2.- FACTORES ESTRUCTURALES DE LA IDENTIDAD ANDALUZA.
2.1.- El
Territorio
(Gabriel Cano García)
2.2.- Continuidad y Discontinuidad Histórica
(Juan A. Lacomba Avellán)
El territorio
constituye un elemento
importante de la identidad, porque, sin llegar a determinismos, sitúa
poblaciones, ofrece posibilidades y
establece ciertas condiciones.
La interacción pueblo/medio geográfico a lo largo del tiempo da lugar a ámbitos - con modos de vida, economía, costumbres, organización del
territorio -... propios. Y, así, los
diferentes paisajes explican una parte al menos de las distintas civilizaciones
y culturas y, a la vez, son el resultado
de éstas.
Tal variedad es
algo consustancial a nuestro planeta y deriva fundamentalmente de la
heterogeneidad de climas
y relieves, que repercuten en suelos, vegetación, recursos hídricos,
cultivos, comunicaciones, etc. Tanto más cuanto mayor sea la antigüedad de la
delimitación e institucionalización del territorio, por la dilatada influencia
pretérita de los componentes naturales
y la prolongada duración del proceso.
El aspecto de interacción evolutiva hombre/medio en la
escala pueblo/territorio es fundamental para comprender situaciones actuales y,
también, para explicar la percepción que se tiene desde fuera. En este caso,
como veremos, el conocimiento de un ámbito diferenciado, llamado Andalucía
desde hace siglos y Al-Andalus o Bética
antes, es muy antiguo y de fuerte identidad con algunas constantes a través del
tiempo .
Sin embargo, el sentido de la territorialidad ha
experimentado cambios y a la aplicación
más asentada de relacionar identidad de
pueblo con las características del territorio ( explicación de modos de vida
y actividades económicas iniciales, tradicionales o actuales, como montaña,
pastoreo, agricultura, minería, comercio...)
se añaden hoy otras cuestiones. La antigüedad de la percepción
diferencial de los espacios y de la
fijación de límites e instituciones; las posibilidades y capacidad de adaptación de ese
territorio-pueblo en el tiempo; y,
ligado a lo anterior o como consideración aparte, la extensión e importancia en
diversos aspectos para pervivir en épocas de globalización. Es decir, lo que
podemos denominar condicionantes y ofertas
espaciales, concepto de territorio
histórico y viabilidad territorial.
Un espacio, como el andaluz, de casi 90.000 Km2 y más de
siete millones de habitantes (sin contar los que viven fuera de Andalucía), es
más que suficiente como para decidir,
organizar y gestionar sobre cuestiones
de medio ambiente, infraestructuras ( comunicaciones, hídricas...) , servicios,
ordenación del territorio, etc.,
tan influyentes en el desarrollo y la calidad de vida,
cuestiones ambas muy ligadas al espacio.
Y en este sentido
conviene aludir a la aparente contradicción de este planteamiento con la
globalización. Ciertamente existen intercomunicaciones y estrategias económicas mundiales,
pero la producción está localizada, el comercio y el
transporte exigen origen y destino, la población vive en lugares concretos no en
la "aldea global", necesita servicios próximos ( sanitarios,
educativos...), utiliza infraestructuras, arbitra medidas de protección
ambiental, etc.
La diversidad terrestre repercute en la organización
político-administrativa mundial, si
bien a veces las fronteras responden a
elementos distintos de lo geográfico, histórico, económico, cultural...Una
parte de la Geografía se ha dedicado a la conceptualización de la diferenciación espacial, sobre todo en
la escala intraestatal, que suele denominarse
región geográfica. En cambio,
los Estados no son objeto de estos análisis, sino admitidos independientemente
de su vinculación y/o adaptación a las características territoriales. De las
dos escalas albergadas en el término
región nos interesa ahora,
más que la subcontinental, de
grupos de países o parte de estados ( Mundo árabe, Arco Mediterráneo...), la
intraestatal (Escocia, Baviera, Extremadura...). Es la más habitual
y ha ocasionado una abundante
literatura y una rica tipología, de la que se acepta comunmente los conceptos
de región natural, histórica, homogénea y funcional, abarcando ésta última las
áreas de influencia de grandes ciudades, pero lo cierto es que muchas de las regiones europeas tienen un marcado carácter
histórico.
Tal es el caso de Andalucía, cuyo precedente territorial, la
Bética, data, como veremos, de hace más
de dos milenios. Dentro de ese largo período, sólo durante dos
siglos y medio estuvo separada
en dos Estados ( el nazarí y los
reinos de Jaén, Córdoba y Sevilla,
conquistados por Castilla ), división que no coincide con una Andalucía Occidental y otra
Oriental con Jaén.
Tampoco se ajustaría a ese
mapa la situación
socioeconómica, la distribución
poblacional y otras variables, porque las diferencias se establecen entre los
grandes núcleos y sus entornos ( con actividades de
servicios y, en menor medida, de industrias ) más el litoral ( ciudades, nuevas
agriculturas, turismo ), por un lado, y las áreas montañosas y áridas, por otro. De esta forma el
occidente onubense está tan desarticulado como el interior almeriense y, por el
contrario, El Ejido y Lepe aumentan la densidad de población y las rentas.
En conjunto la parte oriental es más montañosa que la
occidental, pero también existen
sierras en Huelva, Córdoba, Sevilla y Cádiz, por lo que incluso desde el punto
de vista natural se excluyen dos
regiones, ya que las estructuras andaluzas principales sugieren al menos tres
de carácter transversal: Sierra Morena, Valle del Guadalquivir y Béticas ( con
la Depresión Intrabética, desde los Vélez hasta Antequera, pasando por Guadix,
Baza, Granada y Loja ). Por otro lado, Andalucía es a la vez homogénea y diversa y encierra varios ámbitos funcionales de cierta importancia, como
Sevilla, Málaga y Granada.
Resumiendo, en Andalucía hay una clara acumulación de carga de
"regionalidad" como para sobrepasar ese concepto, aparte de la
fuerte identidad histórica y
cultural y sus dimensiones, que exceden a las asignadas habitualmente ( entre 10.000
y 40.000 Km2, cuando Andalucía se acerca a los 90.000 ). Desde un punto de
vista geográfico encaja mejor la
catalogación de País con mayor motivo
que el Vasco o el Valenciano. Pero más
allá de conceptos geográficos hay un
hecho incuestionable: la Constitución
de 1978 distingue entre nacionalidades y regiones, así como dos vías de
acceso, de entre las que Andalucía consiguió
la principal. Y en el Estatuto
de Autonomía, esta Comunidad se define
como nacionalidad y no como región.
