5.- LA IDENTIDAD ANDALUZA EN EL MARCO DEL ESTADO ESPAÑOL, LA UNIÓN EUROPEA Y LA GLOBALIZACIÓN.
(Isidoro Moreno Navarro)
5.1.- ANDALUCÍA EN LA
“ERA DE LA GLOBALIZACIÓN”.
Para Andalucía, como para todos los pueblos que han sido
conformados en un proceso histórico de siglos, en nuestro caso de milenios, y
que poseen una identidad específica, el principal reto a superar en el siglo
XXI será el saber situarse adecuadamente en un mundo que va a estar
crecientemente definido por la interacción entre las dos dinámicas, opuestas
pero complementarias, de la globalización
y la reafirmación identitaria (la denominada, por algunos, localización ).
Los publicistas del pensamiento
único y del fin de la Historia insisten
en que nuestro mundo actual puede ser caracterizado, sin más, como la era de la
globalización. Si esto fuera correcto, el proceso de mundialización ‑que
tiene sus raíces en el siglo XVI, y cuyo avance ha supuesto un espectacular
aumento de la interdependencia asimétrica entre pueblos y territorios‑
equivaldría a proceso de globalización. Pero esta afirmación, lejos de
responder a un análisis adecuado del proceso histórico y de las realidades
actuales, refleja una visión deformada, y deformante, de esta misma realidad y
constituye, en palabras del sociólogo francés Alain Touraine, la
"ideología del neoliberalismo".
Por supuesto, hoy, la globalización es un vector de importancia
capital, que tiende a dominar con su lógica social y con su sistema de valores
todas las dimensiones y aspectos de la existencia humana. Y en su contexto, el
Mercado se ha constituido en el absoluto social dominante, en el verdadero sacro de nuestros días. Como tal, tiende
a subsumirlo todo en su lógica, a globalizar bajo sus "leyes" todos
los aspectos de la vida colectiva e individual.
La pretensión de globalización no es nueva en la historia,
pero sí lo es la escala y los instrumentos de esa pretensión, que hoy es
planetaria. La globalización que
avanza en los años finales del siglo XX, y que se intenta presentar como la
única dinámica de nuestro tiempo, es la globalización del Mercado. Esta supone
dos pretensiones principales. La primera, que todas las relaciones humanas, de
cualquier tipo, se realicen según las reglas del mercado. La segunda, que estas
reglas funcionen a nivel planetario en un único mercado y no en mercados
segmentados. Ello significa, por una parte, que no sólo ciertos aspectos y actividades
de la vida social, los entendidos como económicos, se mercantilizan ‑lo
que es una realidad creciente desde hace varios siglos en el ámbito de la
producción‑, sino que las otras dimensiones percibidas como "no
económicas" respondan también a la lógica y las reglas del mercado. El
avance de esta dinámica tiene como resultado el que cualquier tipo de relación
interpersonal deja de ser humana para
convertirse en mercantil. Así, asistimos a una clara mercantilización de lo
simbólico, a una producción cultural impulsada no por sus valores de uso, sino
por su valor de cambio en el mercado. Se habla cada vez más de "capital simbólico" para
referirse a la cultura; al igual que desde hace más tiempo se viene denominando
"capital humano" a las
personas. Sustituciones expresivas ambas que reflejan la desvalorización tanto
de los seres humanos en cuanto tales, como de las elaboraciones culturales que
no puedan, o sea difícil, mercantilizar
y hacer que funcionen en el mercado como capital.
Junto a este intento de globalizar bajo la lógica del
mercado todas las relaciones sociales y todas las producciones culturales, está
también el intento de globalización territorial, mediante la imposición de la
falsa idea de que nuestro mundo, que es ya efectivamente uno, debido a la
interdependencia asimétrica que ha resultado de la expansión europea, y luego
euro ‑norte ameri cana, a otros continentes, sea no sólo un único
mercado, sino también una única sociedad con una única cultura. Esta pretensión
cobra consistencia sobre todo gracias a las innovaciones tecnológicas en las
comunicaciones y el transporte, que hacen que la información y la toma de
decisiones puedan producirse en tiempo real ‑es decir, prácticamente a la
vez que están teniendo lugar los fenómenos‑ y llegar a cualquier lugar
del planeta. Es a esto a lo que se refiere la definición de nuestro tiempo como
la “era de la información”.
