por lo que se refiere a
consonantes palatales, alveolares y dentales: articuladas respectivamente en el
paladar, en los alvéolos (que es el espacio que media entre el paladar y los
dientes) y en los incisivos superiores. Esta reorganización, bien conocida y
sobradamente documentada, dio lugar a la desaparición de ciertos sonidos y la
aparición de otros. Entre los nuevos, destaca el sonido velar sordo que hoy se
escribe con j (jugar), que llegó como
sustitución de un sonido palatal. Pues bien, en las zonas de Andalucía en donde
se conservaba la aspiración procedente de F latina, la sustitución no se hizo
por j, sino por la aspiración ya existente. Las razones son bien sencillas:
aspirada y velar son dos sonidos articulatoriamente muy próximos, y con poca
distancia de seguridad entre ellos. Para la funcionalidad del sistema, la
‘fusión’ de la velar en la aspirada no suponía ninguna merma, y daba un
resultado más simple (un sólo sonido en vez de dos). El mantenimiento de la
velar habría dado lugar sin duda una estructura más inestable.
El que hoy día la aspiración procedente
de F latina esté en franco retroceso y amenazada de extinción, mientras que la
aspiración que sustituye a j goce de indudable vitalidad, no se debe a una
oposición castellano/andaluz (que habría amenazado todas las aspiradas, y no
sólo una parte), sino a una oposición campo/ciudad. La población de origen
leonés se instaló fundamentalmente en los núcleos rurales. En cambio, los
principales núcleos urbanos, y especialmente Sevilla, contaron con una proporción
más amplia de población castellana, a lo que hay que unir el peso social de la
clase dirigente y funcionarial instalada allí. Por eso, en un primer momento,
el habla sevillana debió optar, de forma mayoritaria si no exclusiva, por una
solución fónica más próxima a la del castellano; o sea, pérdida de h y
aparición de la velar j. Esto viene avalado, entre otras cosas, por las
modalidades lingüísticas existentes hoy en el castellano de América, que tienen
un origen muy condicionado por el habla urbana de Sevilla. Sólo en un momento
posterior el habla sevillana incorporó la aspiración, como sonido que sustituyó
y desplazó a la j. Pero donde no había j que desplazar, no se reintrodujo
ninguna aspiración. Por eso, la aspiración procedente de F, a diferencia de la
otra, siguió circunscrita al ámbito rural y a los estratos socioeconómicos más
desfavorecidos, con lo que ha caído sobre ella una actitud negativa y
estigmatizadora.
Todo lo dicho aquí no es aplicable a
las comarcas más orientales de nuestro país. En el curso alto y medio del
Guadalquivir la presencia leonesa fue muy escasa; lo dominante fue la presencia
castellana, navarra y aragonesa. Es cierto que en el aragonés la F pervivió (y
aún pervive en valles del Pirineo) bastante tiempo, pero con una vitalidad
mucho menor que en el leonés. El habla de navarros y castellanos, mucho más
próxima al sustrato cántabro-euskérico, había perdido la F, e incluso la
aspiración, siglos antes. Es cierto que aún se detectan restos de esta
aspiración en Toledo hasta comienzos del Renacimiento, pero circunscrita a las
clases acomodadas, no a las populares (¿sorprende esto a alguien?, pues que
vaya desprendiéndose de prejuicios). El que hoy se conserve la h en la
escritura es sólo producto de un prurito etimologista de los académicos del
XVIII. Por tanto, la aspiración de F latina no existió nunca en esta zona
oriental, y tampoco fue trasladada a las zonas del reino de Granada repobladas
desde ahí. Como consecuencia de esto, cuando apareció el sonido j no se
encontró con la ‘competencia’ de ninguna aspirada, y por tanto pudo
incorporarse al sistema fónico sin ningún problema, y en términos similares a
los del castellano centropeninsular. De hecho, en el antiguo reino de Jaén la
articulación actual de este sonido es particularmente intensa, lo que la ha
hecho merecer el sobrenombre de ‘tierra del ronquío’.