La diferenciación de Andalucía respecto al resto peninsular
se debe a una serie de factores, naturales en origen, pero con influencia en
otros órdenes de cosas. Desde la geología y el relieve, nuestro ámbito se
ha formado entre dos placas tectónicas ( la africana y la europea ), que han
quedado involucradas en las bandas sur y norte ( Penibética y Sierra Morena )
con una zona central posterior ( el Valle del Guadalquivir principalmente) derivada de la erosión de ambas. Así, desde hace millones de años, se produce en esta parte del
mundo algo nuevo entre dos continentes
que dejan a la vez su propia huella.
La flexión del borde septentrional da lugar a la
Sierra Morena, de escasas condiciones agrarias ( fuertes pendientes,
suelos silíceos ) y tupida vegetación que dificulta la conexión Meseta- Valle hasta por lo menos el
siglo XVIII, en que se repueblan algunos lugares para proteger la vía hacia
Madrid. La escasez de población, concentrada en núcleos mineros ( importante recurso derivado de la antigüedad del subsuelo
serrano ), imposibilitaba aun más esos enlaces. En cambio, el Valle y tierras
aledañas ofrecen topografías poco
accidentadas y buenos suelos para la agricultura, además de
propiciar caminos, que, como el eje fluvial del Guadalquivir, facilitan el
asentamiento, la producción y el comercio.
La transversalidad
de las estructuras andaluzas ( Sierra Morena, Valle del Guadalquivir,
Subbético, Depresión intrabética,
Penibética y Costa ) es un rasgo diferencial respecto a la Meseta y favorece en
principio las comunicaciones internas, aunque la centralización de las redes se
ha impuesto. No obstante, una
consecuencia destacable de esa disposición es que permite reforzar los enlaces
con la fachada mediterránea, a fin de que, siguiendo dos ejes transversales (
Depresión intrabética, A-92 y Costa hasta el Algarve), nuestro territorio pueda unir el Arco Mediterráneo con un probable Arco Atlántico a escasa distancia además
del Magreb.
Por otra parte, un clima mediterráneo benigno repercute en
costumbres, formas de relaciones sociales, uso de espacios abiertos, etc., que,
a la larga, conforman una parte de la identidad y añade, por supuesto, elementos económicos. Así favorece la actividad agraria y singulariza
la costa subtropical ( única en Europa,
por el aislamiento que produce Sierra
Nevada para los vientos fríos del norte) con productos exóticos y de elevada
competitividad actual en muchos cultivos. Alta insolación, energía eólica, conjunción sol y playas para el turismo...
Porque Andalucía cuenta con 812 Km de costa, más que
cualquier otra Comunidad litoral, donde se localizan importantes puertos para
el transporte y el
comercio ( Algeciras, Bahía de
Cádiz, Málaga...), la pesca y los intercambios culturales. Los
recursos naturales son de tal
importancia y tan variados que han permitido adaptaciones a lo largo del tiempo
desde, por ejemplo, la tradicional trilogía mediterránea de cereal, vid y olivo
( cuyas exportaciones a Roma fueron tan cuantiosas y famosas ) a la venta de productos tempranos, hortalizas, frutas,
flores, etc. Cosas distintas
son la comercialización y otros problemas.
Pero la adaptación
no sólo ha sido en la agricultura;
los bosques de Sierra Morena, "obstáculos" tradicionales,
constituyen ahora, junto con otros de las montañas béticas, amplios Parques
Naturales con posibilidades de desarrollo rural y articulación de esos
espacios, hoy bastante desvertebrados. En este aspecto ecológico, la identidad de Andalucía dentro del mundo
mediterráneo es notable, en primer lugar, por la existencia de Doñana ( espacio de gran valor florístico y de
fauna, pero también geomorfológico ) y de otros espacios ( Sierra Nevada, Cazorla, Sierra de las
Nieves...), que forman un conjunto de
Parques Naturales de millón y
medio de hectáreas, protegidos por ley del Parlamento Andaluz.
A propósito de la conservación, es necesario insistir en las
influencias de situaciones y actividades de las partes altas sobre las bajas,
como las marismas. De manera que la protección de Doñana excede lo que es el
llamado parque nacional para implicar la periferia, de competencia autonómica, resultando una fuerte disfunción si
una misma zona natural dependiera
de distintas administraciones.
Como veremos después, podríamos hablar de una
"tendencia hidrográfica" en la conformación del espacio andaluz, con
claras repercusiones actuales. Los
países mediterráneos se enfrentan
al problema de la irregularidad intra e inter anual de las precipitaciones,
agravado por el aumento del consumo, que exige políticas hidraúlicas relacionadas con una multiplicidad de
elementos ( regadíos, industria,
turismo, expansión urbana...),
competencia en gran parte de las comunidades
del artículo 151, aunque la coincidencia entre cuencas y Autonomías no es frecuente. En el caso de Andalucía,
desquitada la pequeña parte del NE jiennense, correspondiente a la cuenca del
Segura, y lo que es estrictamente del Guadiana ( los ríos Piedra, Tinto y Odiel
no tienen nada que ver con esa cuenca ), queda más de los dos tercios del territorio andaluz en la Cuenca del
Guadalquivir y casi la cuarta parte en la del Sur.
O sea, en torno al 90 %, cuyos recursos y aprovechamientos
podrían ser competencia exclusiva de la Comunidad, según el artículo 12 del
Estatuto de Autonomía ("Recursos y aprovechamientos hidráulicos, canales y
regadíos, cuando las aguas transcurran únicamente por Andalucía").Tanto en
este texto, como en la Constitución de 1978 ( artículos 148.1.10 y 149.1.22 )
se hace referencia a aguas que
transcurren, discurren o son de interés de la Comunidad Autónoma y no
implica la unidad de cuenca , que aparece en una norma posterior ( Ley de Aguas de 1985). Con todo,
los ríos onubenses citados antes, más el Guadalete-Barbate, y , desde luego,
toda la cuenca Sur entran en las competencias autonómicas, incluso
en la lectura más restrictiva ( apelar ahora a que la Confederación
comprende Ceuta y Melilla no merece
mayores comentarios; sería un concepto de cuenca bastante extraño, por el que
podría englobarse a Baleares en los ríos catalanes ).