Ambos tipos de globalización ‑la de las diversas
dimensiones de la vida social y la de los territorios‑ están
interconectados, avanzan de forma ímbricada y tienen como base la globalización
real, en muy amplia medida, del mercado de capitales. Estos se reproducen cada
vez más autónomamente de la producción y circulación de bienes y servicios; están cada vez más fusionados y
desterritorializados, son más independientes de cualquier instancia de control
político, y circulan libremente invadiendo territorios y sectores, destruyendo
tejidos económicos, formas de vida y relaciones humanas que son
"ineficientes" desde la lógica mercantil que mide la eficiencia
exclusivamente en términos de maximización de la rentabilidad en el menor
tiempo, no importa con qué costes y consecuencias económicas, culturales.
ecológicas, sociales y culturales.
Si la globalización, así esbozada, fuese la única dinámica
realmente existente en nuestro mundo contemporáneo, la única opción sería
adaptarse a ella pasivamente, sin resistencia alguna, y la única defensa ante
sus efectos sería refugiarnos en nuestra vida privada ‑lo que no dejaría
de ser sino un mero espejismo, ya que ésta también respondería a la lógica
mercantil‑ o encerrarnos en un escepticismo desesperanzado. Pero no es
este el caso: en contra de la pretendida irreversibilidad del horizonte
orweIliano de una única sociedad planetaria con una cultura única, ambas
regidas por la también lógica única del Mercado, en la fase actual del proceso
de mundialización, no es la globalización el único vector determinante. Nuestro
tiempo, además de ser la “era de la globalización", es también la del
"poder de las identidades", como ha señalado, entre otros, el
sociólogo Manuel Castells. Y ello responde a la estructura de la mundialización
misma, que hace que ésta sea asimétrica y se haya convertido, a través de la
globalización del capital y de la imposición de la lógica mercantil, en una
máquina de exclusión social y territorial de cuantos sectores sociales y
pueblos no sean competitivos desde los intereses del mercado, sin considerar
los efectos que ello pueda tener respecto a la cohesión social, las relaciones humanas
y el equilibrio ecológico.
Para oponerse a los efectos perversos, desvertebradores y
etnocidas de la globalización, y para aprovechar, a la vez, sus potencialidades
positivas ‑posibilidad de globalización de los Derechos Humanos y de la
justicia internacional, utilización de la tecnología en favor de los pueblos,
entre otras‑, hay que hacerlo situándonos precisamente en la otra
dinámica: en la dinámica de la reafirmación identitaria. Y esto, en una triple
dimensión: histórica, cultural y política.
En la encrucijada de nuestro presente, sólo los pueblos con
identidad histórica, con identidad cultural y que afirmen su identidad política
podrán aspirar a existir en el futuro: podrán hacerse un lugar en la
"sociedad red" mundial que se avecina, constituida por poderes y
contrapoderes económicos, políticos, jurídicos, culturales y de otro tipo. Sólo
los pueblos, es decir, las naciones culturales ‑y para que
sea adecuado este concepto ha de haber identidad histórica, identidad cultural
y territorio simbólicamente percibido como propio‑ que tengan voluntad de
ser también naciones políticas –es
decir, de decidir sobre sus propios asuntos-podrán evitar su desaparición,
engullidos por la globalización y sus efectos de dependencia económica,
subalternidad política y desidentificación cultural.