¿Qué conclusión se extrae de aquí? Pues
que la aspiración no es un fenómeno mozárabe (que, por cierto, mantenía la F
latina sin aspirar; de ahí Castel de
Ferro) , ni bereber, ni nada por el estilo. Si alguien quiere buscar sus
orígenes, que indague en las hablas de los territorios del antiguo reino de
León. Hay mucha bibliografía al respecto, y una síntesis razonable, aunque ya
añeja, en el manual de dialectología de Zamora Vicente. Y, por descontado, es
otra mentira podrida eso de que en el oriente andaluz se ha perdido la
aspiración en favor de la j por imposición españolista. No se puede perder lo
que nunca se ha tenido, y es tan legítimamente andaluza la j oriental como la h
occidental. Porque tan legítimamente andaluz es alguien de Sabiote o de Huéscar
como alguien de Trebujena o de Mijas. ¿O no?
7.2. Seseo y Ceceo.
El castellano centropeninsular
distingue entre s y z. Ambos sonidos son sibilantes (remedan a un silbido),
pero están situados en órdenes fónicos distintos. La z se sitúa en el orden
dental, formando estructura (estable y cerrada) con la t y la d. La s, aunque
articulatoriamente es alveolar, se integra en la estructura del orden palatal,
con la ch y la pronunciación consonántica de y. Ahora bien, esta estructura
palatal permanece abierta y es sumamente inestable, porque en el fondo
constituye ‘los restos del naufragio’ de la reorganización del siglo XVI que ya
he mencionado. Por eso, buena parte de los fenómenos de variación fónica del
castellano general (en Andalucía, Canarias, América, ...) se encuentra
circunscrita a los sonidos palatales. Remito al manual de fonología de Emilio
Alarcos Llorach para más detalles.
La descripción de las sibilantes de las
hablas andaluzas no se corresponde con la presentada en el párrafo anterior.
Salvo en enclaves fronterizos, en Andalucía se han terminado imponiendo otras
alternativas. La lengua castellana mantiene, se ha dicho, una clara unidad
dentro de la diversidad. Lo mismo vale, en un ámbito más restringido, para las
hablas andaluzas. Y aquí encontramos un claro ejemplo. En Andalucía conviven al
menos tres soluciones respecto a las sibilantes: el seseo, el ceceo y la
distinción (pero, ¡ojo!, una distinción con características propias, no
equiparable a la que se da en la Meseta). Aparentemente, las tres soluciones
son distintas e independientes. Sin embargo, tienen mucho en común, y no sólo
en su origen. La constante fónica de las tres soluciones es que todas ellas
apartan la s del orden palatal. Veamos.