Por lo que atañe al Guadalquivir, circula plenamente en
territorio andaluz desde el nacimiento a la desembocadura, así como la inmensa
mayoría de los afluentes. Tan sólo algunos
arroyos de cabecera, que no
llegan al 2 % del caudal total, son
extra andaluces y seguirían siendo, logicamente, de Extremadura y la Mancha, mientras que con la Constitución y el
Estatuto en la mano las aguas del Guadalquivir que transcurren por territorio
andaluz podían transferirse perfectamente
sin afectar esas pequeñas zonas limítrofes, ya que están aguas arriba.
d)
Variedad de paisajes y recursos
Una seña importante del solar andaluz es la diversidad
dentro de su mediterraneidad, que ha
posibilitado distintos recursos y actividades complementarias y facilitado,
también, las adaptaciones a que nos hemos referido. Pero no puede hablarse ya de Andalucía oriental-occidental, sino, como
dijimos, de contrastadas situaciones socioeconómicas, que se reflejan
en la distribución poblacional.
Sin embargo, en las
variables territoriales y de otro tipo hay en Andalucía unidad
fundamental y diversidad a
escala comarcal. El clima mediterráneo
básico se continentaliza en la Vega de Granada, se hace subtropical en
Almuñécar y mantiene las nieves
en el Mulhacén; la irregularidad y escasez pluviométrica no quita contrastes puntuales como los más de 2.000
mm anuales de media en Grazalema y los escasos 200 en Gata. La vegetación mediterránea ( encinas, pinos,
alcornoques, jaras...) da paso a un especial bosque de pinsapos en sierras
malagueñas y gaditanas. A los paisajes
agrarios tradicionales se unen cultivos subtropicales y de invernadero; los centros
urbanos históricos conservan la huella andalusí y los pueblos una fisonomía
propia dentro de la mediterraneidad. De la misma manera que el habla andaluza
se aprecia como homogénea desde fuera y se individualizan acentos diferentes por zonas y pueblos.
Otro elemento diferenciador e identitario es la fuerte
urbanización y la distribución del sistema
de ciudades. Históricamente Andalucía ha estado bastante urbanizada y
el número de ciudades, sus dimensiones y
características fueron objeto de
admiración, quizás excesiva, por parte de viajeros en la Bética y Al-Andalus. Y
el peso de las ciudades se mantiene, a
pesar de la cierta ruralización que
supuso la incorporación a la economía y
modos de vida de Castilla. La misma
denominación singular de "agrociudad" para centros de
tipo medio redunda una vez más en el carácter de simbiosis.
Hoy existen nada menos que 60 municipios mayores de
20.000 habitantes ( en los que habitan el 62 % de la población ), de los que 21
superan los 50.000, con un 46.6 % de los andaluces ( las ocho capitales más Jerez, Algeciras, Marbella, Vélez
Málaga, Linares, centros de la Bahía de Cádiz, del entorno de Sevilla...) y, a
diferencia de otras Comunidades, como Cataluña por ejemplo, el tamaño de la primera , Sevilla, y la
segunda, Málaga, es menos apreciable. Por otro lado, la distribución es
bastante regular, con lo que la organización y vertebración del espacio es más
factible, salvo en algunas zonas montañosas y del interior oriental.
Sin embargo, las
escasas diferencias en la
cabecera de la jerarquía urbana andaluza generan un cierto inconveniente en el
reconocimiento de la capitalidad, avivado en ocasiones por errores o
estrategias de disgregación. La mayor centralidad geográfica de Sevilla
respecto a Málaga y la tradición histórica
son realidades insoslayables, que inclinarían la balanza hacia otros lugares, como Córdoba, que, por el
contrario, cuenta con menos potencial demográfico, económico y funcional. En cualquier caso, la decisión ya se tomó y
es imprescindible, de cara a la
articulación del territorio, una clara voluntad política de solidaridad
interurbana, donde Sevilla, sus instituciones y organismos, asuman realmente su papel de capital de esta
Comunidad Autónoma.
Pero no sólo es cuestión de voluntades; hay otras cosas que
pueden llevarse a cabo, como sería la cuestión de las provincias, que
cumplieran su función de modernización territorial hace más de siglo y medio.
Ahora son espacios excesivamente grandes para el planeamiento urbano ( que a lo
más alcanza la escala de área metropolitana )
y, en cambio, demasiado pequeños para una planificación de infraestructuras y estrategias de
desarrollo. Uno de los principales inconvenientes del pasado preautonómico
fue precisamente la existencia de ocho
planificaciones yuxtapuestas y el
crecimiento, a veces desmesurado, de las capitales en detrimento de otras
ciudades medias. En tres provincias, Málaga, Sevilla y Córdoba, el porcentaje de
población residente en la capital supera el 40 % ; en tres, Almería, Huelva y
Granada, ese índice traspasa el 30; y sólo en Jaén y Cádiz se reduce a 16 y
13.
Muchos de los núcleos
secundarios ( Adra, Motril,
Antequera, Ubeda, Arcos, Ecija, Lucena o Ayamonte, por mencionar sólo uno por
provincia), y algunos con más de 10.000 habitantes, actúan como polos
funcionales de ámbitos que podemos considerar comarcas, espacio éste que
cuenta con cierta tradición en Andalucía. Así son territorios históricos
de escala comarcal las Alpujarras ( entre Almería y Granada ) , los Montes de
Granada ( con parte también de Jaén ), la Axarquía, la Serranía de Ronda (
introducida en la provincia de Cádiz ), los Pedroches, el Aljarafe, por no
citar más que unos cuantos casos. La comarcalización de Andalucía es, además,
una posibilidad Estatutaria, en la que habría que profundizar para ordenar y
vertebrar el territorio, generar
desarrollo y potenciar esas ciudades medias.
No menos relevante y diferenciadora es la situación entre continentes y mares,
siendo el único territorio europeo atlántico y mediterráneo a la vez, así como el más próximo a
Africa.Las repercusiones históricas de esto plantean para épocas recientes algo
similar a la composición geológica y explica la importante función de paso y el carácter de encrucijada y crisol
de culturas, que hacen de Andalucía un temprano ejemplo de mestizaje, a lo que
parece caminar el mundo actual.