En el caso concreto de Andalucía, que posee una indudable
identidad histórica y cultural, es necesario reafirmar y hacer conscientes
ambas, a la vez que avanzar en la identidad política, lo que conlleva
conquistar mayor protagonismo, tanto en el Estado Español como en la Unión
Europea. Este afirmarse como nación política no significa necesariamente
reivindicar la formación de un estado propio ‑que repetiría los problemas
de los estados actualmente existentes, en una época de crisis del modelo y de
vaciamiento de la soberanía‑,
pero sí profundizar en la
construcción de un poder autónomo, capaz de conseguir altos niveles de
participación, en forma protagonista y con voz propia, en el debate sobre los
problemas que nos afectan y en la toma de decisiones acerca de ellos. En parte
alguna del mundo existe ya soberanía
nacional , tal como esta ha sido
entendida hasta ahora: nuestra época es ya una época de "soberanías
compartidas", en la que está tejiéndose una red de nudos de diferente
grosor e importancia que son los que van a definir la estructura de las
relaciones futuras entre los pueblos. Si Andalucía no logra convertirse en uno
de esos nudos, quedará excluida. Si, por el contrario, logra ocupar uno de
ellos significará emerger de la periferia y la subalternidad actuales. Y el
problema no es sólo de definiciones jurídicas, sino de protagonismo cultural y
político cotidianos. No existe hoy otra forma de garantizar la pervivencia de
un pueblo, en nuestro caso el andaluz, que afirmando y desarrollando la triple
dimensión de la identidad: histórica, cultural y política.
El globalismo, como ideología de la globalización, pretende
precisamente convencernos de que la desterritorialización es un hecho
inevitable de nuestra contemporaneidad, pero ello no es cierto. El capital y
las decisiones sobre el mercado financiero sí están desterritorializados, pero
no sus efectos. En este sentido, los problemas de desigualdad continúan
teniendo, e incluso acentuando, su carácter fuertemente territorializado, tanto
a nivel planetario como dentro de cada estado, país y sociedad concretos. Un
niño que nace en Andalucía continúa hoy teniendo muchas más posibilidades de
ser un parado cuando llegue a adulto que si nace en Cataluña. A la categoría de
los supuestos "ciudadanos del mundo" sólo pueden pertenecer realmente
quienes forman parte, o están al servicio, de esa pequeña minoría directamente
conectada con el capital globalizado, con el mercado informacional o con las
redes globales del poder. Para todos los demás seres humanos, esa categoría, si
es que existe, es una categoría imposible, un espejismo alienante, un velo
ideológico que impide ver la verdadera dimensión de los problemas y paraliza la
acción para resolverlos, ya que desactiva la memoria y la conciencia de los
pueblos, desactivando con ello el poder de la identidad.
5.2.-
LA CULTURA ANDALUZA COMO CULTURA DE RESISTENCIA AL GLOBALISMO
Para oponerse a los efectos devastadores de la imposición,
en todos los ámbitos, de la lógica del mercado, con la consiguiente
deshumanización de las relaciones sociales y desidentificación colectiva que
esta conlleva, la cultura andaluza posee muy importantes elementos y, sobre
todo, rasgos estructurales que la hacen ser hoy, objetivamente, una cultura de resistencia . Estos rasgos
estructurales más relevantes: el fuerte antropocentrismo, que tiende a situar,
en cualquier interacción social, las relaciones humanas personalizadas en muy
primer término, por encima de los contenidos concretos de los roles de cada
actor social; la negativa a interiorizar en un nivel simbólico la inferioridad
individual y colectiva, aunque ésta pueda ser evidente en las otras dimensiones
de la existencia (económica, social, y política); y el acentuado relativismo o,
si se quiere, pragmatismo respecto a creencias e ideologías, siempre que ello
no afecte a la autoestima o se hayan convertido en referentes de
identificación, son rasgos que se sitúan en el polo opuesto a los que genera la
lógica del mercado. La mayor parte de las orientaciones cognitivas, de los
valores, códigos y expresiones de la cultura andaluza en que aquellos se
concretan, en una rica variedad de formas, son completamente ajenas a la
mercantilización de la vida que implica la dinámica de la globalización.