Los primeros testimonios andaluces de
una reorganización de las sibilantes se detectan ya a comienzos del siglo XIV
en Sevilla. Eso quiere decir que es un momento muy temprano, apenas unas
décadas después de la conquista. Esa reorganización consistía en la sustitución
de las alveolares sorda y sonora por los correspondientes sonidos
dorsodentales, que entonces solían escribirse con ç y con z (y que se
pronunciaban, aproximadamente, como ts y dz). No se trataba por tanto ni del
seseo ni del ceceo actuales, sino que deberían ser denominados çeçeo y zezeo
(léase este último ‘dzedzeo’). La pregunta es, ¿cómo apareció este fenómeno en
Andalucía en una fecha tan temprana? Sin duda más de uno estará ya tentado de
esgrimir nuevamente la bandera del mozárabe, pero me temo que va a sentirse
defraudado con lo que sigue a continuación. La causa reside sencillamente en
que se trata de un fenómeno de origen castellano, que está documentado en
algunos lugares del centro y sur de Castilla durante la Baja Edad Media. Lo que
ocurre es que allí fue una innovación lingüística que no llegó a fructificar, y
que acabó desapareciendo poco después. En cambio, en Sevilla sí arraigó
profundamente, y se convirtió en el rasgo más genuino del habla popular de la
ciudad (la que motivó los ‘donaires’ lanzados por Fernando de Herrera). Desde
Sevilla este fenómeno se fue irradiando, paulatinamente, al resto de Andalucía
occidental, a buena parte del antiguo reino de Granada y, remontando el curso
del Guadalquivir, hacia parte de Andalucía oriental. Cuando, en el siglo XVI,
se produjo la gran reorganización consonántica del castellano, en el dominio
centropeninsular los cuatro sonidos sibilantes dorsodentales y alveolares de la
Edad Media quedaron reducidos a dos (s y z actuales); pero en los lugares en
los que se había impuesto la norma sevillana sólo había dos sibilantes, que
quedaron reducidas a una. La realización concreta de dicha sibilante
superviviente era muy variable. Podía articularse como interdental, z, y eso
dio origen al ceceo. Otras variantes van desde una posición plana de la lengua
(llamada ‘s coronal’, que, por ejemplo, es la típica de Córdoba) a otras en las
que la lengua adopta una forma convexa (‘s dorsal’ que es la que hoy existe en
Sevilla). Estas soluciones son las que dan lugar al moderno seseo. Pero tanto
la z como la s de Andalucía, en sus distintas modalidades, son de naturaleza
dental, ya que no proceden de la s alveolar del castellano (que se articula con
la lengua en posición cóncava), sino de la ç. De ahí que la s andaluza, en
términos acústicos, tenga un sonido marcadamente más agudo que la s de la norma
centropeninsular.
En cuanto al diferente prestigio
sociolingüístico del seseo y del ceceo, de nuevo la causa hay que buscarla en
la oposición campo/ciudad. El seseo fue la opción adoptada mayoritariamente
(incluso entre las clases altas) por los habitantes de núcleos urbanos tan
importantes como Sevilla, Jerez, Córdoba, Granada, etc. Y desde Sevilla pasó a
América, donde se ha hecho prácticamente general. Téngase en cuenta que los
aspirantes a embarcarse a las Indias debían esperar meses, o años, antes de
poder hacerlo. Esa espera en la capital andaluza incidía decisivamente en la
modalidad lingüística que llegaba a América. En cambio, y especialmente en el
caso de las actuales provincias de Sevilla, Huelva y Cádiz, el ceceo fue la
modalidad propia de las áreas rurales y de núcleos urbanos que, al menos
entonces, tenían un menor peso socioeconómico. La situación es algo distinta en
la costa mediterránea, donde el ceceo, además de estar muy extendido, cuenta
con más prestigio gracias a su presencia mayoritaria en ciudades como Málaga y
Motril. De hecho, está constatado que, al menos durante cierto tiempo, en
Málaga había una percepción muy negativa del seseo (al que se llamaba
peyorativamente ‘s cateta’) porque se asociaba al habla rural de comarcas del
interior, como la de Archidona.
La historia del seseo y del ceceo
andaluces no termina en el siglo XVI. Cuando se produce la aparición del seseo
y ceceo modernos (derivados del inicial çeçeo sevillano) estos fenómenos ocupan
una buena parte del territorio andaluz, pero no todo. Las zonas más orientales
aún no habían incorporado la solución sevillana, y por tanto su evolución
lingüística coincidió con la de la Meseta. Si alguien piensa que, en una
posible ‘pugna’ entre la solución andaluza y la castellana, esta última tiene
las de ganar por el respaldo de la norma idiomática, se equivoca. La evidencia
histórica indica que en los últimos siglos la solución andaluza ha ido ganando
terreno. Sencillamente porque las tendencias estabilizadoras del sistema
normalmente pueden más que las directrices de los guardianes de la lengua. El
seseo ha seguido remontando el valle del Guadalquivir en una cuña ciertamente
cada vez más afilada en torno al río hasta llegar a Jabalquinto y Baeza, que
hoy día constituye su frontera oriental. Según he podido constatar, el seseo
baezano es muy reciente: no empieza a documentarse hasta bien entrado el siglo
XIX, y sólo a finales de dicha centuria resulta auténticamente significativo.