El denominado Legado
Andalusí constituye hoy una
realidad, como resultado de esa historia. En él se integran los monumentos más señeros de la identidad andaluza (
Alhambra, Mezquita, Giralda ), además
de castillos, alcazabas, baños,
palacios, etc. Innumerables topónimos de ciudades ( Sevilla, Granada, Almería,
Algeciras...), pueblos ( Almonte, Aznalcóllar, Iznájar, Cazorla, Lanjarón,
Albox, Alhaurín, Zahara...), ríos ( Guadalquivir, Almanzora...), montes,
lugares, sistemas de riego y acequias. Influencias en habla, música, estilos artísticos, costumbres...
Quizás hoy no se esté aprovechando suficientemente ese recurso de situación y sus repercusiones
históricas en relación a América Latina, Magreb y Algarve, por lo que en esto
no ha habido ( al menos tan claramente
como en otras cosas ) una adaptación
temporal. Sí, no obstante, con la cuestión geoestratégica, donde Gibraltar
y las bases USA se mantienen, pero con
la vista puesta más hacia el Mediterráneo que al este europeo. Tampoco existe
la adaptación suficiente entre
situación y potenciación de ciertos puertos ( Algeciras sobre todo, como
principal conexión marítima con Africa
) y enlaces aéreos. Y, así mismo, se
acusa la ausencia de utilizar las semejanzas del habla andaluza y las
latinoamericanas en relación a la
industria de los medios de comunicación.
En la articulación territorial actual Andalucía puede
desempeñar, como apuntábamos antes, una
importante función de enlace entre dos arcos europeos, el
mediterráneo y el atlántico, y el
Magreb. Ciertamente en la periferia del centro continental más desarrollado,
pero de una fuerte potencialidad de cara al futuro, pues nada menos que flujos
de diversos sentidos y características
podrían confluir en esta tierra. Por
eso es necesario cuidar más las
infraestructuras con los ejes de Murcia-Valencia-Cataluña..., sin olvidar el sur portugués y la vía de la
Plata y precisamente en relación a las extrategias territoriales planteamos el
epígrafe siguiente.
g) Andalucía y los desequilibrios territoriales
Un aparente rasgo de identidad
andaluz es su postergada posición socioeconómica en el conjunto del Estado; sin
embargo se trata de algo reciente que no concuerda con la mencionada abundancia
de recursos y su destacada situación de otras épocas. Incluso a principios del
siglo XIX Andalucía sólo es superada por el País Vasco en el PIB / habitante (
producto interior bruto ), pero desde principios de este siglo y, sobre todo, a
partir de los años cincuenta pierde riqueza, en gran parte por una política
estatal de concentración en los vértices del triángulo Madrid-Cataluña-Euskadi.
Hoy
existen siete Comunidades que superan la media ( Baleares, 154.5, Madrid,
Cataluña, Navarra, País Vasco, La Rioja y Aragón, 108.9 ) y diez que están por debajo
del 100 español (Comunidad Valenciana, 99.8, Canarias, Cantabria,
Castilla-León, 91.7, Asturias, Galicia, Murcia, Castilla-La Mancha, 80.0,
Extremadura y Andalucía, 72.3), siendo la nuestra la última en la variable PIB,
así como otras; por ejemplo, la importante de renta familiar disponible ( 78.4;
Baleares, 143.4).
En
la tipología “regional” y en las estructuras de crecimiento y difusión
territoriales, el País Vasco parece ejercer de gozne entre la Cornisa
cantábrica, en declive, y el Valle del Ebro, en auge. Cataluña, a su vez,
enlaza esa última zona con el Arco mediterráneo, también en progreso. Mientras
el centro y sur peninsular están claramente en la órbita del otro vértice del
desarrollo (Madrid), que más parece utilizar en su provecho esos ámbitos como
área de influencia económica sin ejercer de polo difusor, sino que concentra
cada vez más servicios avanzados, sede de grande empresas y entidades
financieras, infraestructuras, etc. Es significativo a este respecto que la
provincia de Sevilla es la última en PIB / h., de lo que puede deducirse a
quién beneficia en realidad la línea de alta velocidad. Las estrategias de
enlaces y de relaciones quizás deban revisarse y exigirse que Madrid funcione
como capital de un Estado descentralizado y solidario.
Sobre la antigüedad de la percepción y fijación de límites, Andalucía presenta una clara
identificación y notables diferencias respecto a otras Comunidades del Estado.
Hay que remontarse a la época romana para conseguir el primer mapa territorial
de la península ibérica en el que la provincia Bética prefigura ya hace 2.000
años lo que es hoy el espacio andaluz en sus estructuras básicas.
En efecto, hacia el 200 a.C. la península se estructura en
tres provincias, en principio sin conexión política entre ellas, sino
dependiendo del César o emperador ( en las menos romanizadas: Lusitania y
Tarraconense ) o del Senado, si, como la Bética,
no presentaba mayores problemas. Desde el enfoque espacial existe una notable
diferencia entre las tres circunscripciones, pues mientras la Bética y la
Lusitania ( claros precedentes de
Andalucía y Portugal, respectivamente ) tienen una coherencia ( límites en
grandes ríos, Duero y Guadiana, y ejes vertebradores también fluviales, Tajo y
Guadalquivir ), la Tarraconense no es más que un heterogéneo resto peninsular menos romanizado, que más tarde se subdivide en Gallecia,
Cartaginense y Tarraconense.
La Bética es, por lo tanto,
un claro ejemplo de percepción de un espacio distinto y un pueblo
diferenciado, con el Valle del
Guadalquivir como eje fundamental y extendiendo la frontera hasta el Guadiana
para incluir como glacis estratégico Sierra Morena. El límite oriental, casi
coincidente con los actuales de
Andalucía, se retrotrae en el año 27
hacia el oeste para integrar en
la Cartaginense ( controlada por Augusto y no por el Senado ) la rica zona minera de Cástulo ( Linares, La
Carolina...).
La persistencia de los límites traspasa la época visigótica
y en el Califato cordobés la división
territorial de Al- Andalus
propiamente dicho se sitúa algo más al
sur que la frontera bética, concretamente en la divisoria
Guadiana-Guadalquivir; situación que se mantiene después aproximadamente ( los
reinos almohades son prácticamente la Andalucía actual ) con ligeras
modificaciones hasta 1833, en que se fijan definitivamente los límites.