Así, el antropocentrismo
propicia la conversión de asociaciones, entidades e interacciones con objetivos
específicos en contextos de sociabilidad generalizada, de relaciones
interpersonales humanizadas, no utilitarias respecto a dichos objetivos. Y en
estos contextos el valor de uso de las relaciones se antepone a su valor de
cambio (de mercado). Propicia, también, que todavía organicemos la mayor parte
de nuestras fiestas por y para nosotros mismos, para nuestro disfrute y para
reproducir en ellas algunas de las dimensiones de nuestra identidad, por encima
de otros objetivos conscientes utilitaristas, sea el económico de atraer
turistas o sea el espiritual que pretenden los jerarcas religiosos.
El rechazo a la interiorización de la inferioridad y la
superación de esta a un nivel simbólico ha sido el eje sobre el cual, en los
últimos ciento cincuenta años de dependencia económica, dominación social y
subalternidad política, el pueblo andaluz ha basado su supervivencia y
conseguido preservar su identidad. Muchas de las rebeliones jornaleras y
campesinas se construyeron sobre esta base estructural de nuestra cultura, como
ya señaló en 1869 Antonio Machado Núñez, el fundador de la Sociedad
Antropológica Sevillana, rector de la Universidad, padre de Demófilo y abuelo de Antonio y Manuel,
los poetas. Sin esta clave, tampoco podría entenderse el flamenco, que en sus
diversos palos y variantes es, sobre todo, una rebelión simbólica contra la
inferioridad y el desamparo ‑contra la impotencia de cambiar la realidad
de las cosas‑ o, a veces, también un grito con el que aferrarse
agónicamente a la vida a través de las escasas ocasiones de alegría
representadas, sobre todo, por los ritos de paso y por la vida comunitaria. Y
sólamente desde esta base puede entenderse la aceleración histórica que
supusieron, para la profundización del sentimiento andaluz y el avance de la
conciencia de pueblo, las masivas manifestaciones del 4 de Diciembre de 1977 y
79 y el triunfo, por muy pocos esperado, en el referendum de iniciativa
autonómica del 28 de Febrero de 1980.
Por su parte, el relativismo o pragmatismo respecto a las
creencias e ideologías que no respecto a las personas y cuanto pueda afectar a
la autoestima, al igual que ha podido suponer una coartada cultural para la
inacción y el consentimiento, puede convertirse hoy en trinchera frente a los
diversos tipos de fundamentalismos que pugnan por apoderarse de las
conciencias, incluyendo el fundamentalismo del Mercado. Y podría, también, ser
un punto de apoyo básico contra el racismo, la xenofobia y el sexismo.
Por supuesto, también es necesario afirmar que existen
plasmaciones negativas de los citados rasgos estructurales. Caeríamos en un
inaceptable fundamentalismo culturalista, o al menos en un chovinismo estéril,
si no fuéramos conscientes de ello, esforzándonos por no alimentarlas. Así, por
ejemplo, ocurre con la fuerte dependencia respecto a personas concretas en las
que se pone una plena ‑y excesiva‑ confianza; con la debilidad
frente a los halagos, que hace que aceptemos papeles claramente subalternos,
siempre que se nos haga creer que con ello se ensancha nuestra autoestima; o
con la falta de solidez y continuidad de proyectos políticos andaluces... Todo
esto es cierto, pero, cara al futuro, a la que va a ser una dura lucha por
ocupar un nudo en la red y evitar caer en uno de los múltiples vacíos de su
malla, las estructuras de fondo de la cultura andaluza constituyen nuestra más
importante base para oponernos a los efectos perversos de la lógica del
Mercado, mediante el fortalecimiento y valorización de sus expresiones,
orientaciones y prácticas culturales que todavía no estén inmersas, al menos en
sus componentes fundamentales, en dicha lógica, como tampoco en la de otros
absolutos sociales como la Religión, el Estado, la "Razón" o la
Historia entendida como teleología. Y que pueden ser, por ello, instrumentos de
resistencia y de afirmación
identitaria.