Pero, al margen de esto, hay otro dato muy a tener en cuenta. En muchas
comarcas de las provincias de Córdoba, Jaén, Granada y Almería pervive la
oposición entre s y z, pero se ha producido una sustitución de la s alveolar
castellana por la s dental propia de Andalucía. Aunque para algunos empecinados
esto no sea lo suficientemente ‘cerrao’ como para considerarlo ‘andalú’, para
mí tiene una importancia capital. Significa que tales comarcas participan
también de lo que aquí constituye el verdadero rasgo definitorio de la
idiosincrasia lingüística andaluza: la s no forma parte de las unidades fónicas
del orden palatal. La variante concreta de dicho rasgo (ceceo, seseo de tal o
cual tipo, distinción) es lo de menos. En la ‘lucha idiomática’ entre Sevilla y
Madrid (las dos ciudades que en el período de los Austrias actuaban como
principales focos de prestigio lingüístico), la práctica totalidad del
territorio andaluz ha terminado a la postre situándose junto a la norma
sevillana.
Tengo que reconocer que el seseo
oriental, y más concretamente el de Baeza, cuenta con un menor prestigio social
que la variante distinguidora, y por tanto se ve amenazada de retroceso
(aunque, al menos de momento, no de desaparición). Tampoco voy a negar que la
presión normativa de la escuela y los medios de comunicación ejerzan una
influencia en este sentido. Pero creo que en este caso lo más relevante es el
aislamiento y la lejanía respecto del foco originario e irradiador de esta
innovación lingüística: todas las demás localidades de La Loma y de otras
comarcas vecinas son distinguidoras, entre ellas las ciudades más importantes
(Jaén, Úbeda y Linares). En cualquier caso, la hipotética pérdida del seseo no
supondría el retorno a la solución centropeninsular, sino la adopción de una
variante que es también genuinamente andaluza. A no ser, claro está, que
siguiendo las consignas de ciertos visionarios condenemos todo lo que no sea
ceceo a las mazmorras del españolismo.
7.3. Yeísmo y otras cuestiones del orden palatal.
Como ya he señalado en el apartado
anterior, el orden palatal del castellano centropeninsular es, por su evolución
histórica, sumamente inestable. Por eso, en distintos lugares del ámbito
hispánico han aparecido innovaciones fónicas que, independientemente del
prestigio sociolingüístico de que dispongan actualmente, muestran claramente la
tendencia a ‘reparar’ esa inestabilidad. De todas ellas, la más conocida y
generalizada es el yeísmo (desaparición de ll, en favor de y), pero hay otras:
la realización, bien fricativa, bien sonora, de ch (es decir, o como la sh del
inglés sheep, o como la j del inglés juice); la despalatalización de ñ,
sustituida por la secuencia ni (ninio
< niño); el rehilamiento de y
(como la j del francés jamais); etc.
La descripción y explicación
pormenorizada de los fenómenos mencionados (documentados todos ellos en
Andalucía, así como en otras partes del dominio castellanohablante) exigiría
entrar en detalles y precisiones técnicas que no vienen al caso. Remito para
ello a un revelador trabajo de Juan Antonio Moya Corral titulado “Aspectos
fonológicos del orden palatal”, incluido dentro de un volumen editado por la
Universidad de Granada hace ahora algo más de diez años. Lo que quiero poner de
relieve es que ninguno de estos procesos fónicos es anterior al siglo XVIII, y
alguno de ellos es bastante posterior. De hecho, hay indicios racionales para
pensar que los dos últimos que he mencionado (despalatalización de ñ y
rehilamiento) aparecen en Andalucía ya en el siglo XX.