En cuanto a los contenidos
políticos, la Bética no tuvo en principio ninguno propio, si bien con el
tiempo la asamblea provincial, formada por representantes de las ciudades, fue
adquiriendo progresivamente más funciones y poder, que, de continuar el
proceso, hubiese llevado probablemente a una entidad política propia. El
Califato de Córdoba era un estado independiente centrado en las ciudades y
territorio andaluces y cuya división administrativa, Al- Andalus, marca
nuestro actual espacio, reiterado en las
taifas posteriores. La conquista de los siglos XIII y XV incorpora Andalucía a la Corona
castellana con escasa entidad política hasta épocas recientes.
El pueblo andaluz, en tanto que construcción social, se
asienta en un territorio percibido como propio y se despliega históricamente
mediante continuidades de fondo y discontinuidades temporales. En su proceso de
formación, se configuran determinadas estructuras socioeconómicas y políticas,
que son condicionantes de las formas y expresiones sociales y culturales de
dicha identidad.
La identidad del pueblo andaluz se sustenta en la existencia
de un conjunto de rasgos estructurales, formas de vida y manifestaciones
culturales que constituyen los aspectos significativos de lo que históricamente
entendemos por Andalucía o por pueblo andaluz. Conforman las señas de
autorreconocimiento y de identificación de los andaluces; y se ha dicho que
"la identificación es la manera menos ambigua, aunque sea de orden
emotivo, de entender la identidad" (F.Riaza). Todo ello da lugar a la
progresiva configuración de los más singularizadores "marcadores de
identidad" de Andalucía.
En cuanto a los profundos parámetros estructurantes de la
identidad de Andalucía, cabe destacar los siguientes:
A.- El factor territorial (el "criterio geográfico y
geológico" de Blas Infante). Se trata, por un lado, de la consideración de
Andalucía como una muy amplia "demarcación natural" - según hacía ya tempranamente Blas Infante, y
en lo que luego han insistido los geógrafos -, en la que la existencia de
"varias Andalucías" manifiesta la presencia de "subdivisiones
regionales" en "una Andalucía cuya unidad, reconocida desde la más
vieja antigüedad, se impone" (J.Sermet). De otro lado, se refiere a la
continuidad en el tiempo del territorio de Andalucía, lo que propicia
oportunidades, estímulos y limitaciones que dan lugar a unos
"condicionamientos geográficos", unos "desarrollos
históricos" y unos "caracteres antropológicos", cuyo resultado
es que el pueblo andaluz "tiene unas cualidades y aptitudes especiales que
lo diferencian del resto peninsular" (B.Infante). De esta manera, el
factor territorial, el hecho de la milenaria permanencia histórica de los
fundamentos del pueblo andaluz sobre un mismo espacio físico y la incidencia de
éste sobre su desenvolvimiento a lo largo del tiempo, es un elemento
estructurante de la identidad de Andalucía.
B.- La continuidad histórica. Es el despliegue de la historia andaluza,
prácticamente desde sus primeras formas de organización, sobre básicamente un
mismo territorio, que será común a todas las etnias que se instalan en
Andalucía. Ello ha dado lugar al peculiar fenómeno de la
adición/asimilación/síntesis cultural, en el que el resultado, caracterizado
como "Andalucía, crisol de culturas",
es expresión de una "superposición de temporalidades" (I.Moreno), y
muestra cómo la cultura andaluza, en su despliegue y construcción,
"asume" e "integra". Esta "continuidad"
fundamenta, en consecuencia, el desarrollo de un proceso histórico claramente
"delimitado" y "diferenciado", cuya
"recuperación", y la profundización en su estudio y conocimiento,
puede ser un camino para encontrar los caracteres sustanciales de la identidad
andaluza, ya que es en el campo de la historia "donde el problema de la identidad se podría plantear en todas sus
dimensiones" (F.Riaza).
C.- La persistencia de rasgos estructurales. Consiste en la permanencia en el tiempo,
aunque con sucesivas adaptaciones y transformaciones, de una serie de aspectos
estructurales de diferente tipo. Van desde los sistemas de implantación y
utilización del territorio por los distintos pueblos que se instalaron en
Andalucía, hasta la manera de expresarse las gentes, pero siempre manteniendo
una "evolución particularizante". Y ello, pese a los muchos vaivenes
de pueblos, formas de vida y culturas sobrevenidos en el territorio andaluz. En
este sentido, se ha destacado el papel de la población como "factor de
continuidad", pero no entendida como "masa biológica" que
permanece, lo que realmente no es así, sino en el de "crisol" de asimilación,
lo que explica la amplia pervivencia de "las Andalucías pretéritas"
en "las Andalucías posteriores", hasta la Andalucía actual: "la identidad de un pueblo, como la de
un río, es compatible con la movilidad y continua renovación de las partículas
que lo componen" (Domínguez Ortiz).
En conclusión: las "coordenadas de espacio y tiempo,
del medio físico y los condicionamientos históricos, han determinado la
naturaleza de nuestro pueblo con una característica fisonomía cultural
claramente diferenciada de los restantes grupos étnicos de nuestro viejo
continente" (J.F.Ortega). Así pues, la "permanencia" del espacio
geográfico-geológico y la “continuidad histórica" de Andalucía, con la
matizada persistencia de rasgos estructurales, dan lugar a una diferenciada
formación antropológica, con unos específicos "marcadores de
identidad". Es lo que B.Infante caracterizaba como "criterios"
etnográfico, psicológico, filológico y etológico, que fijan "la
personalidad de Andalucía". Por ello decía Blas Infante que Andalucía
existe; que no es necesario inventarla. Por ello, también, se precisa el
análisis de sus raíces, para de esta manera poder acercarse al contenido de su identidad histórica, que sustenta su
realidad de pueblo.
Desde el enfoque de la historia, se puede afirmar que
Andalucía es una construcción histórica
dialéctica. La dinámica sostenida de relación/asimilación entre diferentes
etnias y culturas que se sucedieron y, en distintos períodos, convivieron en Andalucía,
es la que le permite ir asumiendo las aportaciones "externas", para
por ese medio ir conformando su identidad histórica propia. Por todo ello, la
identidad andaluza tiene en la historia uno de sus referentes fundamentales.