En esta dirección, habría que fortalecer y desarrollar todos
aquellos referentes, valores, códigos, expresiones y contextos de nuestra
cultura andaluza no mercantilizados, o al menos que junto a un valor de cambio
sigan teniendo, en determinados contextos y situaciones, que es preciso apoyar
y revalorizar, un valor de uso y de referente identitario, como es el caso, por
ejemplo, del flamenco. Habría que devolver a nuestro Patrimonio Cultural su
potencial activador de la memoria colectiva y de la conciencia de identidad. Se
hace necesario profundizar en la idea machadiana, tan culturalmente andaluza,
de la distinción entre valor y precio.
5.3.- POLÍTICA
CULTURAL, POLÍTICA ECONÓMICA E IDENTIDAD ANDALUZA
¿Se está haciendo desde la Administración Autonómica una
política adecuada en esta dirección?. A pesar de que en el artículo 12 del
Estatuto de Autonomía se señale como "uno
de los objetivos básicos hacia los que ha de ejercer sus poderes la Comunidad
Autónoma" el de "afianzar
la conciencia de identidad andaluza, a través de la investigación, difusión y
conocimiento de los valores históricos, culturales y lingüísticos del pueblo
andaluz en toda su riqueza y variedad". Existen múltiples ejemplos del
incumplimiento de este mandato estatutario en los diversos niveles de la
enseñanza, en los que Andalucía no existe o, cuando aparece, es sólo un
apéndice de España o un divertimiento pintoresquista. Lo mismo ocurre en los
medios de comunicación de titularidad autonómica, la mayoría de cuyos programas
hacen un tratamiento inadecuado o folklorizado de nuestros marcadores
identitarios, desde el habla hasta nuestras fiestas, con una ausencia absoluta
de todos los contextos de conflicto y una lectura hueca y puramente retórica de
lo andaluz. Y este mismo incumplimiento se refleja en el propio lenguaje
administrativo de la Junta, donde parece estar prohibido el uso del término nacionalidad aplicado a Andalucía, aun siendo
este el que aparece en el artículo primero del Estatuto y no el de
"región", y donde se demuestra un constante y vergonzoso mimetismo
respecto a la administración central del Estado, como si Andalucía fuese
sólamente un territorio administrativo y no un pueblo con una cultura e
identidad propias.
Pero, aun siendo todo esto grave para la pervivencia y
desarrollo de la identidad cultural andaluza, más amenazadora es todavía para
su mantenimiento y desarrollo la estrategia económica que se viene diseñando
para Andalucía. Dicha estrategia se basa en la aceptación total y acrítica de
la lógica del Mercado, traducida en la inserción de nuestra economía y en la
ordenación de nuestro territorio en la forma más favorable posible, no desde la
óptica de los intereses y objetivos andaluces, aún estando estos claramente
definidos en el Estatuto de Autonomía, sino para la libre circulación del
capital globalizado y la mayor rentabilidad de este. Más allá de los
devastadores efectos de esta política sobre nuestro débil tejido industrial,
sobre muchas de nuestras producciones agrícolas ‑la mayoría de las cuales
tienen un futuro oscuro con arreglo a la PAC (Política Agrícola Comunitaria)‑
y sobre nuestro mercado de trabajo, la política económica de la Junta de
Andalucía, o, si se prefiere, la falta de diferenciación de dicha política con
respecto a las de Madrid y Bruselas,
está dinamitando, o al menos debilitando , el sistema de valores de la cultura
andaluza.
La adaptación pasiva a la más rígida ortodoxia de la lógica
mercantilista y a los valores de la ideología de la globalización se está
concretando en la especialización de Andalucía en dos sectores económicos: el
turismo como casi monocultivo y la agrícultura intensiva hortofrutícola. Casi
todos los demás sectores con una cierta significación económica, salvo muy
pocas excepciones, o están subsidiados como único medio para mantenerse, o se
encuentran en una situación de fuerte deterioro. Y más allá de las gravísimas
consecuencias económicas, ecológicas y para el Patrimonio andaluz, tanto
cultural como medioambiental, que tiene la opción elegida, como ésta se basa en
la “especialización competitiva" cara al Mercado, sólo puede avanzar si
los andaluces interiorizamos los valores de la nueva "cultura empresarial”
y de la nueva ideología sobre el trabajo: los valores de productividad , competitividad , empleabilidad sin condiciones, desregulación de las relaciones
laborales, y varios otros que comparten códigos simbólicos y generan prácticas
sociales que son incompatibles con los rasgos estructurales de la identidad
cultural andaluza: como ya hemos señalado, el antropocentrismo, la no
interiorización de la inferioridad y el relativismo respecto a las ideas y
mercancías.