La ‘modernidad’ de estas innovaciones
puede afirmarse partiendo no sólo de la evidencia documental (que ofrece una
datación siempre relativa y provisional, pero válida), sino también de la
lógica histórica. No pueden haber surgido del castellano medieval, en el que la
estructuración de las consonantes palatales era muy diferente a la que
conocemos hoy. Su aparición sólo puede ser explicada de una manera sensata
(insensatas, hay muchas) tomando como punto de partida la situación del
castellano centropeninsular tras la reorganización fónica que, como he repetido
aquí hasta la saciedad, se consumó sólo a partir de bien entrado el siglo XVI.
En el caso del yeísmo, se conocen unos pocos testimonios, esporádicos y no
concluyentes, durante el siglo XVII. ¡Pero no en Andalucía, sino en Castilla La
Nueva! En nuestra tierra, insisto, empiezan a documentarse a partir de la
centuria siguiente.
Si a alguien le parece que eso del
siglo XVIII resulta demasiado moderno, y se aferra a los dogmas dictados por el
pseudo-mozarabismo, lo emplazo aquí públicamente a que me presente un
testimonio anterior. Si lo consigue, cambiaré honestamente de opinión y pediré
mil perdones. Mientras tanto, no. Y no me venga con monsergas del tipo de que
entonces el andaluz no se escribía y que los textos sólo reflejan la norma
castellanista. Hay miles de documentos redactados por personas de estamentos
populares (actas de hermandades y cofradías, contratos particulares, cartas
privadas, etc.). Los redactores son personas en ocasiones semianalfabetas, que
se guían al escribir más por su propia pronunciación que por cualquier posible
convención ortográfica (convención que, por otro lado, era bastante fluctuante
antes de la fundación de la Real Academia). Afortunadamente para los
investigadores de hoy, hay muchos textos andaluces anteriores a 1700 que no
muestran ningún tipo de ‘respeto’ hacia las normas de b y v, g y j, presencia y
ausencia de h, distinción entre s, c y ç, etc. Pues bien, cuando se trata de
escribir la ll, la ñ o cualquier otro signo de palatal, no se marra ni una. Y
eso es una evidencia que no puede ser pasada por alto.
Para completar lo anterior, añadiré
otro dato, que contraviene también los mitos al uso. La oposición ll/y no ha
desaparecido totalmente de Andalucía, y no a causa de la imposición de la norma
castellanista. Antes al contrario, todo indica que el yeísmo se extendió por
los núcleos urbanos con bastante rapidez, incluso entre las clases acomodadas y
de mayor nivel de alfabetización. En cambio, en ciertas zonas rurales y
económicamente deprimidas la distinción ll/y mostró una mayor resistencia a
desaparecer, y aún pervive en ciertos enclaves. Los datos que obtuve sobre
Baeza muestran allí una implantación del yeísmo en una época similar a la del
seseo: no antes de mediados del siglo XIX. En el ALEA (Atlas Lingüístico y
Etnográfico de Andalucía, publicado por la Universidad de Granada en 6
tomos aparecidos entre 1961 y 1973, a partir de encuestas recabadas en los años
cincuenta), se constata cómo al menos entonces se mantenía la distinción en un
buen número de pueblos de la provincia de Sevilla, sobre todo entre la
población femenina de más edad. Y, aunque está ganando terreno, todavía en
nuestros días el yeísmo es minoritario (por no decir escaso) en el habla de las
clases más populares de la Alpujarra.