Así pues, la identidad del pueblo andaluz es el resultado de
un dilatado proceso milenario. A lo largo del tiempo se ha ido configurando la
cultura andaluza, eje de articulación de su identidad. Se ha construido
mediante la síntesis de elementos cambiantes, resultado de la "superposición
de temporalidades", como consecuencia de la sucesiva presencia en el
territorio andaluz de pueblos y etnias diferentes.
El peculiar y pluriétnico pasado, con variadas aportaciones
y maneras de organización, es el fundamento de la compleja cultura andaluza. Al
igual que ocurre en su geografía, en la que la "diversidad" de
componentes se articula en una "unidad" de fondo, lo mismo cabe decir
de su cultura, en la que "diversidad" y "unidad" no son
elementos antitéticos, sino que constituyen la manifestación de una singular y
cohesionada realidad cultural. Todo ello ha dado lugar a un conjunto de modos
de vida, de formas de implantación económica y de relaciones sociales; en suma,
a un sistema de valores y maneras de expresión colectivas, que constituyen
"señales diferenciadoras", marcadores culturales de la identidad
andaluza.
a) Continuidad y discontinuidad: Las fases del proceso
histórico andaluz.
Andalucía ha sido, a lo largo de su historia, un “mundo de
frontera". Como consecuencia, estuvo sujeta a choques culturales
sucesivos, protagonizados por el paso, la instalación y la convivencia en su
territorio de pueblos diferentes. Ello dio lugar a tensiones específicas y a síntesis
continuas, que configuran el "mestizaje" de fondo de la historia de
Andalucía. En este sentido, la historia de Andalucía es, en conjunto, una
sucesión de "adaptaciones".
En el territorio andaluz, desde Tartessos a hoy, se han desplegado y "adaptado" varios
"horizontes civilizatorios", delimitados
por "rupturas" político-religiosas y socio-económicas, pero enlazados por una continuidad básica de
cultura. En Andalucía no se dio nunca, prácticamente, un "trauma
civilizatorio global". Esta "permanencia cultural" de fondo, que
expresa una "cultura de síntesis", explica la persistencia de
"la mediterraneidad" como tradición civilizatoria e identifica
Andalucía en el conjunto de los pueblos mediterráneos (I.Moreno).
Así, la especificidad de Andalucía estriba en haber mantenido
y desarrollado unos rasgos estructurales y en haberse desplegado como crisol y
síntesis de elementos provenientes de
algunas de las más importantes tradiciones culturales. De esta manera,
subyacentes a las "rupturas" y "horizontes culturales" presentes
en el proceso histórico andaluz, existen unas permanencias de fondo que dan
continuidad a la historia de Andalucía.
Ya Blas Infante señalaba, y en grandes líneas la
investigación histórica posterior lo ha confirmado, que el solar que habitaron
los tartesios es prácticamente el mismo territorio en el que moran luego los
béticos y después los andaluces. Los ligeros cambios de límites que se producen
a lo largo del tiempo no alteran esa realidad de fondo. Sobre el espacio físico
de Andalucía se irán asentando diferentes pueblos - fenicios, griegos, púnicos,
romanos, visigodos, bizantinos, árabes, norteafricanos ... - que, asimilándose
progresivamente, fundiéndose unos en otros, irán configurando una peculiar
cultura, de claro mestizaje, pero de singular personalidad. En este sentido se
ha escrito:
"La historia de Andalucía es
la de una simbiosis incesante, donde lo más propio o peculiar se afirma (...)
en el contacto con los otros pueblos y las otras culturas, no en el
enclaustramiento en una forma singular de ser que temiese su pérdida al
cruzarse, activa y
pasivamente, con el ser de otras culturas y otros pueblos" (A.Millán
Puelles).
Estos procesos irán creando y asentando unas estructuras
específicas propias - económicas, sociales, políticas, culturales - en las que
se sustenta, y desde las que se despliega, la identidad histórica de Andalucía.
La conquista cristiana y la subsiguiente castellanización dislocará
inicialmente este sustrato, pero paulatinamente se repetirá la dialéctica
"integración"/"asimilación" cultural, que significa un
nuevo enriquecimiento de la identidad histórica de Andalucía.
La peculiaridad del proceso histórico de Andalucía se
fundamenta en su unidad geográfica,
en su continuidad histórica y en su diferenciada síntesis cultural. En
cuanto a su unidad territorial, según
los planteamientos de J. Sermet y otros, Andalucía es un espacio que se puede
identificar con la zona meridional de la Península Ibérica, que tiene como eje
al río Guadalquivir. De aquí que en la Bética romana sea posible reconocer la
prefiguración de la actual Andalucía. Es pues innegable "la rotundidad del
espacio andaluz", que se explicita claramente en su despliegue histórico
moderno.
Con respecto a su continuidad
en el tiempo, la Andalucía "histórica" se organiza y articula
político-administrativamente, con su antecedente lejano en la Bética, en los
siglos XIII-XV, tras la "conquista y castellanización" de la Baja y
la Alta Andalucía. Afirma Domínguez Ortiz que este es su "rasgo
básico", aunque enriquecido "con supervivencias y aportaciones de
diverso origen". Ahora bien, su "continuidad" hay que plantearla
“en la evolución espiritual y la conciencia de identidad cultural". Y
escribe Domínguez Ortiz:
"Podemos establecer (...)
como un hecho firme que de los descendientes de los antiguos tartesios,
incrementados con amplia aportación italiana, con una mezcla muy pequeña de
sangre visigoda y bizantina en la Alta Edad Media, y luego con una copiosa
inmigración árabe y, sobre todo, norteafricana, sólo permaneció en la Andalucía
Moderna un porcentaje pequeño y que lo esencial de su población actual procede
de tierras peninsulares del centro y del norte (...). Sin embargo, es evidente
que a pesar de esta castellanización humana, religiosa, idiomática,
institucional, mucho sobrevivió de lo anterior. Desde los comienzos de la
Andalucía moderna se nos aparece ya con unos caracteres propios, claramente
diferenciados del resto de España (...). La Geografía y la Historia colaboraron
así para construir una Andalucía que, aunque con materiales humanos arrancados
en su mayor parte de otras regiones españolas, configuraron una construcción
original, con no pocas huellas y resabios del período anterior a la conquista
cristiana".