Así, el monocultivo turístico, que ha deteriorado ya gravemente
gran parte de nuestras costas y está agrediendo ahora a varias de nuestras
sierras y a nuestras grandes ciudades monumentales, y que se nos trata de
presentar, en forma de turismo rural, turismo cultural y otras variantes, como
si fuera la única alternativa real al abandono de las actividades agrícolas,
ganaderas, pesqueras e industriales y una base para conseguir un desarrollo
sostenible (?), genera subalternidad no sólo económica, sino también, y sobre
todo, simbólica, dado el tipo predominante de servicios que conllevan las
actividades que con el turismo se relacionan y el control que sobre ellas
tienen los capitales trasnacionales de los touroperadores
. La asunción de la inferioridad en las relaciones autóctonos‑turistas
y la sumisión simbólica que dichas relaciones conllevan se desarrollarán,
inevitablemente, si se define al turismo como la actividad económica en la que
ha de centrarse el futuro de nuestro país andaluz. Distinto sería que el
turismo fuera una entre varias fuentes económicas: entonces, las relaciones
entre autóctonos y turistas podrían ser más simétricas, al no depender de estos
últimos el conjunto de la economía. Es lo que ocurre, por ejemplo, en la
Toscana: que siendo Florencia, Siena y otras ciudades eminentemente turísticas,
apenas existe esa subalternidad, ya que la región posee también muy importantes
industrias en diversos lugares, como las fábricas de vehículos en Prato, y una
industria agroalimentaria de gran significación, con producciones tan famosas
como el vino chianti
En cuanto a la agricultura hortifrutícola intensiva,
orientada totalmente hacia las producciones extratempranas para surtir los
mercados de los países centrales de la Unión Europea, constituye, de hecho, una
a modo de "nueva aparcería" en la que el control de la
comercialización y de los cada vez más necesarios insumos por parte de
compañías de capital trasnacional, ponen a las familias de los nuevos agricultores prácticamente en
manos de los bancos y de esas grandes compañías. Pero, además, como este tipo
de agricultura no es viable económicamente más que basada en una
sobreexplotación de la mano de obra familiar y, sobre todo, de los inmigrantes
sujetos a salarios y condiciones de trabajo éticamente inaceptables, el
desarrollo de esta nueva agricultura ,
aunque se nos presente como la prueba de un aparente gran éxito y la expresión
de la modernidad tecnológica y de la iniciativa empresarial, no es sino una
nueva fuente de subalternidad para mujeres y niños y un motivo de explotación
salvaje de inmigrantes sin apenas derechos que alimenta el racismo. Porque,
¿cómo sino alimentando la creencia de que
moros y negros constituyen
colectivos inferiores ‑sea ello debido a sus supuestas "razas"
o a las pretendidas características "prirnitivas" de sus culturas y religiones‑
los pequeños y medianos nuevos agricultores andaluces, muchos de ellos antiguos
campesinos o jornaleros‑campesinos, iban a poder justificarse a sí mismos
por la sobreexplotación y las discriminaciones de los inmigrantes, sobre todo
de los sin papeles ?
Conviene ser conscientes de que lo que llaman los
publicistas del globalismo "plena integración en la modernidad",
"incorporación a los mercados" y "avance en la
competitividad" supone no sólo un aumento de la dependencia y la
subalternidad económicas, sino la producción inevitable de orientaciones
cognitivas, valores y códigos culturales que son totalmente opuestos a los que
constituyen la base de las formas y expresiones más liberadoras y profundamente
humanas de la cultura andaluza. La extensión de los valores que sacralizan la competitividad, causa directa de
múltiples insolidaridades y de graves fracturas sociales, y la máxima eficacia económica a cualquier precio,
justificando siempre los "costos colaterales" para lograrla, van en
sentido contrario a los más positivos valores de nuestra identidad cultural.