La amplia difusión del yeísmo, en
comparación con la del resto de fenómenos, podría explicarse, siguiendo a
Alarcos, por la escasa operatividad funcional de la oposición ll/y (apenas
aparece en unos pocos pares aislados, del tipo pollo/poyo). Por tanto, la pérdida de la ll no supuso realmente ninguna modificación de
envergadura en el sistema fónico, ni mermó su capacidad distintiva. Las demás
innovaciones palatales tienen una mayor repercusión funcional, que supone un
elemento de resistencia para su implantación. Por otro lado, la ‘eficacia
estabilizadora’ de estas innovaciones está condicionada por la existencia
previa de otros fenómenos: el rehilamiento presupone el yeísmo; la implantación
de la ch fricativa (sh) se ve favorecida por el ceceo, mientras que ‘encaja
mal’ con la solución distinguidora; la ‘ch sonora’ parece ir asociada al
mantenimiento de la oposición ll/y (por eso esta ch es característica de dos
enclaves no yeístas: la Alpujarra y Canarias). En cualquier caso, podría
decirse que, salvo escasísimas excepciones, el yeísmo es común y general a la
modalidad lingüística andaluza. Pero eso no se puede decir de los demás
aspectos mencionados. Sin embargo, las presuntas reformas ortográficas de
‘l'andalú’ admiten sin discusión la ch fricativa (con distintas opciones
grafemáticas) y en cambio se olvidan de lo demás. Y yo pregunto, ¿y eso por
qué? ¿Es que la ch alpujarreña no es suficientemente andaluza? ¿O es más bien
que estos nuevos custodes linguae
miden por distinto rasero las peculiaridades fónicas según el lugar de
Andalucía de que se trate? Porque, usando sus mismos argumentos, yo podría
reclamar que la reforma ortográfica se basara en los usos lingüísticos de mi
comarca y adyacentes, elevados al rango de norma y guía de toda la lengua
andaluza. Y argumentos no me faltarían. Permítaseme:
En primer lugar, exigiría que la y se
escribiera doble (yy) para indicar su pronunciación rehilada, que es la más
donosa y está sancionada por la norma jaenera. Además, el yeísmo a secas no es
más que un vulgar dialectalismo del castellano que ya está muy extendido por
muchos sitios. No responde a la verdadera esencia andaluza, que está en el
rehilamiento. En segundo lugar, proclamaría la desaparición, en la nueva
ortografía andaluza, de la letra ñ, en favor de la generalización de la
secuencia ni, con la consonante despalatalizada. Esa es la pronunciación
genuina y auténtica de la lengua nacional andaluza; pronunciación que, pese a
ser víctima del escarnio españolista, ha podido sobrevivir gracias a la
perseverancia de los habitantes de Villacarrillo, Úbeda, Canena y otras
localidades de La Loma. Palabras como niño,
caño, cuña, etc. son evidentes castellanismos (cosa en la que, al parecer,
no había reparado nadie todavía). La pronunciación y escritura del andaluz debe
evitarlos por completo. La sustitución grafemática de ñ por ny (que proponen
algunos) no es suficientemente radical, porque ya todo el mundo sabe que ny, en
catalán, se pronuncia ñ y no se trata de eso. Se trata de erradicar esa
consonante también de la pronunciación, para que no quede el menor rastro de
una letra que los españolistas han convertido en santo y seña de su ominosa
lengua. ¿Hace falta seguir? Espero que no. ¿Estas propuestas son absurdas? Por
supuesto. Pero no más que otras que Porras, Redondo y compañía han lanzado
con pretensiones de seriedad.
7.4. Pérdida de s (y otras consonantes) en posición final de
sílaba.
El último rasgo fónico al que voy a
prestar atención aquí es la pérdida de s en posición final de sílaba,
sustituida por una aspiración que, a su vez, da lugar posteriormente a
evoluciones diversas. La aspiración de s final se da tanto en posición final de
palabra como en otras posiciones. La aspiración de las demás consonantes
(fundamentalmente r y l, pero también las poco frecuentes d y j) se produce
sólo si se trata de la sílaba final de palabra. La nasal n es la única
consonante que tiende a conservarse en dicha posición. Es verdad que en algunos
lugares de Andalucía puede desaparecer, nasalizando la vocal contigua. Pero se
trata de un proceso diferente al aquí tratado, pues ni media aspiración ni se
abre la vocal.