Finalmente, en lo tocante a la síntesis cultural, Andalucía "ha sido y es un crisol de
culturas de signo diferente, cuenta con una variedad de subculturas
suficientemente ricas y asentadas, y dispone además de un caudal de elementos
simbólicos que identifican y fijan su imagen, tanto externa, cuanto interna"
(M. de Aguilera).
De acuerdo con la perspectiva esbozada, en la historia de
Andalucía se pueden destacar cinco grandes etapas, que se van superponiendo e
integrando sin totales "rupturas civilizatorias", advirtiendo que
dentro de ellas hay una serie de subperíodos de gran interés. En estos cinco
grandes momentos se producen síntesis culturales y formas históricas de
existencia, que conforman los fuertes cimientos sobre los que se alza la
identidad histórica de Andalucía. Las etapas son las siguientes:
1.- La fase inicial
autóctona. Se conforma a partir de un consolidado substrato
civilizatorio autóctono, que arranca desde Tartessos y se extiende hasta la
romanización. Se caracteriza por la constitución de una compleja realidad
socioeconómica, con una rica cultura material, en el territorio andaluz, el aún
poco conocido mundo tartésico, sobre la que se produce la sucesiva instalación
de pueblos diferentes a lo largo del tiempo (fenicios, griegos, púnicos), pero
manteniendo sustancialmente la "realidad diferenciada”. Ésta fase vendría
a ser la de construcción y delimitación inicial de lo que hoy llamamos
Andalucía.
2.- La fase de la Bética. Los romanos fijaron por primera vez
administrativamente lo que es Andalucía al constituir la provincia de la
Bética; con su dilatada presencia, afianzaron la estructura de poder de base
agrícola y ganadera. La Bética
será una de las regiones más
importantes del Imperio, por su significación económica, su papel político y su
riqueza cultural. En este período histórico llegaron a Andalucía amplios
contingentes de población itálica que propiciaron la romanización, que, al
fusionarse con las previas formas autóctonas, más el proceso de
cristianización, dio lugar a un enriquecimiento y singularización de la
realidad sociopolítica y cultural del territorio andaluz, una de cuyas
manifestaciones fue la progresiva sustitución de las lenguas indígenas por el
latín.
3.- La fase de Al-Andalus. Son ocho siglos que algunos han considerado decisivos en la
configuración de Andalucía. Es una etapa de singular esplendor civilizatorio.
En ella hay que destacar que se despliega en el territorio andaluz un
persistente proceso de ósmosis entre las "tres culturas", cristiana,
judía y musulmana, en el que el predominio de ésta última no diluye, sino que
enriquece, la identidad histórica de Andalucía. Se produce así una nueva
síntesis, que perfila más diferenciadamente, en el contexto occidental, la
personalidad histórica del pueblo andaluz.
4.- La fase castellana. Irrumpe a partir de la conquista cristiana de Andalucía (en dos
etapas, que matizarán interiormente la realidad andaluza: s.XIII, el valle del
Guadalquivir; s.XV, el Reino de Granada, con la aparición de una etapa de
marcada intolerancia). Es el largo período en el que Andalucía forma parte de la
Corona de Castilla y experimenta un sostenido proceso de "castellanización
forzada”, con todas sus consecuencias sociales, económicas, políticas,
religiosas y culturales, que, pese a ello, acaba "sintetizándose" e
integrándose en el substrato andaluz preexistente.
5.- La fase
española. Arranca con Felipe V y se
acentúa a partir de 1833, cuando la división provincial del país diseña una
nueva organización administrativa del Estado, caracterizada por la implantación
de un fuerte centralismo, que va acompañado del intenso impulso del
nacionalismo español. Es la etapa de despliegue del capitalismo, que conducirá
a la subordinación y dependencia - económica, social, cultural y política - de
Andalucía, desde el exterior y desde el interior, que ve como paulatinamente se
"enmascara" y desvirtúa su identidad histórica.
¿Qué sucede a lo largo de los muchos siglos que este esquema
aglutina?. El proceso histórico, pese a sus bruscas "sacudidas", irá
articulando progresivamente Andalucía como una realidad diferenciada. La
permanencia de una serie de elementos estructurales, entre los que cabe
destacar las riquezas naturales y su explotación, el valor geopolítico del
territorio y su utilización, la organización social y la
"acumulación" cultural, permitirán ir configurando una imagen de
Andalucía que proporcionará a sus habitantes una cierta conciencia de
pertenencia a un pueblo. Así, Andalucía se va "formando"
históricamente y se despliega el pueblo andaluz, como una peculiar
"construcción social", con unos rasgos específicos que manifiestan su
"originalidad", socioeconómica y cultural, en el contexto del proceso
histórico global, peninsular y occidental, en el que se desenvuelve.
b) La identidad histórica de Andalucía.
La peculiaridad del proceso histórico andaluz da lugar a que
cuatro grandes herencias nutran y sustenten la formación de la identidad de
Andalucía:
El largo período que va de
Tartessos a la Bética, en el que, con las continuidades estructurales señaladas,
se configura una síntesis cultural, a partir fundamentalmente de elementos
tartésicos, junto con aportaciones de fenicios y griegos, que van adicionándose
y amalgamándose, conformando una formación social singular, instalada en un
territorio permanente.
La intensa etapa de la Bética, en la que el
proceso de romanización implicó la
impregnación clásica de las formas civilizatorias autóctonas. De esta manera,
la tradición mediterránea y el proceso modernizador romano, más la penetración
del cristianismo, se incardinaron en la realidad socioeconómica existente en el
territorio andaluz, enriqueciéndola y dando lugar a la implantación de la
lengua, la asunción de una nueva organización institucional-administrativa y al
despliegue de una significativa simbiosis cultural.
La decisiva fase de Al-Andalus, tanto por su
riqueza cultural propia y por la singular impronta sobre la sociedad y sobre la
economía, como por impedir la implantación feudal en el territorio de
Andalucía, lo que la diferencia del resto de la historia peninsular. Todo ello
confiere una originalidad peculiar a la realidad socioeconómica andaluza de la
época.