Por ello, están minando las bases de esta y corremos el peligro de que muchas
de nuestras expresiones culturales lleguen a deteriorarse de forma irreversible
en cuanto a su significación y valores de uso, manteniendo si acaso sólo sus
características formales, como cáscaras sin contenido, según sea su cotización
en el mercado turístico. Si la dinámica actual se acentúa, nuestras fiestas
populares correrán el peligro de convertirse en espectáculos para turistas,
nuestro urbanismo en decorado sin vida para admiración de visitantes curiosos,
y nuestros monumentos en excusa para instalar taquillas con boletos. Y no
digamos lo que ocurrirá al flamenco y a otras expresiones de nuestra cultura
que, ya desde hace tiempo, vienen siendo desactivadas de buena parte de su
carga significativa con la excusa del cuidado de las formas, o están siendo
objeto de un consumismo degradado y degradante.
5.4.- LA IDENTIDAD
ANDALUZA COMO RESISTENCIA Y COMO PROYECTO
Para tratar de impedir lo anterior, no basta, aún siendo
ello necesario, con reafirmar la necesidad de profundizar en la conciencia de
identidad andaluza, ni es suficiente actuar en el nivel que generalmente suele
entenderse como "cultural”. Se hace imprescindible, también, señalar lo
que significa la asunción plena de la lógica del Mercado y de los valores de la
competitividad y el consumismo en cuanto a la producción simbólica: respecto a
la generación e interiorización de representaciones ideáticas, orientaciones
cognitivas, valores, expresiones y comportamientos que chocan con la lógica no
utilitarista (en términos de competitividad y eficacia economicista) que está
en la base de los rasgos estructurales de la cultura andaluza. Y se hace
totalmente necesaria la confrontación con quienes todavía niegan la existencia
de una específica identidad histórica y cultural de Andalucía desde los
distintos tópicos y escolasticismos. Tanto si estos responden a los intereses
del nacionalismo de Estado, según el cual no existe sino una “cultura
española", dentro de la cual lo andaluz no sería sino una parte o
variante, como si son consecuencia del reduccionismo economicista, según el
cual no existe posibilidad de una cultura específica en los pueblos que han
caído en el subdesarrollo como consecuencia del colonialismo, externo o
interno. Como hay que oponerse, también, a los publicistas del globalismo, con su "pensamiento
único", que afirma la supuesta desterritorialización y propone una
pretendidamente aséptica "ciudadanía del mundo", como una inexorable
expresión del "progreso", contra el cual estarían las identidades
colectivas de los pueblos.
Para que nuestra identidad histórica y cultural no se
deteriore más aún de lo que ya está, y
pueda desplegarse creativamente, debemos evitar caer en el "síndrome del
colonizado", exacta expresión con la que Franz Fanon denominó la
interiorización enfermiza de la dependencia y la subalternidad por parte de los
pueblos dominados, con el consiguiente ocultamiento o minusvaloración de sus
culturas propias. De lo que se trata, fundamentalmente, es de consolidar
nuestra identidad cultural, de reafirmar nuestra memoria histórica colectiva y
de desarrollar nuestra identidad política para construir lo que el ya citado
Manuel Castells ha denominado "identidad‑resistencia: la que han de desarrollar los pueblos
en posición dependiente y subalterna, para asegurar su supervivencia en base a
los referentes simbólicos, los valores y los códigos culturales que les son
propios y que se enfrentan objetivamente a la lógica de las instituciones
dominantes. En el caso andaluz, la significación de buena parte de estos
referentes, valores y códigos es contraria a la lógica del Mercado que trata de
imponer la mercantilización deshumanizada a todos los ámbitos de la vida social
e individual. Participar de esta "identidad-resistencia”
debe convertirse en un acto
consciente porque, objetivamente, significa distanciarse de la "identidad legitimadora" que
racionaliza, legitima y asume el sistema de dominación y hace aceptar la
subalternidad, la dependencia y, en última instancia, la propia pérdida de
identidad. No es posible participar, a la vez, en ambos tipos de identidad, ya
que, aunque puedan tener elementos comunes, sus lógicas son incompatibles. Por
ello, no se puede participar hoy de la identidad cultural andaluza y aceptar,
al mismo tiempo, los contenidos económicos, políticos y culturales de los
discursos legitimadores del Mercado y del Estado como absolutos sociales, por
encima de los intereses de los pueblos y de las personas. Pero la identidad‑ resistencia que puede
generar hoy la cultura andaluza no debe ser entendida como un fin en sí misma,
sino como un medio, una necesaria etapa previa, hacia la construcción de una "identidad‑proyecto" encaminada
a hacer posible una sociedad menos desigualitaria e injusta que la actual,
mediante una transformación profunda de la estructura social interna y la
finalización de la dependencia y la subalternidad externas.