Pese a ser, de los aquí tratados. el
último rasgo desde el punto de vista cronológico, tal vez sea el más importante
como elemento identificador de las hablas andaluzas. Y eso tanto en lo
estrictamente fónico como por sus consecuencias en el plano gramatical.
Su aparición debe ser situada también
dentro del siglo XVIII. Pero, a diferencia de lo que pasa con otras
innovaciones de irradiación más lenta, ésta se extendió con gran rapidez por
todo el territorio andaluz. Empieza a documentarse primeramente en la baja
Andalucía, pero apenas unas décadas después aparece ya, con gran vitalidad, en
otros muchos lugares. Yo he podido demostrar que en Baeza era un fenómeno
bastante generalizado a comienzos del XIX. Hoy día, y salvo escasos enclaves
fronterizos, es un rasgo común del habla de todo nuestro pueblo. Es más, ha
traspasado nuestras fronteras, pues se detecta en algunas zonas de la región de
Murcia y yo he podido constatarlo, de forma aún incipiente, en el habla de
estudiantes que procedían de la Vega Baja del Segura (la comarca de Orihuela,
al sur de Alicante). Por lo que se refiere a su presencia en América, se
circunscribe en buena medida a las Antillas y las costas del Caribe. Esto
supone, por otro lado, un argumento en favor de la datación que estoy
ofreciendo. Si hubiera sido un fenómeno más antiguo (como el seseo), se habría
extendido por todo el territorio americano. Pero, al ser relativamente
reciente, sólo ha podido llegar a aquellas zonas que han conservado, en el
final de la época colonial y períodos posteriores, una comunicación
suficientemente intensa con Andalucía. Las regiones más alejadas y con menor
contacto (interior de Méjico, Ecuador, Perú, etc.), conservan íntegramente las
consonantes finales.
Se ha derramado mucha tinta acerca de
este rasgo fónico, lo cual está plenamente justificado debido a su complejidad,
interés e importancia. No voy a añadir mucho más, pues la bibliografía es
copiosa y ya he apuntado las dos cosas que me parecen más relevantes para este
debate. Una es su reciente aparición (lo cual no es ni bueno ni malo; sólo
desmiente posibles errores que puedan circular por ahí). La otra es que se
trata de un fenómeno común y, en última instancia, unitario dentro del habla
andaluza. De nuevo, la unidad dentro de la diversidad. Ciertamente, su
concreción tiene plasmaciones muy variadas, según factores geográficos,
sociolingüísticos y evolutivos de múltiple condición: en posición final de
palabra, la aspiración puede conservarse o perderse; en caso de pérdida,
fonologizar la abertura vocálica o no; en posición interior de palabra, puede
dar lugar o no a la geminación de consonantes sordas (cacco < casco), o al
ensordecimiento de sonoras; etcétera, etcétera, etcétera. Pero eso son
cuestiones técnicas propias de dialectólogos y sociolingüistas. Para el grueso
de la gente dentro del estado español (tanto andaluces como foráneos), lo que
le llama la atención es que se puede identificar como andaluza la forma de
hablar que no tiene s implosiva (llamémosla ya por su nombre), y como no
andaluza la que sí la tiene. Todo lo demás viene por añadidura.
Direcciones utiles del Boletín ANDALUCIA
LIBRE:
* Alta: andalucialibre-alta@eListas.net
* Baja: andalucialibre-baja@eListas.net
* Boletines atrasados: http://www.eListas.net/lista/andalucialibre/archivo
* Pagina Principal: http://www.eListas.net/lista/andalucialibre
---------------------------------------------------------------------
Para darte de baja, envía un mensaje a: andalucia-baja@eListas.net
Para obtener ayuda, visita http://www.eListas.net/foro/andalucia