La castellanización y
cristianización tras la conquista, acompañadas de la "señorialización" de las tierras, a
todo lo cual se une el impacto americano. No es tanto un radical
"corte" civilizatorio, sino más bien un "trauma" profundo,
que obliga a una reconstrucción cultural. No se borra el pasado, sino que hay
una "instalación" de nuevas formas sobre una estructura que subyace.
Como señala J. Alcina, mucho del pasado “tartésico, romano y árabe” sería
heredado por los castellanos conquistadores. Es, por lo tanto, un nuevo aporte,
con la imposición de una lengua única, por lo que esta etapa final
"castellanista" no anula la historia pasada, sino que se imbrica
progresivamente en todo lo anterior.
En suma, la identidad
histórica de Andalucía, sumariamente caracterizada, es el resultado: de un
lado, del despliegue en el tiempo de una formación socioeconómica que se
fundamenta en la tierra y su explotación (de aquí su valor simbólico), dando
lugar a una "construcción social" de propietarios y trabajadores, que
implica la permanencia de una estructura de clases fundamentalmente dual y de
una polarización en la distribución de la renta y de la riqueza; de otro lado,
de la existencia de un continuo acarreo de elementos culturales, rico y
diverso, procedentes de una "superposición de temporalidades" y de
horizontes históricos distintos, que serán amalgamados y sintetizados en una
cultura "resultante", propia de Andalucía.
c) Despliegue capitalista e
identidad andaluza.
Con el despliegue del capitalismo se pondrá en marcha una
nueva fase en el proceso de conformación de la identidad andaluza. Si en lo
económico se produce un decidido avance de la dominación “externa”, que
transforma Andalucía en buena medida en una especie de "enclave
colonial", en lo referente a su realidad,
la "visión" de los viajeros extranjeros construye una "imagen
deformada" de Andalucía. El resultado es que, como se ha dicho, antes de
ser consciente de sí misma, se había ya "inventado" mixtificadamente
Andalucía desde el exterior.
La inserción de Andalucía en el sistema significará su
dominación, dependencia y periferización. Esta "posición" de
Andalucía en el sistema capitalista implicará el desenvolvimiento en Andalucía
de los que J.Mª. de los Santos ha denominado "cultura en la dependencia", cuyas características son:
a) ser una cultura invadida,
penetrada por formas ajenas, pertenecientes a los sistemas culturales
dominantes; b) ser una cultura manipulada,
en el sentido de estar determinada y condicionada desde el exterior; c) ser una
cultura desvirtuada, al estar
"marcada" por la dependencia y aparecer "subordinada" a
formas culturales dominantes, lo que hace peligrar los elementos configuradores
que le dan sentido y significado propio. No obstante todo ello, la cultura
identitaria andaluza “resistirá” estos embates externos (la “resistencia” ha
sido históricamente un “marcador” de la identidad andaluza), subsistiendo y
desplegándose como manera expresiva del pueblo andaluz, pese a su situación de
dependencia.
A través de estos procesos, la cultura andaluza trata de ser
"ocultada"; sobre ella se construye un nuevo universo simbólico, que
busca arrumbar la cultura propia de Andalucía, imponiéndose sobre ella como un
"avance modernizador", dando lugar a una anomia cultural
(debilitamiento de la conciencia de la propia cultura). La fuerza de la
dominación está en la "violencia simbólica" que los valores
culturales "dominantes" imponen a la cultura "dominada",
forzando su sumisión y tendiendo a su "desvirtuación". Estamos, con
todo ello, ante un proceso de "desnaturalización identitaria". Como
escribió el prof. J.L.Pinillos, "los
clichés mentales y las frases hechas, convenientemente reforzados, constituyen
las apoyaturas imperceptibles, pero efectivas, del control del pensamiento
colectivo, y también de la conducta regulada por éste".
Quizás por todo ello, más algunos aditamentos introducidos
durante el franquismo, período en el que, de forma sistemática, se forzó el
vaciamiento de contenidos y la “vampirización” de elementos expresivos de
formas culturales de Andalucía, sigue aún sin cuajar una conciencia andaluza
solidaria. Los localismos y provincialismos, como vimos, continúan ampliamente
arraigados, obstaculizando la formación de una voluntad andaluza común, sustentada en una asumida "conciencia
de identidad".
d) Un
sumario balance final.
En suma, balance final de todo este largo proceso reseñado son
las tres características estructurales básicas de la identidad andaluza que
propone I.Moreno:
El acentuado antropocentrismo o
tendencia a la personalización de las relaciones sociales, con el fin
de crear "relaciones humanizadas" y no exclusivamente instrumentales.
El rechazo de cualquier tipo de
inferioridad, real o simbólica, que afecte a la autoestima, lo que
conduce a la emergencia de un sentimiento y de una ideología igualitarista.
Una visión del mundo y una
actitud relativista respecto a las ideas y a las cosas, que está en
la base de la tolerancia y la permisividad, y explica la flexibilidad de la
cultura andaluza para la aceptación de innovaciones y de elementos procedentes
de otras culturas.
Estos rasgos identitarios no constituyen ninguna "esencia
inmanente", sino que, como se ha explicado, son producto de la historia de Andalucía y configuran la estructura
profunda que conforma la identidad colectiva de los andaluces.
En definitiva, la experiencia histórica del pueblo andaluz
ha generado un conjunto de valores, actitudes y comportamientos que constituyen
hoy significativos "marcadores identitarios". Sólo desde el
autorreconocimiento como pueblo y desde la conciencia de identidad, desde la
recuperación y profundización de las raíces históricas y los valores culturales
propios, será posible al pueblo andaluz afirmar su presencia en la nueva Europa
que se construye y en el despliegue incesante de la globalización
uniformizadora.
En otras palabras: para hacer el futuro de Andalucía, hay
que conocer y asumir su pasado. En tanto la sociedad andaluza no es una
construcción monolítica y que han existido y existen en ella diferentes clases
sociales y fracciones de clase, distintos grupos de intereses y de arraigos
territoriales, habrá variadas maneras de entender Andalucía, pero siempre desde
una común realidad identitaria de fondo. Aceptando el matiz, es necesario, no
obstante, que Andalucía encare el futuro junta, unida y consciente de su
identidad como pueblo, para evitar que, entre la europeización y la
globalización, desde "fuera" decidan el futuro de Andalucía, le
acaben "robando" su futuro; porque solamente participando como
sujetos activos en la construcción de ese futuro se podrá realmente formar
parte del mismo como pueblo.