¿Quién teme a Al-Andalus?
Un pueblo como el andaluz nunca debe renunciar a su propia historia.
Aunque cambien los tiempos y renueve el etnocentrismo religioso, la pretendida
unidad política (o mejor decir uniformidad centralista), y en definitiva, el
integrismo cultural y científico.
Y es que, aún en democracia, existen
sutiles argumentaciones que pretende negar nuestro singular Medievo –al menos-
una identidad española, hartos como andamos ya de reclamar idiosincrasias
particulares que son calculadamente ignoradas.
Aquí el ejemplo. Cuando se documenta y
polemiza sobre el origen de lo que desembocaría en lo que hoy conocemos como
Estado por cuanto significa de tradición monárquica, se prosigue despreciando
la existencia misma Al-Ándalus. La herencia de los reinos medievales, la Corona
de Aragón o los mismos fueros; resultan más considerados que todo un legado que
pasa a Europa a través de este rincón del mundo donde habitamos.
Consecuentes con esta supuesta
“modernidad” historiográfica, Cerdeña o Sicilia, como partes de un Aragón ultra mare aportarían más ese
determinado concepto de España que, un Al-Ándalus que parece como si les
avergonzara, y por ende, continua siendo ignorado como extranjero, bárbaro,
ateo e inculto. De este modo, se nos margina a no existir como andaluces que
fuimos, porque nuestro pasado en una de sus etapas, no fue monárquico, ni
cristiano, e incluso, en nuestro atrevimiento, no llegamos a tener Cortes como
órgano político-administrativo donde hoy por hoy, según cacarean estos
expertos, se sustenta la tradición real de este Estado.
Resulta curioso en este
sentido, cómo observar que, quienes niegan –a veces de forma histérica- una
vinculación entre la identidad de la Andalucía de hoy con Al-Andalus, no tienen
en cambio, reparo alguno en aplicar el silogismo a otros territorios del
Estado. Baste un ejemplo: durante la constitución de los entes preautonómicos
en plena transición, para los casos de Asturias, Navarra, Valencia y Aragón, se
argumentó en sus respectivos marcos jurídicos este esplendoroso pasado medieval
como elemento de justificación del nuevo modelo autonómico que aparece. En el
caso andaluz, nuestro argumento era limitado a una amplia extensión geográfica.
Según estos doctos y “objetivos” (¿)
historiadores, la realidad de este Estado hoy, no es una invención del Estado
Liberal (como sugieren, Hobsban o Fox), sino una creación que se remonta a los
Reyes Católicos sobre la base de la institución que alegan, ha durado 500 años:
la monarquía, y sobre la que se justifica una unidad que ha inspirado para el
caso andalusí/morisco Prágmáticas contra de anteriores Capitulaciones.
En consecuencia,
convertir las matizaciones de toda ciencia social en dogma, hacer de los hechos
políticos los motores exclusivos de la historia, no son sino matices de una castellanización ideológica que se nos
impone como idea oficial y dominante. Por cuya lógica, lo único que trasciende
es el poder para la obediencia, y en consecuencia, las rebeliones contra ésta.
Es la Historia convertida en argumento político del que vence, y donde no cabe
posibilidad de consenso, civilización o desarrollo cultural que no sea el
propio. Menos aún cuando, por aquello de que son extranjeros como es el caso
que nos ocupa, se ha eliminado cualquier vestigio cultural, con nuevas
expulsiones al mar que completan cualquier Toma anterior. En esta línea, la
importancia de una civilización se valora en función de las plazas o
territorios que se conquistan o pierden, o incluso, del número de castellano
hablantes, más que del aporte cultural para toda la civilización de una época.
Estas reflexiones supuestamente
novedosas y democráticas nos deben alertan porque vienen a repetir viejos
esquemas rancios ya conocidos, y en consecuencia, justifican cualquier Toma, conquista, victoria, persecución o
destierro. En la medida que continúe la celebración de cualquier expulsión o
triunfo militar empobrecemos la historia, y nos limitamos. Nos perseguimos a
nosotros mismos como andaluces que somos cuando las tradiciones riñen con la
objetividad, y mientras que, en esta piel de toro se siga denominando como
hispano-árabe a un periodo que fuera de España se reconoce como andalusí.