Y para que lo
anterior sea posible, es necesaria la reafirmación de la identidad cultural y
de la identidad histórica y el avance de la identidad política. Lo que debe
traducirse en el fortalecimiento de la conciencia de las tres dimensiones
identitarias y en el protagonismo
andaluz, desde nuestros propios intereses y nuestra propia lógica cultural, en
el escenario del Estado Español y de la Unión Europea.
5.5.-
IDENTIDAD ANDALUZA, MULTICULTURALISMO E INTERCULTURALIDAD
En modo alguno se trata de levantar muros, de practicar
ensimismamientos, ni de alentar autosuficiencias. La cultura andaluza, por la
índole del proceso histórico del que es resultado y de la singular
"superposición de temporalidades" que reflejan sus elementos, posee
unas bases óptimas para, desde ella, oponerse a cualquier tentación chauvinista,
xenófoba o intolerante. Es, también, evidente que, hoy, Andalucía, como
cualquier otro país del mundo, más allá de su grado de institucionalización
politica, vive en una situación crecientemente multicultural. Pero, en relación
a la identidad andaluza, esto no constituye una novedad absoluta, ya que en
muchos periodos de su historia ha predominado la plurietnicidad y el
multiculturalismo, que sólo se hicieron imposibles por la acción de los poderes
políticos y religiosos que, provenientes del Norte y del Sur, según las épocas,
destruyeron con sus fundamentalismos doctrinarios el clima de tolerancia
existente en nuestro territorio.
El reforzamiento de la identidad andaluza no se contrapone
al multiculturalismo y a la aspiración de interculturalidad. Sí se contrapone a
la homogeneización impuesta desde los centros de poder cultural, político y
económico que están interesados en que los pueblos pierdan su identidad. En
Andalucía, como en cualquier otra sociedad, existe actualmente una mayor
diversidad cultural que casi en cualquier otro tiempo. Y esta diversidad
constituye una riqueza, aunque esto sea negado por la ideología del globalismo.
Diversidad que procede tanto de la diversidad interna de la cultura andaluza,
como de la presencia de nuevas minorías culturalmente diferenciadas. Y en el
futuro, por este doble motivo, la diversidad se acentuará. Debemos prepararnos
para ello desde su valoración como un enriquecimiento y no como un problema.
Desde una actitud no sólo de tolerancia ‑que significa, a lo más, la
aceptación de la coexistencia entre extraños‑, sino de reconocimiento,
respeto, valorización y apoyo del despliegue de las diversas culturas en un
horizonte de diálogo democrático intercultural que hoy no es aún posible más
que como proyecto, por la asimetría y desigualdad en que se encuentran los
grupos humanos que constituyen sus soportes.
Esta actitud, para ser algo más que un vacío discurso
“políticamente correcto", requiere cambios legales en diversos ámbitos,
muy especialmente en lo que refiere a la consideración y derechos de los
inmigrantes de países externos a la Unión Europea. Y supone, también, una
profunda transformación en el concepto de ciudadanía
en la dirección que ya señaló Blas Infante, cuando soñaba una Andalucía “en
la que nadie sea extranjero".